miércoles, 22 de junio de 2011

LOS NUEVOS GNÓSTICOS (1)


En su libro “Ciencia, política y gnosticismo” Eric Voegelin aventura una comparación entre las sectas gnósticas, que surgieron y se extendieron de forma paralela al cristianismo en los primeros siglos de nuestra era, y grandes corrientes intelectuales del siglo XIX y XX como el positivismo y el marxismo. Quedémonos con la comparación entre el marxismo y sus derivados y el gnosticismo. Por un lado tenemos la doctrina que ha ejercido una mayor influencia sobre los intelectuales del S.XX, y, por tanto, la que ha sido considerada durante mucho tiempo la más avanzada y moderna. Y, por otro, a un grupo de sectas religiosas de los tres primeros siglos de nuestra era cuya compleja cosmogonía es sorprendentemente parecida a Matrix. El símil es, por tanto, sugestivo, e induce a seguir investigando sobre el asunto.

No es la primera vez, desde luego, que el marxismo y sus derivados son considerados una religión sustitutoria. La Ilustración desacreditó las religiones, y convenció al hombre, de manera bastante injustificada, de que era un ser racional. Pero al desterrar la religión de su vida quedaron desamparadas las emociones que aquéllas satisfacían, y el hombre tuvo que buscar rápidamente un sustitutivo en el que esas emociones pudieran materializarse. El marxismo, desde ese punto de vista, era una religión, pero disfrazada de cientificidad, y con eso quedaban satisfechas simultáneamente las necesidades emocionales y la apariencia de razón. La novedad de Voegelin consiste, no en señalar la cualidad religiosa del marxismo, sino en identificarlo con una religión concreta: el gnosticismo.

Esto es importante, porque no todas las ideologías (o religiones, para el caso) son iguales, y, por tanto, no todas sirven igual de bien para satisfacer las peculiares necesidades emocionales de cada uno. Por eso, dentro del muestrario disponible, cada persona escoge la más adecuada para que fluya su particular combinado de emociones. Estas emociones son los verdaderos motores personales, y las ideologías, que se escogen a posteriori con respecto a aquéllas, un mero intento de proporcionar al caótico potaje emocional de cada uno la apariencia de un relato coherente y vistoso. Las ideologías (‘derivaciones’ en terminología de Pareto) varían mucho con el tiempo, pues están sujetas a la moda, pero las principales emociones de las personas permanecen básicamente estables. He aquí, por tanto, que no sea descabellado que un grupo determinado de personas del siglo I, que comparten entre ellas un combinado emocional similar, sean comparables con otras del s.XXI cuyo sustrato emocional es parecido. Queda, por tanto, intentar adivinar cuál es ese sustrato. Y para ello es útil ver lo que ofrecen las ideologías a sus usuarios.

El libro de Hans Jonas ‘La religión gnóstica’ permite una profunda visión sobre las diversas sectas gnósticas. Y recientemente Thomas Bertonneau ha desarrollado la tesis de Voegelin en una serie de interesantes artículos publicados en The Brussels Journal. El resultado proporciona sorprendentes coincidencias entre los antiguos gnósticos de los siglos I y II y nuestros modernos progresistas del siglo XX y XXI. A partir de aquí hablaré de gnósticos para referirme indistintamente a unos y otros.

Lo primero que hay que destacar es que para el gnosticismo primitivo el mundo es intrínsecamente malvado, lo que permite al adepto odiarlo y aspirar a su destrucción. Y que esta cualidad concurre en el gnosticismo actual, que detesta el mundo capitalista occidental del que forma parte y aspira a abolirlo. Y esto nos permite sospechar cuáles son los ingredientes básicos de la receta emocional de los gnósticos: ansiedad, frustración y resentimiento. Cuando alguien vive bien cuesta mucho denunciar el resentimiento, pues uno tiene la impresión de estar siendo injusto con aquellos a los que la vida ha maltratado. Pero es perfectamente observable que no sólo experimentan resentimiento contra el mundo los desfavorecidos por éste, y que la propensión al resentimiento, más que un factor circunstancial, es con frecuencia un factor estructural de las personas.

