miércoles, 25 de marzo de 2015

a.t.p. HOBBES Y EL CONTRATO SOCIAL


Es el momento de hablar sobre las teorías basadas en el ‘contrato social’. Y empecemos diciendo que, si para el utilitarismo la fuente de legitimidad de la política está en la maximización de la felicidad de la sociedad, y para el marxismo en la eliminación de la explotación del proletariado por los capitalistas (eliminando de paso a éstos en el proceso), para las teorías basadas en el contrato social su fundamento moral se encuentra en el consentimiento de los gobernados. Todas las versiones del contrato social parten de un supuesto ‘estado de naturaleza’, una situación prepolítica en la que el hombre vivía no sometido a autoridad alguna. A partir de ese estado de naturaleza, y con el fin de evitar las inevitables inseguridades y sobresaltos que lo acompañan, los hombres convienen en restringir parte de sus libertades confiriendo poder sobre ellos a un gobernante. Por lo tanto, cuanto más desagradable se considere ese estado prepolítico de partida, mayores serán la cantidad de libertad que sus habitantes estarán dispuestos a ceder y el poder que acumulará el gobernante. Y para Thomas Hobbes (1588- 1679), ese estado de naturaleza es francamente desagradable:

”Así hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primera, la competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria. La primera causa impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la segunda, para lograr seguridad; la tercera, para ganar reputación (…) Con todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos. Porque la GUERRA no consiste solamente en batallar, en el acto de luchar, sino que se da durante el lapso de tiempo en que la voluntad de luchar se manifiesta de modo suficiente (…) Por consiguiente, todo aquello que es consustancial a un tiempo de guerra, durante el cual cada hombre es enemigo de los demás, es natural también en el tiempo en que los hombres viven sin otra seguridad que la que su propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles. En una situación semejante no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que requieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve.

Hobbes, Leviatán.


Hobbes sabe de lo que habla porque ha vivido la guerra civil que ha enfrentado a los realistas partidarios de Carlos I (Hobbes entre ellos) con los parlamentarios de Cromwell. Hobbes identifica el estado de naturaleza, esa situación sin gobierno ni leyes, con la guerra civil que él mismo ha padecido, y no concibe nada peor. Por eso cree que es perfectamente racional que en su particular contrato social los gobernados estén dispuestos a someterse a la autoridad de un gobernante absoluto, al que llama Leviatán:

”El único camino para erigir semejante poder común, capaz de defenderlos contra la invasión de los extranjeros y contra las injurias ajenas, asegurándoles de tal suerte que por su propia actividad y por los frutos de la tierra puedan nutrirse a sí mismos y vivir satisfechos, es conferir todo su poder y fortaleza a un hombre o a una asamblea de hombres, todos los cuales, por pluralidad de votos, puedan reducir sus voluntades a una voluntad. Esto equivale a decir: elegir un hombre o una asamblea de hombres que represente su personalidad; y que cada uno considere como propio y se reconozca a sí mismo como autor de cualquiera cosa que haga o promueva quien representa su persona, en aquellas cosas que conciernen a la paz y a la seguridad comunes; que, además, sometan sus voluntades cada uno a la voluntad de aquél, y sus juicios a su juicio. Esto es algo más que consentimiento o concordia; es una unidad real de todo ello en una y la misma persona, instituida por pacto de cada hombre con los demás, en forma tal como si cada uno dijera a todos: autorizo y transfiero a este hombre o asamblea de hombres mí derecho de gobernarme a mí mismo, con la condición de que vosotros transferiréis a él vuestro derecho, y autorizaréis todos sus actos de la misma manera. Hecho esto, la multitud así unida en una persona se denomina ESTADO, en latín, CIVITAS. Esta es la generación de aquel gran LEVIATÁN, o más bien (hablando con más reverencia), de aquel dios mortal, al cual debemos, bajo el Dios inmortal, nuestra paz y nuestra defensa. Porque en virtud de esta autoridad que se le confiere por cada hombre particular en el Estado, posee y utiliza tanto poder y fortaleza, que por el terror que inspira es capaz de conformar las voluntades de todos ellos para la paz, en su propio país, y para la mutua ayuda contra sus enemigos, en el extranjero”.


