domingo, 31 de enero de 2016

COLA DI RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (2)



«Nicolaus Laurentius, Cónsul de Roma. Único embajador del pueblo, los huérfanos, las viudas y los pobres, ante nuestro señor el Papa de Roma». Así termina Cola di Rienzo la carta que envía a Roma anunciando simultáneamente el Jubileo y la megalomanía del firmante. La propia Roma es descrita como una viuda sufriente que ahora podrá abandonar el luto, una figura a la que Cola di Rienzo recurrirá con frecuencia. Por su parte Clemente VI es comparado favorablemente con Escipión, César, Marcelo, un Cecilio Metelo sin especificar, y otros héroes de la Roma antigua. Con todo esto Cola di Rienzo parece haber olvidado cuál era su misión original: revelar al papa que los senadores han sido desposeídos de poder, que su mandato es nulo, y que ahora los Trece gobiernan la ciudad en nombre –aunque de momento sin que él lo sepa- del Santo Padre. Pero de momento su capacidad para la retórica le ha abierto las puertas del palacio de Clemente, con quien concierta una audiencia. Con cierta cautela inicial Cola di Rienzo comienza a contarle la situación en Roma y los abusos de los nobles: nada que sorprenda en exceso a Clemente, a quien el vehemente joven parece caerle bien.



Un día, en la iglesia de San Agrícola, Cola di Rienzo conoce a Francesco Petrarca, a cuya coronación poética en el Capitolio ha tenido ocasión de asistir [7]. Ambos comparten la admiración por una Roma antigua, que posiblemente sólo ha existido en su imaginación, y la tristeza por la Roma actual, esta última muy real: la comparación entre ambas exacerbará su indignación, algo que a Cola di Rienzo se le da muy bien. Este encuentro marca el inicio de una correspondencia entre ambos, que será mucho más apasionada por la parte del poeta:

«Cuando recuerdo esa conversación tan ferviente e inspirada que mantuvimos hace dos días frente al pórtico de ese famoso y antiguo santuario, reboso de tal felicidad que considero tus palabras como las de un oráculo que hablara desde los más recónditos recovecos de ese templo. Me parece haber estado escuchando a un dios, no a un hombre. Te quejaste de la situación actual –no, más bien de la verdadera caída y ruina de la república- en palabras de tal inspiración divina, y con los rayos de tu elocuencia expusiste nuestras heridas con tal nitidez, que siempre que recuerdo el sonido y el contenido de tus palabras las lágrimas acuden a mis ojos, y la pena vuelve a atenazar mi espíritu».

A continuación Petrarca recrimina a Dios, a quien no se le escapan «ni la vasta extensión del cielo, ni las insondables profundidades, ni las gotas del océano, ni las hojas en los bosques, ni las arenas del mar, ni todas las estrellas, ni todas las criaturas vivas, ni las innumerables plantas y arbustos», que permanezca impasible ante el sufrimiento de Roma, pero, continua el poeta, en ese momento la desesperación deja paso a la esperanza y las lágrimas vuelven a brotar, «no afeminadas sino viriles y audaces porque, si la ocasión se presentara, me atrevería a llevar a cabo alguna gesta patriótica y a lanzarme en defensa de la justicia como corresponde a un hombre». ¿Será Cola di Rienzo la persona providencial que Roma espera? «Oh, si ocurriera en mis días… Si tan solo pudiera compartir tan gloriosa, tan noble empresa». Y el vate finaliza con una petición:

«Te suplico, oh Dios, que o bien destruyas los innumerables males del mundo, o bien destruyas al mundo».

El mundo es un lugar desdichado por culpa de enemigos tan insondablemente malvados que bastará con aniquilarlos para recobrar la felicidad. El poeta es ahora milenarista, pero es que Cola di Rienzo tiene esa facilidad para exacerbar las pasiones violentas.


