lunes, 25 de enero de 2016

COLA DI RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA

El 7 de mayo de 1342 Pierre Roger de Beaumont es elegido papa en Avignon, y unas semanas más tarde una comitiva se pone en marcha desde Roma. Formada por dieciocho personas, está encabezada por los senadores Stefano Colonna y Bertoldo Orsini a los que acompañan otros representantes de la ciudad. Lleva a Clemente VI -que tal es el nombre escogido por Beaumont- una petición principal: que el papa vuelva a Roma. En ese sentido la misión parte condenada al fracaso.


El traslado de la sede papal a Avignon ha tenido su origen en las disputas entre Bonifacio VIII [1] y los monarcas europeos. El papa, confiando en exceso en su condición de representante de dios en la tierra, ha pretendido imponer su autoridad directa sobre los reyes. En 1296 ha publicado la bula Clericis laicos, en la que les ha prohibido que impongan tributos al clero sin su consentimiento, lo que no ha sido recibido con ecuanimidad por los gobernantes. Felipe IV de Francia, el más beligerante, ha prohibido la salida de dinero, ya sea proveniente de limosnas, diezmos o lo que sea, hacia Roma. Como respuesta Bonifacio ha emitido en 1305 la bula Ausculta fili [2], en la que ha recriminado paternalmente a Felipe que no haya hecho caso de la bula precedente; Felipe, en un acto nada filial, ha ordenado que sea quemada. La escalada búlica ha continuado hasta la publicación, en 1302, de Unam Sanctam, con la que Bonifacio ha pretendido zanjar la cuestión afirmando que sólo responde a Dios, es superior a todos los gobernantes del mundo y punto. El caso es que Felipe IV no teme a Dios y mucho menos a su delegado en la Tierra, y para reforzar sus propios argumentos ha enviado a Guillermo de Nogaret con un centenar de caballeros armados -a los que se unirá una partida de los Colonna- a Anagni, residencia veraniega del papa. Allí, abandonando toda ceremonia, los miembros de la comitiva han exigido al Santo Padre, con una espada en su cuello, su rectificación y renuncia al cargo. Bonifacio ha mantenido el tipo, y noticias de una posible revuelta en Roma han hecho que los caballeros abandonen precipitadamente, pero un año más tarde el papa habrá muerto, según dicen a consecuencia del susto. Bonifacio ha sido sucedido por Benedicto XI que sólo ha reinado un año. Para entonces Felipe IV, que ha seguido maniobrando en Roma, ha conseguido promover la candidatura del francés Bertrand de Got, que adoptará el nombre de Clemente V. El nuevo Papa no sólo ayudará a Felipe IV a desembarazarse de los templarios y a apropiarse de sus riquezas, sino que trasladará la corte papal a Avignon. Se encargará además de nombrar cardenales compatriotas en un número suficiente como para garantizar un suministro regular de franceses al papado. Así ocurrirá con sus sucesores Juan XXII, Benedicto XII y Clemente VI. Todos ellos francamente predispuestos hacia los intereses de su monarca temporal Felipe IV.



El traslado a Avignon ha sido un duro golpe para Roma. Para empezar ha sido un indicador de su vigente irrelevancia, algo que los romanos, aún orgullosos de su lejana gloria imperial, no han digerido bien. Además la salida del papa y los cardenales del palacio de Letrán ha provocado un vacío de poder. Rápidamente se ha pergeñado un gobierno integrado por representantes de comerciantes, gremios, campesinos y pequeña nobleza local: los Trece Hombres de Bien. Representan a los 13 barrios de Roma, y están dirigidos por un noble güelfo de Milán que actúa como senador. Pero los Trece Hombres se han visto incapaces de controlar a los turbulentos nobles romanos. En especial los Colonna y los Orsini campan a sus anchas y han convertido la Urbe en escenario de sus peleas. Enseguida han colocado senadores propios, y han convertido el gobierno de los Trece en una institución desprovista de poder. Roma ha intentado por todos los medios la vuelta de la sede papal, y se ha visto involucrada en todo tipo de alianzas a favor y en contra de emperadores. Todo esto ha provocado una rápida decadencia de la Urbe y su rápida despoblación. Ahora sus habitantes se concentran en un margen del Tíber entre Sant’Angelo y la isla tiberina más el Trastévere en el otro, con grandes zonas dentro de la muralla dedicadas al cultivo o al libre desarrollo de las hierbas. Estas zonas, entre las que sobresalen ruinas del lejano esplendor, suponen un lúgubre recordatorio a los romanos de su decadencia.