No es que Hobbes piense que su estado Leviatán es un acuerdo de los gobernados: es que cree que es el único racionalmente posible. Como criatura temprana de la Ilustración está absolutamente convencido de que es posible determinar científicamente la mejor constitución de una sociedad, y piensa que eso es precisamente lo que él ha hecho. Por eso Leviatán pretende ser un tratado científico exhaustivo que comienza por analizar la naturaleza del hombre, un ser que vive en perpetuo desasosiego ante la incertidumbre, en la que se agazapa la violencia y el dolor:

”Para los animales no existe otra felicidad que el disfrute de sus alimentos, de su reposo y de sus placeres cotidianos, pues tienen poca o ninguna previsión para el porvenir, por falta de observación y memoria del orden, consecuencia y dependencia de las cosas que ven; en cambio observa el hombre cómo un acontecimiento ha sido producido por otro, y advierte en él lo que es antecedente y consecuente ; y cuando no puede asegurarse por sí mismo de las verdaderas causas de las cosas (porque las causas de la buena y de la mala fortuna son invisibles, la mayoría de las veces), imagina ciertas causas sugeridas por la fantasía”.

Esta incertidumbre lo mantiene sumido en la angustia y la ansiedad:

”En efecto, cuando se está seguro de que existen causas para todas las cosas que han sucedido o van a suceder, es imposible para un hombre, que continuamente se propone asegurarse a sí mismo contra el mal que terne y procurarse el bien que desea, no estar en perpetuo anhelo del tiempo por venir (…) Así, el hombre que avizora muy lejos delante de sí, preocupado por el tiempo futuro, tiene su corazón durante el día entero amenazado por el temor de la muerte, de la pobreza y de otras calamidades, y no goza de reposo ni paz para su ansiedad, sino en el sueño. Este perpetuo temor que siempre acompaña a la humanidad en la ignorancia de las causas, como si se hallara en las tinieblas, necesita tener por objeto alguna cosa. En consecuencia cuando nada se ve, a nadie se acusa de la buena o de la mala fortuna, sino a algún poder o agente invisible”.


En su inútil búsqueda de certezas para apaciguar sus temores, el hombre ha invocado a los dioses (”los dioses inicialmente fueron creados por el miedo de los hombres”) y los ha hecho depositarios de todas las respuestas y del sentido de su propia existencia. Pero con ello la cosa ha empeorado notablemente. De la incertidumbre doméstica surgían temores abarcables: los derivados de la posibilidad de que el vecino planeara robarlo, asesinarlo, y quedarse con su mujer. Pero ahora el hombre ha conjurado un ser infinitamente más misterioso e infinitamente más poderoso, que puede castigarlo por toda la eternidad. ¿Cómo apaciguar a un ser así? Toda una casta de farsantes, supuestos intérpretes de la voluntad divina, ha medrado a su costa [1]. Por su culpa la magnitud del temor se ha centuplicado, y también, tanto la posibilidad de conflicto, como la intensidad de su crueldad: si el hombre estaba dispuesto a matar por un puñado de tierra ¿qué no estará dispuesto a hacer por una parcela en la eternidad? Ahora existen dos poderes en el estado, uno que promete recompensas y castigos terrenales y otro sobrenaturales, y dos poderes en un mismo estado no pueden coexistir:

”Por consiguiente, si estos dos poderes se oponen uno a otro, forzosamente el Estado se hallará en gran peligro de guerra civil y desintegración. En efecto, siendo el poder civil más visible, y estando sometido a la luz, más clara, de la razón natural, no puede escoger otra salida, sino atraerse, en todo momento, una parte muy considerable del pueblo. Aunque la autoridad espiritual se halla envuelta en la oscuridad de las distinciones escolásticas y de las palabras enérgicas, como el temor del infierno y de los fantasmas es mayor que otros temores, no deja de procurar un estímulo suficiente a la perturbación y, a veces, a la destrucción del Estado. Es ésta una enfermedad que con razón puede compararse con la epilepsia (que los judíos consideraban como una especie de posesión de los espíritus) en el cuerpo natural. En efecto, en esta enfermedad existe un espíritu antinatural, un viento en la cabeza que obstruye las raíces de los nervios, y, agitándolos violentamente, elimina la moción que naturalmente tendrían por el poder del ánimo en el cerebro, y como consecuencia causa mociones violentas e irregulares (lo que los hombres llaman convulsiones) en los distintos miembros, hasta el punto de que quien se ve acometido por esa afección, cae a veces en el agua, y a veces en el fuego, como privado de sus sentidos; así también, en el cuerpo político, cuando el poder espiritual agita los miembros de un Estado con el terror de los castigos y la esperanza de recompensas (que son los nervios del cuerpo político en cuestión), de otro modo que como deberían ser movidos por el poder civil (que es el alma del Estado), y por medio de extrañas y ásperas palabras sofoca su entendimiento, necesariamente trastorna al pueblo, y o bien ahoga el Estado en la opresión, o lo lanza al incendio de una guerra civil”.