En el mundo de los antiguos gnósticos existía la desigualdad y la injusticia. En el de nuestros progresistas también, aunque en una cantidad considerablemente menor. Pero el gnóstico actual es incapaz de ver los logros de la sociedad, mientras que es rapidísimo detectando sus defectos, sean reales o figurados. En realidad, los gnósticos parecen buscar con afán las desigualdades del mundo, pero no tanto para remediarlas como para justificar su odio. De esta manera, tienden a camuflar como virtud su resentimiento: odian al mundo porque es malo. Y, de paso, esta cobertura virtuosa del resentimiento les proporciona otra de sus características esenciales: la superioridad moral, tan desconcertante cuando se intenta comprender mediante la mera aplicación de la razón.

He dicho que los gnósticos odian al mundo porque consideran que es malvado. Pero ¿y ellos? ¿No forman parte de él? ¿Son, por consiguiente, igual de malvados? Pues no, porque una de las características del gnóstico consiste en su capacidad para ponerse de perfil y, mediante la denuncia del mundo, quedar purificado de su maldad... a pesar de seguir viviendo en él.

En próximas entradas haré una sucinta (muy sucinta, realmente) descripción del gnosticismo y de sus más notorias sectas.

13 comentarios:

Laslo a Sotavento dijo...

D. Navarth, es Vd. de una amabilidad infinita al incluir al "iluminati" en la categoría de los gnósticos, en cuanto eso supondría estar en posesión del Conocimiento. Ni siquiera si esta inclusión se debiese a la comparación con los petulantes creadores de esta escuela que creían estar en posesión del Conocimiento.

Desengáñese, es un simple, un posible portador de un hipotiroidismo congénito, nada más.

Como siempre un placer leerle, sigo pensando que es un comunicador genial.

Un abrazo.

navarth dijo...

Pues muchas gracias LASLO, porque pensaba que me había quedado un ladrillo.

Lo que me interesaba destacar en la entrada es que una de las características básicas de la secta de los “progresitas”, que comparten con los gnósticos, es el resentimiento. El progresista, oculto detrás de sus buenos sentimientos, odia con fruición. Odia incluso al mundo del que forma parte, y no es casualidad que las nuevas tendencias de las juventudes progresistas sean los “indignados”. El progresista busca ávidamente las desigualdades y calamidades del mundo, pero no sólo para exhibir sus lágrimas (y desde luego no para repararlas), sino para señalar al culpable de ellas y odiarlo. El buenismo es una doctrina ying-yang, que no puede existir sin el mal. Por eso es tan destructivo.

Por cierto, ¿cuáles son los síntomas del hipotiroidismo? Un abrazo.

Laslo a Sotavento dijo...

El hipotiroidismo congénito es también conocido como cretinismo.

Un abrazo.

navarth dijo...

Ahora me queda claro. Saludos.

Juan Luis Calbarro dijo...

Interesantísima línea de comparación. Quedo a la espera de las próximas entradas.

Pau Llanes dijo...

Chapeau!!!

Poco más que decir...

Fue un placer encontrarle (cuando Ud. me encontró a mí)...

Le leo, más aún, le escribiré...

Pau Llanes

navarth dijo...

Muchas gracias Juan Luís, y muchas gracias Pau, ha sido un placer también para mi. Y sí, por favor escribe.

Las aportaciones son siempre bien recibidas, pero en este asunto aún más, porque está completamente abierto. Llevaba tiempo hablar sobre él. Pensaba hacer una serie de entradas que reflejaran una serie de características sorprendentes de nuestros ‘progresitas, y que se titularían ‘resentimiento virtuoso’. Lo del gnosticismo me ha dado la ocasión de enfocarlo por ahí. Veremos que sale. Saludos.

Pau Llanes dijo...

En realidad se trata, creo, de un fanatismo más, como el religioso o el nacionalista. “Progresista” y nacionalista, ensamblados indiferenciadamente, sería algo así como un fanatismo al cuadrado…

El fanatismo ––por ejemplo, el religioso, el nacionalista–– es un estado excesivo de exaltación y defensa de las creencias propias y del grupo social en el que se convive. Para su coherencia, debe ser intolerante e intransigente. En el caso del fanatismo nacionalista, como el religioso, se trata de un modo de conducta social paradójico y contradictorio. De una parte está fundamentado en sólidas bases de conciencia colectiva y pertenencia a un grupo social determinado —lo que exige fuertes lazos de complicidad y apoyo mutuo entre los integrantes del grupo–– y por otra parte el fanático niega la diversidad social, o la afirma siempre en su favor, tomando posición en contra de cualquier otro grupo que se le oponga o pueda limitar la expresión y difusión de sus presuntos valores diferenciados.