Felipe IV trasladó a Avignon la sede papal para tenerla controlada, y esta es una situación que sus sucesores prefieren mantener: a medio plazo la vuelta a Roma es impensable. Los miembros de la comitiva romana saben esto perfectamente, pero los senadores guardan un as en la manga: una petición de reducción de plazos en el Jubileo [3]. El Jubileo ha sido instituido en 1300 por Bonifacio VIII, que ha concedido indulgencia plenaria a los fieles que acudan a Roma y visiten las tumbas de San Pedro y San Pablo. Atraídos por la oferta los peregrinos, tanto pobres como ricos, han acudido por miles, y gracias a ellos los romanos han experimentado los benéficos efectos del turismo sobre la economía. Los viajeros han necesitado alojamiento y alimento, desbordando la capacidad de las posadas habituales y permitiendo enriquecerse a todo aquél capaz de improvisar una cocina o tender un lecho o un haz de paja. Zapateros y sastres han tenido que trabajar día y noche para reparar los destrozos del viaje en los vestidos, y para fabricar atuendos más elegantes para la ocasión. Carros y caballos han proporcionado trabajo a herreros y guarnicioneros. Las lavanderas se han visto sobrepasadas… Incluso ha nacido una nueva industria de artesanos que se dedican a fabricar souvenirs de Roma y del magno acontecimiento. El dinero ha fluido con liberalidad, y el súbito aumento de los precios derivado del incremento de la demanda ha sido visto con benevolencia por los fieles, a los que el aliviamiento de sus pecados ha predispuesto hacia el aligeramiento de sus bolsillos. El año 1300 ha sido magnífico para Roma, pero después… Después el flujo se ha secado. Es cierto que siguen llegando regularmente algunos fieles convencidos, pero suelen venir sin blanca. En realidad, habiendo idealizado el fraternal recibimiento que esperan recibir en la ciudad santa, se quejan de la tacañería y la rapacidad de los romanos. Algunos, como los Palombelle, mendicantes que llevan cosida una paloma blanca en su túnica, son francamente reivindicativos y turbulentos. Por eso, junto a la petición de retorno del Santo Padre, los legados vienen con otra petición de efectos más mundanos: que el Jubileo, en vez de ser proclamado cada 100 años, lo sea cada 50. Esperan así revitalizar el prestigio de Roma y, sobre todo, su economía.


Con este segundo encargo ha llegado a Avignon la expedición romana. Estas cosas llevan su tiempo, y las negociaciones se alargan durante meses. Tampoco los miembros de la legación tienen excesiva prisa en volver, pues el esplendor de la corte de Avignon excede con mucho al de la decaída Roma. Pero entretanto algo ha ocurrido en la Urbe: el gobierno de los Trece se ha rebelado contra los senadores. Convencidos de que la primera comitiva enviada no va a hacer nada para revelar al papa la calamitosa situación de Roma a merced de los nobles, ha enviado a su vez a un legado. Es Nicola di Lorenzo, mucho más conocido como Cola di Rienzo.

Más tarde Cola di Rienzo tendrá a su disposición dos biografías opuestas, que usará según el auditorio al que se enfrente. Frente a la plebe dirá que es uno de ellos, nacido en el Rione della Regola, uno de los barrios más populares -y frecuentemente insalubre- de Roma, y criado en Anagni como un campesino entre campesinos. Frente a auditorios más ilustres dirá que es hijo ilegítimo del emperador Enrique VII de Luxemburgo, que en una visita turística al Rione dejó embarazada a su madre. [4] Así cuando visite Praga podrá hablar de igual a igual al sucesor de Enrique, el también emperador Carlos IV de Luxemburgo y Bohemia: «de vostro lenajo so’ figlio di vastardo di Herrico Imperatore lo Prode» [5]. En ese ambiente de franca camaradería le contará su vida en Anagni y Roma, y le confesará: «fue entonces cuando comencé a despreciar la vida plebeya». Esta segunda biografía, la del parentesco imperial, es obviamente una patraña; la primera también presenta dificultades. Rienzo es cultivado, domina el latín clásico y está dotado de una gran elocuencia. Si se ha criado en un ambiente tan rústico, no se sabe cómo ha podido recibir tan sólida formación. Parece que su padre es Lorenzo Gabrini [6], dueño de una posada en Roma, y que mandó al pequeño Nicola al cuidado de unos tíos en Anagni. Allí se familiarizará con la historia del agravio a Bonifacio VIII y aprenderá a odiar a los Colonna, uno de cuyos miembros, Sciorra Colonna, fue quien quiso cortar el gaznate al papa. Este odio se verá muy reforzado cuando el propio hermano de Nicola se vea accidentalmente envuelto en una reyerta entre matones de los Orsini y los Colonna y sea asesinado por uno de estos últimos.