Por eso Hobbes define su Leviatán como un “dios mortal”, una religión civil, un cristianismo calibrado para atender las necesidades reales del estado, en la que “el soberano tendría un total monopolio sobre asuntos eclesiásticos, incluyendo profecías, milagros y la interpretación de las escrituras” [2] Hobbes no se propone abolir el miedo, que considera inevitable en el hombre. Pero cree que si consigue concentrarlo en un único soberano temporal, podrá alcanzarse la paz y los hombres prosperarán en esta tierra. Después, Dios o Leviatán dirán. Hobbes plantea así la posibilidad de distinguir los poderes de la iglesia y el estado, si bien para concentrar ambos en este último. Pero da así el primer paso hacia la “gran separación”, la posibilidad de separar las cuestiones teológicas de las seculares, que será uno de los ingredientes del éxito de la civilización occidental.


En su intento de llegar a Leviatán a través de un camino científico, Hobbes llega a enunciar 19 “leyes naturales”, “inmutables y eternas”, que lo hacen inevitable. Como veremos al hablar de Rawls, uno de los problemas de las teorías clásicas basadas en el contrato social es que todas apelan a una ley natural, que supuestamente es inmediatamente deducible y compartible por todo el mundo pero sobre la que realmente nadie consigue ponerse de acuerdo. Sin embargo, bajo el epígrafe “una regla por al que las leyes de la naturaleza pueden ser fácilmente examinadas”, Hobbes enuncia una norma general que se anticipa a una de las versiones del imperativo categórico de Kant: ”no hagas a otro lo que no querrías que te hicieran a ti”.

Por su camino científico, jalonado por leyes naturales, Hobbes consigue llegar a donde quería, es decir, a la conclusión de que lo único sensato que pueden hacer los hombres es renunciar a toda su libertad a favor de un estado absoluto:

”La causa final, fin o designio de los hombres (que naturalmente aman la libertad y el dominio sobre los demás) al introducir esta restricción sobre sí mismos (en la que los vemos vivir formando Estados) es la búsqueda de su propia conservación y, por añadidura, el logro de una vida más armónica; es decir, el deseo de abandonar esa miserable condición de guerra que, tal como hemos manifestado, es consecuencia necesaria de las pasiones naturales de los hombres, cuando no existe poder visible que los tenga a raya y los sujete, por temor al castigo, a la realización de sus pactos y a la observancia de las leyes de naturaleza establecidas en los capítulos precedentes”.

Hobbes únicamente parece establecer un límite: la obligación del gobernado hacia el estado cesa si éste deja de protegerlo [3], porque a fin de cuentas esta es la finalidad del contrato social. Por lo demás, el estado Leviatán no está sujeto ni a sus propias leyes, y sus súbditos deben renunciar incluso a su capacidad e emitir juicios morales:

”Otra doctrina repugnante a la sociedad civil es que cualquiera cosa que un hombre hace contra su conciencia es un pecado, doctrina que depende de la presunción de hacerse a sí mismo juez de lo bueno y de lo malo. En efecto, la conciencia de un hombre y su capacidad de juzgar son la misma cosa; y como el juicio, también la conciencia puede equivocarse. Por consiguiente, si quien no está sujeto a ninguna ley civil peca en todo cuanto hace contra su conciencia, porque no tiene otra regla que seguir, sino su propia razón, no ocurre lo mismo con quien vive en un Estado, puesto que la ley es la conciencia pública mediante la cual se ha propuesto ser guiado”.

Adolf Eichmann usará en su defensa argumentos muy similares en Tel-Aviv. A pesar de la prudencia y brillantez de Hobbes, Leviatán prefigura, me temo, los estados totalitarios de siglos venideros.

