domingo, 5 de agosto de 2012

ESCENAS DEL POPULISMO RUSO (12): TKACHEV O LA PESADILLA IGUALITARIA

Cuanto más abstracto es un ideal, más lógico es; porque al edificar un sistema así el hombre está guiado únicamente por las leyes de la pura lógica. No puede contener nada ilógico, ninguna contradicción. Todo se deduce de una idea, todo es armonioso y equilibrado”. Petr Tkachev

La política debería ser realista; la política debería ser idealista. Estos dos principios son verdaderos cuando se complementan, y falsos por separado”. Johann K. Bluntschli


Tras la desaparición de Nechayev de la escena parece que el fanatismo y la tendencia al crimen en los movimientos populistas se moderan un poco. En este ambiente surgirán el círculo de Chaikovski y el movimiento “Al encuentro del pueblo" (1). Durará poco porque el pueblo, una vez encontrado, defraudará por completo sus expectativas revolucionarias, y los populistas volverán a encaminarse decididamente al crimen, tanto en la teoría como en la práctica. En este sentido Petr Tkachev va desfasado con respecto a la corriente dominante, pues en todo momento es tan partidario del terrorismo como el propio Nechayev.


Desde 1861, año en que ha ingresado en la universidad de San Petersburgo, Tkachev parece haber estado metido en todos los tumultos universitarios, y ha pasado brevemente por la cárcel varias veces. En 1868 escribe junto a Nechayev un “Programa de acción revolucionaria”. Un año más tarde vuelve a ser detenido y condenado a deportación en Siberia, pero la sentencia se conmuta por alejamiento a su distrito natal de Velikiye Luki. Desde allí organiza su fuga, y en 1874 llega a Ginebra.

A finales de 1875 Tkachev, con un grupo de exiliados rusos y polacos, lanza en Ginebra la revista Nabat (“La campana de alarma”). A diferencia de Bakunin y Nechayev, que se han limitado a exponer el programa revolucionario de destrucción de la sociedad, dejando para los que vengan detrás la tarea de reconstruirla, Tkachev defiende que la revolución debe planificarse en sus dos fases, la destructiva y la constructiva (léase, el ejercicio del poder por los revolucionarios). El resultado es aún más inquietante.

En el número séptimo de Nabat Tkachev expone una serie de directrices que deberán orientar a los revolucionarios cuando hayan alcanzado el poder. Además de las inevitables menciones a la obshchina, y a la abolición de la propiedad privada, resulta interesante el objetivo detallado en la cuarta directriz:

4) La gradual abolición de las diferencias físicas, intelectuales, y morales entre los hombres por medio de un sistema de educación social forzosa, igual para todos e inspirado por el espíritu de amor, igualdad y fraternidad”.

Porque la piedra angular de la ideología de Tkachev es el igualitarismo. Y con igualitarismo, aclara Tkachev, se refiere “a una igualdad que no debe de ningún modo ser confundida con igualdad política, legal, o económica, sino una igualdad orgánica y fisiológica producida por la misma educación y condiciones de vida comunes”. Para Tkachev este es un asunto de la máxima importancia, y lo repetirá en muchas ocasiones. Así por ejemplo, al intentar definir el valor de la unidad de trabajo cuando se evalúa el de personas distintas, afirma:

Lo cierto es que este problema se resolverá de la manera más sencilla conforme las diferencias entre individuos disminuyan y su igualdad desde el punto de vista físico y psicológico sea absoluta. El problema se resolverá cuando todo el mundo sea incondicionalmente igual, cuando no haya diferencias entre cualquiera, ni desde el punto de vista intelectual, ni moral, ni físico”.

Y aparentemente no le perturba la visión de pesadilla de una sociedad de himenópteros*.

Como todos los populistas, Tkachev cree que el único método posible para mejorar las cosas es la revolución violenta. Piensa que, con respecto a lo antiguo y lo nuevo, “no se debe ocultar que existe un abismo entre ellos”. Para Tkachev una transición pacífica entre un orden social y el siguiente no es más que una de esas quimeras que la humanidad inventa para su propia tranquilidad. Además, a diferencia de los Chaikovskistas y los integrantes de “al encuentro del pueblo”, está convencido de que la revolución es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de sus destinatarios. Él no cree que se deba adoctrinar al pueblo, ya que si se pierde en tiempo en docencias “una sangrienta y violenta revolución se convertiría en algo impensable”.