Las siguientes semanas en Avignon fluyen agradablemente. El poeta y el revolucionario se encuentran con asiduidad, y el primero lee al segundo pasajes inéditos de África, el poema épico sobre Escipión Africano que acaba de completar. Tras la primera reunión con Clemente VI se suceden otras, y finalmente el papa convoca un encuentro con los cardenales para que también ellos conozcan por boca de Cola di Rienzo las noticias de Roma. Confiado en el ascendiente adquirido sobre el papa describe sin disimulos su visión de las cosas: lejos de la autoridad papal Roma se ha convertido en una selva en la que merodean a su antojo los lobos Colonna y Orsini. Esta vez no ha medido bien sus fuerzas: entre los cardenales, con expresión tan inescrutable como la de un lagarto, Giovanni Colonna asiste a la diatriba del embajador de los Trece.

Unas semanas más tarde Cola di Rienzo sigue deambulando por Avignon, pero su aspecto es diferente. Sus ropas tiene menos lustre, y sus mejillas se han hundido por falta de un aporte calórico suficiente: ahora se ve obligado a procurarse alimento haciendo cola en las iglesias con el resto de los mendigos. Giovanni Colonna ha maniobrado eficazmente entre el resto de los cardenales, y ahora Cola di Rienzo es un apestado, no sólo entre ellos, sino entre todos los miembros de la corte que, viendo por donde sopla ahora el viento, eluden cuidadosamente su presencia. Las noticias de la caída en desgracia acaban llegando a Roma, y los nobles aprovechan para embargar los bienes del notario. Únicamente Petrarca permanece fiel. Y lo hace corriendo riesgos, pues él mismo es un protegido de Giovanni Colonna. Con la intercesión del poeta, el enfado del cardenal va cediendo poco a poco. En unos meses los cardenales levantan el veto a Cola di Rienzo, y el papa procede de buen grado a su rehabilitación.


A pesar de que lo esperan su mujer e hijos, Cola di Rienzo permanece algunos meses más en Avignon, ahora mucho más refinada que Roma. Clemente VI es un hombre de gusto sofisticado que ha convertido la sede papal en punto de encuentro de poetas, escritores, pintores y aún políticos, y que no desdeña en absoluto los placeres del lujo y la buena comida. Cola di Rienzo saborea esta nueva etapa de su existencia. Ahora el látigo de la nobleza está encantado de poder sentarse a su mesa. Ahora no tiene inconveniente en lisonjear a Giovanni Colonna, ni en besar la mano de Reinaldo Orsini. Por ahora. En Roma se encuentran las masas miserables tan necesarias para la ambición del revolucionario devenido gorrón. Sólo queda una cosa más. Aprovechando sus buenas relaciones con Clemente, y que este se siente en falta por haberlo dejado caer inicialmente a instancias de los cardenales, Cola di Rienzo le solicita un puesto de notario en la Cámara Civil de Roma, encargado de la supervisión de sus finanzas, reportando únicamente al tesorero y los dos senadores, y con un sueldo suculento de cinco florines de oro al mes. El papa accede, y en la primavera de 1344 el ascendido funcionario regresa a Roma. (continuará)

Notas.
[7] Ha tenido lugar en 1341.

Imágenes: 1) Estatua de Cola di Rienzo en el Capitolio; 2) Coronación poética de Petraca en el mismo lugar; 3) Petrarca coronado; 4) Clemente VI.

3 comentarios:

viejecita dijo...

Dos días esperando, para no ser la primera, y quedar más disimulada, pero no resisto más. Estoy divertidísima con la historia, Y no soy muy de poesía ( sólo me suele gustar la poesía satírica y de humor ), pero Petrarca me está cayendo de cine , y me da que voy a acabar leyéndolo, como siga así.
Por cierto, en lo de las ilustraciones, vuelven a salir los nombres de las del episodio anterior . ( A mí es que los Prerrafaelitas me encantan y el cuadro de la muerte del hermano, lo pongo a ampliar cada vez que paso por aquí ).
Pues eso, que
Muchas gracias

navarth dijo...

Querida Viejecita, he estado un poco liado por lo que he tenido desatendido el blog y, lo que es más grave, a mi lectora favorita. Ahora ya lo he corregido y espero poder colgar pronto una nueva entrada. Un abrazo.

viejecita dijo...

Muchas Gracias Don Navarth
Tengo su blog en portada del Safari, y vengo cada día. Me alegro de que haya hecho la corrección, que estaba intrigadísima con el retrato tan bonito de Clemente...
Muchas gracias
¡ Y suerte en el Congreso !