Notas:
[1] No es que Hobbes no crea en Dios: es que cree que sus enseñanzas se han visto adulteradas por las nocivas enseñanzas impartidas en las universidades (”y los religiosos, y quienes tienen apariencia de doctos, derivan sus conocimientos de las Universidades”). Vemos, por tanto, que lo de la Complutense no es ninguna novedad. Entre los males que infectan la universidad Hobbes destaca la metafísica de Aristóteles, a quien profesa una antipatía especial: ”realmente lo que allí está escrito está en su mayor parte tan lejos de ser inteligible, y repugna tanto a la razón natural, que cualquiera que piense que ahí hay algo que pueda ser comprendido necesariamente debe entender que es sobrenatural”. Y continúa diciendo: ”así, también, la religión de la iglesia de Roma fue, por la misma causa, parcialmente abolida en Inglaterra y en algunas otras partes de la cristiandad: en efecto, cuando falla la virtud de los pastores, falla la fe del pueblo. En parte se debió a la introducción de la filosofía y de la doctrina de Aristóteles en la religión, por los escolásticos, pues de ello se derivaron tales contradicciones y absurdos, que el clero cayó en una reputación de ignorancia y de intención fraudulenta”.

[2] Mark Lilla, The stillborn God .

[3] Este argumento de Hobbes tenía repercusiones prácticas para sus contemporáneos. Tras la ejecución de Carlos I ¿era legítimo que sus súbditos transfirieran su lealtad a Cromwell? La llamada “controversia sobre el compromiso” despertó argumentos a favor y en contra. Hobbes, que había sido realista, sostuvo que el cambio era legítimo por la incapacidad sobrevenida del soberano decapitado para prestar su protección.

Imágenes: 1) Dios contemplando a Leviatán y Behemoth. Behemoth, que es el más feíllo, es para Hobbes la representación de la amalgama de farsantes y mercachifles que amenazan la paz y llevan a los estados a la guerra. 2) Thomas Hobbes; 3) Un ejemplo del estado de naturaleza que horroriza justamente a Hobbes: la masacre de Drogheda por Cromwell durante las guerras civiles inglesas; 4) Un panfleto que intenta mostrar el carácter caprichoso y cruel del príncipe Roberto; 5) Otro representación de la crueldad de los realistas.

7 comentarios:

Bruno dijo...

Es curioso. No se fía de la sociedad pero sí de su concepción de un posible poder perfecto. Nunca asumimos nuestra triste condición.

viejecita dijo...


A mí lo de ceder el discernimiento y lo que uno considere que es justo, para que lo decida Dios, Un Ret, El Estado, siempre me dio una grima espantosa.
Y eso que me crió mi abuela como una ultra católica, ( parecía que no iba a llegar a la edad adulta, y estaba destinada a la santidad ). Pero mi padre murió cuando yo tenía 12 años, y aceptar aquello fue muy duro. Y encima me hizo sentirme culpable durante años por no haberme rebelado..y haberme sometido mansamente.
Y a los 25 años cuando tuve que elegir, entre mi criterio, y el de Dios, rompí con Dios. Y hasta ahora, aunque echo de menos la música, el incienso, y los ritos.
Excuso decir que lo de Hobbes, que proponía una obediencia a un especie de dios, pero en laico, siempre me pareció fatal ( y encima, mi ultra catolicismo me apoyaba en ese sentido ).

Comprendo que haga falta un poco de gobierno, para que la gente no pise ciertas rayas rojas ; que no mate a los demás, que no les quite lo que es de ellos... pero cuanto más pequeño sea ese Estado, y menos se meta en la vida de cada cual, mejor...

Entre el Leviatán y La Anarquía, prefiero La Anarquía, porque al menos, aunque haya más peligro, de vez en cuando podré encontrarme con personas que merezcan la pena, y no con esclavos encantados con su esclavitud.

Pero muchas gracias , Don Navarth esta entrada me ha rejuvenecido...

viejecita dijo...

En parte por eso creo en los Estados grandes, los imperios mejor todavía, frente a los países pequeños, porque creo que cuanto más grandes, más huecos de libertad dejarán para poder escapar a su control...

navarth dijo...

D. Bruno, su cometario es implacablemente cierto. Hay que reconocer, no obstante, que Hobbes era claramente brillante.

Viejecita, eso que dice de los estados grandes contiene mucha sabiduría. Eso pensaban también los Padres Fundadores de los EE.UU., que desconfiaban profundamente de la tiranía de las mayorías. Habrá que dedicarles alguna entrada.

luigi dijo...

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Leyviatán

navarth dijo...

¿Sinleyviatán? Lo digo porque como para Hobbes el soberano no se somete a ella…

luigi dijo...

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El Soberano: El Leyviatán soy yo.