¿Y quién será aquel sobre el que recaerá el peso de la revolución? Tkachev presenta una versión mejorada del “hombre extraordinario” de Chernishevsky, el fanático puro:

Su seña de identidad consiste en que toda su actividad, todo su modo de vida, está dominado por una ambición, una idea apasionada: hacer felices a la mayoría de los hombres e invitar al mayor número posible al banquete de la vida. La realización de esta idea se convierte en el único propósito de su actividad, porque esta idea está por completo fundida es su concepto de felicidad personal. Todo está subordinado a esta idea, y todo sacrificado a ella (si es que puede hablarse de sacrificio)”.

Como siempre en estos casos, la definición de la felicidad de la mayoría queda a cargo del propio Tkachev. En todo caso, los fanáticos constituirán la élite revolucionaria que desarrollará la revolución en sus dos fases. Pero esta élite, una vez en el poder, ¿no acabará representando la sustitución de una aristocracia por otra? De ningún modo, afirma Tkachev. El poder no corromperá ni cambiará a estos revolucionarios puros de corazón y diáfanos de cerebro:

¿De qué os asustáis? Qué derecho tenéis a pensar que esta minoría (...) totalmente devota a los intereses del pueblo, al alcanzar el poder, pueda súbitamente convertirse en un grupo de tiranos. Decís: el poder corrompe. Pero ¿en qué basáis esa extraña idea? ¿En los ejemplos de la historia? Leed biografías y os convenceréis de lo contrario”.

Y a continuación pone un ejemplo inapelable para afianzar su tesis: Robespierre. Porque hay que decir que Tkachev, en lo esencial, se equivoca espectacularmente casi siempre, pero lo hace argumentando con gran tenacidad. La afinidad de Tkachev con Robespierre es recurrente. En una ocasión ha afirmado que la revolución en Rusia no será posible si previamente no se ha decapitado a todo varón mayor de 25 años.


En realidad Tkachev se considera a sí mismo un utópico, pero, tal y como refleja la cita que abre esta entrada, su alejamiento de la realidad no lo perturba, sino que lo considera una virtud. Para Tkachev las utopías son las más extremadamente lógicas expresiones de un principio. Esto encaja con su aversión a los que prefieren la reforma gradual a la revolución, y pone un ejemplo significativo en las revueltas campesinas del s XVI. Para él los milenaristas Juan de Leyden y Thomas Müntzer fueron más realistas que aquellos que se limitaron a exigir mejoras concretas de las condiciones de vida de los campesinos, pues a la larga éstos sólo contribuyeron a perpetuar un orden social injusto. En estas entradas he comentado las semejanzas entre los populistas rusos y los milenaristas. En el caso de Tkachev, la asociación es directa e invocada por él mismo.

Desgraciadamente Tkachev no podrá llevar a cabo sus sugestivos proyectos, porque en 1882 enferma y su estado mental decae rápidamente. Los últimos días los pasará en un “asilo de lunáticos”.


P.d. Hay algún autor que posteriormente llamará a Tkachev “el primer bolchevique”, y lo considerará el precursor de Lenin. Lo cierto es que los bolcheviques acabarán demostrando que es posible implantar el ideal igualitario en una sociedad, siempre que se haga al nivel más bajo de ésta y excluyendo a los miembros del Partido.

(1) Esta es la traducción más aproximada en su significado a “to go to the people”. La traducción literal, “marchar al pueblo”, parece evocar más bien unas vacaciones rústicas.

* Con su permiso, Belosticalle.

12 comentarios:

Belosticalle dijo...

O sea, que los 'peregrinos al Pueblo', una vez en la Meca de su viaje, se encontraban a un Pueblo nada parecido a lo que debía ser.
Por ejemplo, a campesinos que ante un eventual reparto de tierras se declaraban dispuestos a tomar su parcela y arrendársela a un vecino con más ganas de trabajar, más ambicioso o más necesitado.

Ante esto, un cabeza cuadrada cargado de lógica deducía necesariamente que el Pueblo mismo forma parte del mal, del sistema corrupto que hay que destruir y cambiar. Empezando por el Pueblo, qué paradoja.

La inmersión populista (sobre todo agrícola) de unos intelectuales que, procedentes muchos de ellos del campesinado rico, con tanta rapidez habían olvidado cómo se vivía en el pueblo y en el campo (dejando aparte el lado chusco), encierra una enseñanza sobre lo limitada que es la capacidad de comprensión y comunicación, como también la maleabilidad humana.