Como apuntaba el joven Marx, o mejor dicho así le interpreto, el fanatismo implica un cierto desorden y algún tipo de disociación en el modo de articular y argumentar los aspectos fundamentales de su ideología. Pese a ser en la mayoría de los casos un simple aglomerado de creencias e hipótesis irracionales, el fanático intenta obsesivamente revestirlas de explicaciones de índole racional, justificaciones de tipo histórico, encadenando con ingenua emotividad y de manera indiscriminada hechos ciertos junto con meras suposiciones, teorías verificadas con vulgares invenciones, argumentos fuertes con retóricos sofismas, y todo ello bajo la apariencia de ser un razonamiento lógico de validez universal e intencionada verosimilitud. El fanatismo nacionalista, sea cual sea su ideología y nación de referencia, es un sentimiento irracional abrumado por falsos argumentos racionales y deformadas razones causales. Todo fanático cree instaurar una nueva razón sobre el detritus y las cenizas del pensamiento crítico racional —al que debe negar, silenciar, para afirmar su identidad.

El fanático confunde cualquier realidad con la que se enfrenta; él mismo es una absoluta paradoja de confusas realidades. Exalta y defiende creencias porque éstas son su única oportunidad de ser y estar en un tiempo real compartido con otros, lo que le anestesia y calma su angustia de soledad. El exceso con el que se defiende y quiere imponer sus ideas es equivalente a la energía que necesitaría para lograr su equilibrio emocional y existencial en soledad. Pero es más fácil y menos arriesgado a corto plazo compartir creencias que atesorar miedos e inseguridades: le parece más eficaz defenderse en grupo hasta la muerte, inmolarse en un suicidio colectivo, es un decir, que derrotarse en la angustia de la duda en solitario.

En origen, el fanatismo es una consecuencia irracional del miedo, un letal mecanismo de defensa para grupos y gentes que se sienten amenazados por lo desconocido o por los peligros de su más inmediata contigüidad. El fanatismo vive y se propaga en un estado de ansiedad semejante al del miedo. El fanático dice protegerse únicamente de las agresiones externas, defender su identidad colectiva ante la presión o el rechazo de los demás diferentes. En un primer estadio de auto convencimiento estos sencillos argumentos le sirven para justificar su emotividad y violencia previsibles. El fanático tiene un exceso de instinto de supervivencia, o lo necesita para apuntalar la fragilidad de la arquitectura de su pensamiento. Luego, en una segunda hipótesis, cuando su ideología ha alcanzado la hegemonía o disfruta de una situación de mayor influencia, el fanático cree reconocer fantasmas y enemigos por todas partes y se expresa con evidente animosidad contra ellos. El fanático siempre necesitará a su propia sombra para reconocerse amenazado, a sus recuerdos para sentir el olor del miedo, y volver a ejercer su violencia de auto defensa, según su particular visión del asunto. Siempre huele a miedo dentro y fuera de un fanático.
(continúa)

Pau Llanes dijo...

El fanatismo debe exaltar sus propias ideas porque son —en su modo de sentir— las únicas que merecen la dignidad de lo natural y el don de lo sobrenatural. Para cualquier fanático es coherente que piense así y actúe de tal manera; sus más afortunadas metáforas siempre tendrán que ver con la naturaleza, con el mundo animal con el que se reconciliará, con el universo, en el que aspira verse reflejado. El fanático cree en lo sobrenatural, en lo divino, o tiene intuiciones sobre lo trascendental de sus ideas o su misión… Por eso sus ideas y su acción no sólo son “las que tienen que ser”, si no que “son las necesarias”.

El fanático vive en un permanente estado de necesidad y obediencia debida a lo sobrenatural y a lo trascendente. Su grupo, él mismo, se creen los elegidos para llevar a cabo la misión de salvar su verdad y propagar su mensaje…¡Dios lo quiere! ¡La Nación, el Pueblo, lo demandan!