Poco después de volver a Roma desde Anagni Cola di Rienzo se ha casado con la hija de un notario y ha ingresado a su vez en el oficio; sus colegas dirán de él que es industrioso y eficaz. Acostumbra a pasear por Roma entre las ruinas de su pasado esplendor. Le gusta descifrar las inscripciones en latín que encuentra, y contar a todo el que quiere oírle las antiguas glorias romanas, que contrapone a la actual situación de postración. En esto nunca le falta auditorio, porque el notario habla muy bien.

Cola di Rienzo llega a Avignon con un memorial de agravios contra los nobles bajo el brazo, pero allí se entera de que la expedición oficial acaba de lograr el triunfo parcial del Jubileo. Tal y como habían previsto los senadores, el papa ha rechazado la posibilidad de volver a Roma y se ha limitado a prometer vagamente una visita en un momento indeterminado del futuro. Pero a cambio ha accedido a que el Jubileo vuelva a tener lugar en 1350. Es una gran noticia para Roma que sumerge a Cola di Rienzo, que extrae su fuerza de la frustración de los romanos, en un dilema. ¿Qué hacer?

Dos cartas parten hacia Roma para contar el resultado de la negociación, una remitida por la legación senatorial y otra por el embajador de los Trece Hombres Buenos. Ambas están cargadas de alabanzas y ditirambos hacia el papa, resaltando su comprensión y su sabiduría. Ambas han sido redactadas por Cola di Rienzo. ¿Qué ha ocurrido? Pues que Cola di Rienzo ha conseguido acercarse al papa, al que también ha cautivado con su elocuencia. Y a través de él ha tomado contacto con los senadores de la primera expedición. Cola di Rienzo se ha ofrecido a redactarles la misiva que deben enviar a Roma, y ellos han accedido. (continuará)


Notas.
[1] Bonifacio VIII, antes cardenal Benedicto Gaetani, ha llegado al poder por medios poco convencionales. Tras la muerte de Nicolás IV ha propuesto como sucesor a Pedro Morone, un santo eremita que vive en una cueva. Pero una vez nombrado papa Morone se ha empeñado, para alarma de los cardenales, en renunciar al lujo y en mantener su austera forma de vida. Gaetani ha decidido entonces sustituir al incordio Morone por él mismo. A tal fin ha practicado un agujero en la celda del antiguo eremita y se ha dedicado a susurrar todas las noches: “Celestino, renuncia al puesto. Es una carga demasiado pesada para ti”. Tantos años en una cueva han dejado en Morone un equilibrio psicológico precario, se ha convencido de que la voz es del Espíritu Santo y ha renunciado al cargo. Gaetani ha ocupado entonces su lugar, y ha inaugurado una época bastante menos crítica con el boato.
[2] Comienza así: “Escucha hijo, los preceptos de un padre, en cuanto a la doctrina, de un maestro que sobre la tierra ocupa el puesto de Aquél que es el único Maestro y Señor …».
[3] Espero que el maestro Belosticalle nos explique si jubileo viene de cuerno o de júbilo, que la Wikipedia no se pone de acuerdo.
[4] Enrique, según Cola di Rienzo, había ido disfrazado a visitar San Pedro, pero había sido reconocido por los guardias papales. En su huida se había refugiado en la taberna del señor Lorenzo, y para hacer tiempo se había acostado con su mujer.
[5] «Soy de vuestro linaje, hijo bastardo del emperador Enrique el valiente». Cronica - Vita di Cola di Rienzo, de un anónimo contemporáneo de Cola di Rienzo. Aunque literalmente dice «hijo de bastardo» en el contexto hay que entender lo primero.
[6] De ahí el nombre Nicola de Lorenzo, que tras ser sufrir doble contracción en nombre y apellido queda como Cola di Rienzo.

