martes, 29 de marzo de 2016

COLA DE RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (5)


«En el Capitolio, donde vivimos una honrada vida bajo el reino de la justicia.

Nicolás, el severo y clemente, por la gracia de nuestro misericordioso señor Jesucristo Tribuno de libertad, de paz y de justicia, e ilustre salvador de la sagrada república romana, envía saludos y deseos de abundante felicidad y honores para el señor Francesco Petrarca, el de la más ilustre fama, el más digno poeta laureado, y su bienamado conciudadano».

La respuesta de Cola di Rienzo a la fervorosa carta de Petrarca es escueta y más bien fría, y en ella el Tribuno se sitúa en un escalón bastante más alto que el poeta. El tono es de benévola condescendencia, el que corresponde a la magnanimidad del que ha recibido el merecido homenaje de un inferior. Petrarca percibe la falta de entusiasmo, pero se convence de que es debida a la carga de trabajo del héroe. Procede a su vez a responder:

«Has ascendido a un alto pináculo en el que estás expuesto a la mirada, a la crítica, y al juicio no solo de los italianos sino de toda la humanidad, y no sólo de los que viven sino de todas las generaciones que aún no han nacido».

A continuación, entre las loas de rigor, el poeta desliza su mayor inquietud: sin duda debido a que hay algunos malmetiendo, el afecto del Papa hacia el Tribuno está menguando rápidamente.

«Ni siquiera los oráculos del délfico Apolo habían sido retorcidos de tal manera y alterados hasta conseguir significados tan diferentes. Alabo por tanto la precaución que has mostrado hasta ahora. Hasta ahora has tenido mucho cuidado en moderar tu tono y lo has conseguido más allá de cualquier reproche (…) Tus palabras revelan la grandeza de tu alma y la majestad del pueblo romano, pero nunca olvidan ni oscurecen la reverencia y el respeto debido al pontífice romano».


En un principio Clemente VI no ha visto con malos ojos el golpe de mano de Cola di Rienzo, que ha servido para meter en vereda a los turbulentos barones de Roma. Pero, aunque el Tribuno no deja de mandar melifluas cartas reiterando su fidelidad al pontífice («Todo lo que haga en el futuro estará guiado por mi devoción y respeto por Su Santidad, no me apartaré de estos sentimientos mientras dure mi vida», «No ha habido un solo día en el que haya emprendido algo contra la Santa Iglesia (…) o su Santidad, ni en hechos ni en pensamientos»), Raimundo de Orvieto se encarga de contar a Clemente por dónde van realmente las cosas. Así, un Clemente sucesivamente preocupado, sorprendido, boquiabierto y encolerizado va conociendo el bautismo de Cola di Rienzo en la pila de Constantino, su proclamación como caballero, un edicto decretando la existencia de la nación italiana, otro en el que se declaran nulos todos los privilegios concedidos por el pueblo romano al papado, un memorable festival por la unidad de Italia, y una sucesión de cartas que el Tribuno está enviando a los gobernantes de Europa y más allá: a Carlos de Bohemia, a Luis de Hungría, a los reyes de Inglaterra y Francia, al emperador de Bizancio e incluso al sultán de Egipto. De hecho, tal vez para dotarse de una dignidad equivalente a la de sus nuevos interlocutores, Cola di Rienzo ha programado su propia coronación para el 15 de agosto, día de la Asunción.

También los cardenales Orsini y Colonna van recibiendo noticias en Aviñón a través de sus propios canales, lo que va colocando a Petrarca, objeto de generoso mecenazgo por parte del segundo, en una situación insostenible. Pero a pesar de las crecientes presiones y dificultades, el poeta continuará defendiendo a quien cree su amigo y verdadero salvador de Roma.

«Siempre que la Fortuna me coloca entre aquellos que discuten tus asuntos con obstinada insolencia, tomo partido en tu defensa. Esto es un hecho bien conocido (…) Me ha traído sin cuidado el pasado o el futuro; tampoco me ha preocupado a quien podría irritar u ofender con mis palabras. Debido a mi discurso sin restricciones me he alejado de aquellos cuyo favor había logrado tras una larga intimidad».


El discurso de Petrarca ha cambiado: por momentos abandona la solemnidad acostumbrada y se hace más humano:

«No me esfuerzo tanto en escribir con un estilo brillante como en, despreocupándome del estilo, verter en tus oídos las preocupaciones de mi alma (…) Recibe por tanto mis cartas esperando encontrar la conversación de un amigo antes que la elegante exposición de tus actos».