Un determinismo fatal y repugnante emanado de la suprema “Voluntad Invisible” mueve las serviles almas de sus súbditos involuntarios. Si alguna vez renace el sentimiento de culpa en sus corazones, se ahogará entre sollozos de conmiseración por su destino. Para el fanático, esclavo de ignominia, su servidumbre le libera de toda culpa…

Todo fanatismo cree que su tarea es SAGRADA, por ello es corriente que contamine su ideario básico con adjetivos y eslóganes tan contiguos y grandilocuentes como esta palabra: sacrosanto, sacrificio, sacramento, sacrílego, sacerdocio, sangre… —aunque esta última sea totalmente ajena a su genealogía. El fanático concibe el sacrificio —el suyo, el de sus víctimas— como su más heroico y elevado ideal. La palabra sacrificio está teñida de sangre, de memoria de sangre: es una palabra maldita que todo fanático aspira a bendecir nuevamente. Los fanatismos derraman sangre, beben sangre, lloran sangre… para saberse todavía vivos y verdugos de la vida. Todo fanático cree que lleva su ideal en la sangre…

“Todo fanatismo conduce inevitablemente a la violencia física” ––Yoko Ono

Gracias por invitarme a participar en tu "casa". Intentaré aportar algo que se corresponda con la calidad de tus escritos y reflexiones.

Pau Llanes

navarth dijo...

Muy interesante PAU.

El fanático confunde cualquier realidad con la que se enfrenta; él mismo es una absoluta paradoja de confusas realidades. Exalta y defiende creencias porque éstas son su única oportunidad de ser y estar en un tiempo real compartido con otros, lo que le anestesia y calma su angustia de soledad”.

Para Hans Jonas, que encuentra grandes similitudes entre el gnosticismo y el existencialismo, el origen de ambos planteamientos vitales está en el extrañamiento entre el hombre y el mundo. En el primer caso, el ordenado cosmos griego, continuador del orden de la polis ha dejado de tener sentido. En el segundo, la abolición de los dioses dejaba al ser humano abrumado en un gigantesco universo indiferente. En ambos casos experimenta frustración y miedo, y la reacción que le provoca es hostilidad hacia el mundo.

El fanático cree en lo sobrenatural, en lo divino, o tiene intuiciones sobre lo trascendental de sus ideas o su misión…

Con respecto al deseo de trascendencia, y a la agresividad que provoca que nuestros símbolos sean atacados, puede que encuentres interesante esto (perdón por la autocita) Saludos.

Pau Llanes dijo...

Le trascribo unos fragmentos de "Genealogía del fanatismo" de Cioran. Este Cioran...

“Idólatras por instinto, convertimos en incondicionados los objetos de nuestros sueños y de nuestros intereses. La historia no es más que un desfile de falsos Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable. Incluso cuando se aleja de la religión, el hombre permanece sujeto a ella; agotándose en forjar simulacros de dioses, los adopta después febrilmente: su necesidad de ficción, de mitología, triunfa sobre la evidencia y el ridículo.

Su capacidad de adorar es responsable de todos sus crímenes: el que ama indebidamente a un dios obliga a los otros amarlo, en espera de exterminarlos si rehúsan. No hay intolerancia, intransigencia ideológica o proselitismo que no revelen el fondo bestial del entusiasmo. Que pierda el hombre su facultad de indiferencia: se convierte en asesino virtual; que transforme su idea en dios: las consecuencias son incalculables. No se mata más que en nombre de un dios o de sus sucedáneos: los excesos suscitados por la diosa Razón, por la idea de nación, de clase o de raza son parientes de los de la inquisición o la Reforma. Las épocas de fervor sobresalen en hazañas sanguinarias”… “El diablo palidece junto a quien dispone de una verdad, de su verdad. Somos injustos con los Nerones o los Tiberios: ellos no inventaron el concepto de herético: no fueron sino soñadores degenerados que se divertían con las matanzas. Los verdaderos criminales son los que establecen una ortodoxia sobre el plano religioso o político, los que distinguen entre el fiel y el cismático”.