Imágenes: 1) Bonifacio VIII; 2) Dos versiones del ultraje de Anagni, con Sciorra Colonna detenido por Guillermo de Nogaret en el preciso momento en que iba a asesinar al papa. La segunda en uno de los famosos cromos de la Chocolaterie d'Aiguebelle; 3) Felipe IV; 4) Peregrinos en el Jubileo; 5) Versión prerrafaelita de William Holden Hunt de la muerte del hermano de Cola di Rienzo.

4 comentarios:

viejecita dijo...

¡ Que divertido Don Navarth , y que gusto leerle de nuevo en su blog.

Yo he estado últimamente sumergia en "Les Rois Maudits", que cuenta esa época desde el punto de vista de los reyes franceses maldecidos por Jacques de Molay, la supresión de los templarios, y la apropiación de sus riquezas por parte de la corona francesa. Así que esta perspectiva italiana que nos propone , me encanta.

Muchas gracias

Anónimo dijo...

Anda, qué casualidad!! Nosotros tb hemos empezado con el Rey de Hierro en inglés porque no tenemos tanto nivel de francés y no está traducido. Yo acabo de empezar el segundo capítulo y ya me está enganchando un montón.

Besos de Brunilda

Belosticalle dijo...

Muy bien enfilada esta historia, que de hecho abre un proceso histórico irreversible: el desmontaje del sistema-ficción jurídico-política del Sacro Imperio. Y en paralelo, la emergencia del pensamiento laico.

A la pregunta sobre el ‘jubileo’, qué coincidencia, ocurre aquí como con la ‘bula’ en la última entrada de mi blog, una deriva semántica.

El Levítico, cap. 25, instituye dos años especiales ‘en base siete’: 1. Año sabático, como cierre de cada semana de años; y 2. Año jubilar, como cierre de cada siete semanas de años.
Tanto la tierra como las personas eran propiedad inalienable de Yahweh. Las compraventas de tierras y siervos eran meros traspasos sin título de propiedad, y periódicamente se producía una puesta a cero: el siervo quedaba libre y la tierra revertía al usuario del punto cero. Había más cosas, como que en el año sabático la tierra descansaba de toda actividad agrícola (a imitación del Crador, que tras seis días de vértigo deja en paz al mundo).

Salta a la vista lo impracticable y utópico de ambas instituciones. El descanso de la tierra valía por una hambruna; y encima, el año jubilar implicaba dos años seguidos en barbecho total. Igualmente utópico era el procedimiento de restauración social. De hecho, el año jubilar pudo ser una reforma del sabático, para espaciar una operación económica tan disparatada. Históricamente nunca funcionó.

El año cincuentenario se inauguraba con un toque de cuerno de carnero. El carnero en hebreo es yôbel, y su cuerno también, y el toque del cuerno lo mismo, y el año inaugurado por el toque también se llamó el yôbel. De ahí pasó al griego, latín etc. como júbilo y jubileo.

Según eso, Bonifacio VIII fue tacaño al instituir su nuevo jubileo como centenario, y tuvieron razón los que exigieron dos jubileos por siglo, como en el Antiguo Testamento.

El año 1300 se estrenó el Jubileo. Además, 1300 fue el año convencional del comienzo de la Divina Comedia. Y last but not least, aquel año se funda Bilbao. Mejor dicho, la «nueva población e villa que llaman el Puerto de Bilbao». Porque Bilbao, lo que se dice, no se fundó nunca, pues existió desde la noche del tiempo, y es muy posible que el Génesis, cap. 1, alude veladamente a su origen cuando habla de como el Creador mandó a las aguas apartarse y emergió la tierra firme.

Amigo Navarth, un placer y espero seguir disfrutando con este relato apasionante y prometedor.

viejecita dijo...

Doña Brunilda
¡ Cuando vuelva por "El Rey de Hierro", déle recuerdos de mi parte a Robert D'Artois, mi prsonaje favorito de toda la saga.!