De todas formas, parece que entre aquellos reformadores idealistas hubo bastantes predestinados al manicomio.

De hoy, me ha convencido en especial el ideal de Tkachev: convertir a la sociedad humana en una colonia de himenópteros o de clones.
¡Si es que no hay otra solución, no tenemos otro arreglo!

navarth dijo...

Querido BELOSTICALLE, me gusta mucho lo de la colonia de himenópteros. Creo que lo adoptaré, con su permiso.

Pues sí, el encuentro con el pueblo fue bastante decepcionante para los narodniki, pero otros adaptaron rápidamente su discurso a las nuevas circunstancias. Enzensberger nos pone un ejemplo de mensaje pragmático-populista dirigido al campesinado:

Esta medida de aguardiente la pagas tú ahora a cinco kopeks; pero cuatro de cada esos cinco kopeks van a parar al bolsillo de aristócratas y usureros; y si se matase a todos los aristócratas y usureros todos podríamos, ¡y tú también, hermano!, beber cinco medidas de aguardiente por cinco kopeks”.

De hecho, según la iba escribiendo me iba gustando más. Creo que la usaré en mi próxima entrada. Un abrazo.

luigi dijo...

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Nechayev y Tkachev: Pueblo de Dos.

navarth dijo...

En este caso, dos son multitud. Un abrazo.

Gaugamela dijo...

Son ustedes la monda.
Don Belosticalle, la predestinación al manicomio es de locura. A mí se me iba pasando por las mientes a la par que leía la sarta de insensateces de este genio del ideal lógico ( no sé por qué me he acordado de Zapatero)...

Don Luigi, de usted aceptaría que se le hiciera un clon, o varios, por si se va de.vacaciones y eso.

Don Navarth, fantástico e interesantísimo, como siempre. Hoy, además, me ha hecho reír, y se agradece. Pena que semejantes disparates fueran tomados en cuenta, no sólo entonces, sino hasta hace dos segundos.
Estoy convencida de que siempre habrá algún tarado guiando a otros. Y lo más entretenido, no habrá forma humana de que nos dejen descansar.

Saludos y a a espera del siguiente.

luigi dijo...

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Muchas gracias, Gaugamela, pero todo el mérito le corresponde a los textos de nuestro anfitrión.

navarth dijo...

GAUGAMELA, gracias a usted. Y LUIGI, no sea usted modesto. Ayer me estuve riendo en la Argos con sus definiciones de Sánchez Gordillo. Saludos.

Laslo a Sotavento dijo...

Hacía mucho tiempo que no paraba en estos lares.

Un gran placer leerle como siempre amigo mio.

Un abrazo.

Arturo dijo...

Leyden, Müntzer, Tkachev, Sánchez Gordillo, Llamazares,...

Fernando: habrás observado la rabiosa actualidad de los argumentos con los que el revolucionario "bienintencionado" seduce románticamente, con tal justificar sus acciones y aprovecharse de los demás.

El igualitarismo mal entendido ha hecho, y sigue haciendo, un daño terrible. Sin ir más lejos, en el mundo educativo. Cuando no se concibe como igualdad de oportunidades, sino como igualdad de resultados, elimina la excelencia en nombre de la equidad. Ambas están aseguradas si se entiende que cada cual debe llegar a dar lo mejor de sí mismo, sin que sea posible que los resultados sean los mismos, porque no todo el mundo tiene el mismo talento para aprovechar las mismas oportunidades. Claro que si discutes el asunto con un pedagogo logse-loe, acabas prefiriendo a Tkachev...

Un abrazo.

navarth dijo...

¡Hombre Laslo, cuánto tiempo! Encantado de volver a verlo por aquí. Espero que las vacaciones estén siendo satisfactorias. Un abrazo.

navarth dijo...

Hola Arturo. Sí, sí, los argumentos populistas siguen siendo de total actualidad, y tipos como Gordillo o Llamazares reproducen errores de hace 140 años. Y es terrible comprobar que aún no existe en España el nivel cívico suficiente para reaccionar con alarma y desagrado a episodio como éstos, y que aún hay mucha gente que ve cierta justificación en el asunto. Muy penoso. Un abrazo.

yapoco dijo...

Santa paciencia la que tuvo el zar con todos estos populistas.