Y es que caído en desgracia Petrarca continúa defendiendo a Cola di Rienzo. Y lo hace entre visibles sudores, angustias y agobios, lejos de la impávida solemnidad de los héroes de sus obras. De este modo, aunque no lo sepa, adquiere para el espectador no sólo grandeza, sino también simpatía. Harto de las presiones y desplantes el poeta acaba abandonando Aviñón y se traslada a las fuentes de Vaucluse, un recóndito valle a menos de treinta kilómetros del sobrevenido agobio de la urbe.

«He estado navegando las tormentosas aguas de esta curia que se dice romana en una travesía larga y difícil. Me he hecho bastante viejo en estas lides, pero todavía soy un torpe e inexperto marinero. En consecuencia acabo de huir de las turbulentas aguas de Aviñón y he buscado el puerto que, como siempre, me ofrece la tranquilidad de la soledad, ese Valle Cerrado que recibe su nombre de su propia naturaleza (…) Ambos lugares no tienen nada en común excepto el cielo: las gentes son de diferente naturaleza, las aguas poseen una cualidad diferente, la tierra produce una diferente vegetación».

Petrarca disfruta de la belleza del paisaje, y puede volver a centrarse en las cosas que más le gustan. La nueva composición que debe contar la situación de Roma ¿debe ser una égloga, una pastoral, o una escena silvestre? Le traslada estas dudas a Cola di Rienzo, a quien le traen sin cuidado. Será finalmente una égloga, que también manda al Tribuno:

«No te obligaré a ti, que tienes todos los nervios en tensión para resolver las más serias cuestiones de estado, a desperdiciar la menor energía en las palabras de siquiera uno de estos pastores ficticios».

Los pastores son el belicoso Marcio y el más hedonista Apicio, y la complicada fábula que protagonizan está abierta a interpretaciones diversas [9]. No nos entretendremos en ellas.


El lugar escogido por Cola di Rienzo para su coronación es la basílica de Santa María la Mayor, en la que desde el día precedente los fieles, convenientemente estimulados con dinero, cantan ¡Ecce Salvator! ¡Veniat Imperator! [10]. ¿Imperator? Aparentemente la creciente ambición de Cola se desarrolla en paralelo a la mengua de su sentido del ridículo. Pero el pueblo de Roma está encantado con los jolgorios y celebraciones que jalonan el vertiginoso cursus honorum del Tribuno. A través de una impresionante –y costosa- ceremonia Cola di Rienzo es investido sucesivamente con cinco coronas: la primera de hojas de roble por el prior de Letrán; la segunda, de hiedra, por el de San Pedro; la tercera, de mirto, por el de San Pablo Extramuros; la cuarta, de laurel, por el de San Lorenzo; la última, de olivo, por el de Santa María la Mayor. Es imposible no maravillarse ante el poder de convocatoria de Cola de Rienzo sobre el clero. Falta en todo caso la corona más importante: una de plata que le impone el síndico municipal Goffredo degli Scotti a la vez que le entrega un orbe de plata con una cruz: «Tribuno Augusto toma este orbe, administra justicia y devuélvenos paz y libertad». Sí, Augusto también.

En septiembre un nuevo mensajero de Cola di Rienzo es enviado a Aviñón. Lleva una carta a Clemente VI con las ya habituales protestas de lealtad hacia el pontífice, pero éstas no llegan a su destino: el enviado es emboscado desnudado, apaleado y enviado de vuelta a Roma. Al enterarse, un furioso Petrarca escribe a Cola de Rienzo una carta rebosante de odio contra Aviñon:

«Como sabes, en el poder de muchos no reside tanto en su propia fuerza como en la debilidad e otros. Ese poder, por tanto, desaparecerá cuando el oponente recobre su vigor. Sólo entonces, Aviñón, sabrás cuál es tu verdadero lugar cuando te des cuenta de cuan poderosa es Roma todavía. Roma, cuyos enviados pisoteas ahora en el polvo creyendo que no hay nadie para vengar la afrenta. Te engañas; te comportas como una idiota; actúas como una loca. Dios será el vengador en el cielo; y en la tierra uno de nuestros conciudadanos que realmente adora el dios que tu desconoces vengará del mismo modo los hechos».

Y exhorta a Cola de Rienzo «¡Vamos, sin más retraso! Aplasta, pisotea, muele bajo tus pies este sapo que hinchándose ridículamente simula el volumen de un buey».


Considera Petrarca, con razón, que la decadencia de Roma es el reverso del esplendor de Aviñón, y eso le lleva a personalizar la ciudad y enfocar en ella su rabia. Pero no todo en la carta es prosopopeya: también los prebostes –sin determinar- de la ciudad son objeto de sus diatribas.

«Ser capaz de inferir daño en otros no es verdadera grandeza, ni tampoco un símbolo de poder. El más pequeño y malvado de los insectos también lo puede hacer (…) ¿Qué grandeza hay en ello? Realmente ¿qué es sino un poder cuyo valor debe ser reconocido como menor que cero? (…) Este es el tipo de grandeza que estos hombres honorables han conseguido ejerciendo sus artes. Es la grandeza que un escorpión o una araña podrían haber alcanzado».

En octubre Cola di Rienzo organiza un banquete al que invita a los principales nobles de la ciudad. Lo que ocurre a continuación no está claro. En un momento dado unos Colonna se enzarzan con otros comensales y emiten opiniones poco favorables hacia el advenedizo hijo del posadero: según algunos Cola di Rienzo ha aleccionado a unos asistentes para que los provoquen. El tono se eleva rápidamente y súbitamente, como en una maniobra ensayada, soldados de la milicia romana entran en la sala y arrestan a todos los nobles asistentes. La secuencia se desencadena. Tras acusarlos de traición, Cola di Rienzo los hace condenar sumariamente a muerte, programa su ejecución para el día siguiente, y les envía sacerdotes para que procedan a su alivio espiritual, ya que con lo material poco queda por hacer. Durante la noche un patíbulo es levantado apresuradamente en el Capitolio, al que son conducidos al amanecer los aterrorizados barones. ¿Se trata de un ataque de ira del Amator Orbis, de una purga deliberada, de una nueva representación? De nuevo es difícil saberlo, pero el caso es que una vez allí Cola di Rienzo procede a concederles un magnánimo perdón y a devolverles sus títulos y honores. Es una situación grotesca que los barones, en cuanto recobran el resuello, aprovechan prudentemente para largarse a sus feudos fuera de Roma. Desde Palestrina los Colonna, desde Marino algunos de los Orsini –pues otros continúan comandando el ejército de Cola di Rienzo-, comienzan a prepararse abiertamente para reunir tropas y recuperar por la fuerza el control de la ciudad.

NOTAS:
[9] Para algunos Marcio representa a los Colonna y Apicio a los Orsini, pero entonces el argumento se vuelve aún más incomprensible.
[10] He aquí el Salvador, Viene el Emperador.

Imágenes: 1) Casa de Cola de Rienzo, por Ettore Roesler Franz - Scanning of reproduction, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1038364. 2) Escudo de armas de Clemente VI; 3) El poeta Petrarca; 4) El emperador Rienzo; 5) El palacio papal en Aviñón.

2 comentarios:

viejecita dijo...

¡ Que bien ! Todavía sigue...
Es curioso que los creadores de imperios, los dictadores hechos a sí mismos, y con ese discurso populista, regenerador, y "revolucionario", y no llegados al poder por herencia, les fascinen tanto a los poetas, a los artistas, a los músicos.
Aunque luego, como le ocurrió a Beethoven con Napoleón, se desilusionen y renieguen de ellos.
¡ Pobre Petrarca !

Y muchas gracias por seguir con el relato, a pesar de que estará usted sumergido en trabajo.
¡ Y suerte en el Congreso !

Bruno dijo...

Respecto a su contestación anterior:
Muchas gracias.
Yo creo que la calificación depende del que ve el acto, y lo sufre, o del que lo goza.
Eso del pelo en la mano no lo sabía. Es muy divertido. Es un hallazgo, un mecanismo de reacción automática, nada que ver con la ceguera, que prueba la dilatada experiencia y sabiduría de la Iglesia y de los ancianos para pastorear a los corderos. Y me hace relacionarlo con ese invento del elefante. (No citarlo para no convocarlo. No preciso el autor, no lo recuerdo, porque las humanidades no son mi especialidad)
¡Suerte para uds. este fin de mes! Se pueden dar conjunciones astrales casi nunca vistas.