“En cuanto rehusamos admitir el carácter intercambiable de las ideas, la sangre corre... Bajo las resoluciones firmes se yergue un puñal; los ojos llameantes presagian el crimen. Jamás el espíritu dubitativo, aquejado de hamletismo, fue pernicioso: el principio del mal reside en la tensión de la voluntad, en la ineptitud para el quietismo, en la megalomanía prometeica de una raza que revienta de ideal, que estalla bajo sus convicciones y la cual, por haberse complacido en despreciar la duda y la pereza –vicios más nobles que todas las virtudes–, se ha internado en una vía perniciosa, en la historia, en esa mezcla indecente de banalidad y apocalipsis... Las certezas abundan en ella: suprimidlas y suprimiréis sobre todo sus consecuencias: reconstituiréis el paraíso”…

“¿Qué es la Caída sino la búsqueda de una verdad y la certeza de haberla encontrado, la pasión por un dogma, el establecimiento de un dogma? De ello resulta el fanatismo –tara capital que da al hombre el gusto por la eficacia, por la profecía y el terror–, lepra lírica que contamina las almas, las somete, las tritura o las exalta... No escapan más que los escépticos (o los perezosos y los estetas), porque no proponen nada, porque –verdaderos bienhechores de la humanidad– destruyen los prejuicios y analizan el delirio.

Me siento más seguro junto a un Pirrón que junto a un San Pablo, por la razón de que una sabiduría de humoradas es más dulce que una santidad desenfrenada. En un espíritu ardiente encontramos la bestia de presa disfrazada; no podríamos defendernos demasiado de las garras de un profeta... En cuanto eleve la voz, sea el nombre del cielo, de la ciudad o de otros pretextos, alejaos de él: sátiro de vuestra soledad, no os perdona el vivir más acá de sus verdades y sus arrebatos; quiere haceros compartir su histeria, su bien, imponérosla y desfiguraros. Un ser poseído por una creencia y que no buscase comunicársela a otros es un fenómeno extraño a la tierra, donde la obsesión de la salvación vuelve la vida irrespirable".
(continúa)

Pau Llanes dijo...

"Mirad en torno a vosotros: Por todas partes larvas que predican; cada institución traduce una misión; los ayuntamientos tienen su absoluto como los templos; la administración con sus reglamentos: metafísica para uso de monos... Todos se esfuerzan por remediar la vida de todos: aspiran a ello hasta los mendigos, incluso los incurables; las aceras del mundo y los hospitales rebosan de reformadores. El ansia de llegar a ser fuente de sucesos actúa sobre cada uno como un desorden mental o una maldición elegida. La sociedad es un infierno de salvadores. Lo que buscaba Diógenes con su linterna era un indiferente...

Me basta escuchar a alguien hablar sinceramente de ideal, porvenir, de filosofía, escucharle decir «nosotros» con una inflexión de seguridad, invocar a los «otros» y sentirse su intérprete, para que le considere mi enemigo. Veo en él un tirano fallido, casi un verdugo, tan odioso como los tiranos y los verdugos de gran clase. Es que toda fe ejerce una forma de terror, tanto más temible cuanto que los «puros» son sus agentes. Se sospecha de los ladinos, de los bribones, de los tramposos; sin embargo, no sabríamos imputarles ninguna de las grandes convulsiones de la historia; no creyendo en nada, no hurgan vuestros corazones, ni vuestros pensamientos más íntimos; os abandonan a vuestra molicie, a vuestra desesperación o a vuestra inutilidad; la humanidad les debe los pocos momentos de prosperidad que ha conocido; son ellos los que salvan a los pueblos que los fanáticos torturan y los «idealistas» arruinan. Sin doctrinas, no tienen más que caprichos e intereses, vicios acomodaticios, mil veces más soportables que el despotismo de los principios; porque todos los males de la vida vienen de una «concepción de la vida». Un hombre político cumplido debería profundizar en los sofistas antiguos y tomar lecciones de canto; y de corrupción...

El fanático es incorruptible: si mata por una idea, puede igualmente hacerse matar por ella; en los dos casos, tirano o mártir, es un monstruo. No hay seres más peligrosos que los que han sufrido por una creencia: los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a los que no se ha cortado la cabeza. Lejos de disminuir el apetito de poder, el sufrimiento lo exaspera: por eso el espíritu se siente más a gusto en la sociedad de un fanfarrón que en la de un mártir; y nada le repugna tanto como ese espectáculo donde se muere por una idea... Harto de lo sublime y de carnicerías, sueña con un aburrimiento provinciano a escala universal, con una Historia cuyo estancamiento sería tal que la duda se dibujaría como un acontecimiento y la esperanza como una calamidad”...

Sigo leyendo sus cosas y los comentarios de sus cómplices con admiración. En mi exilio bajo el Xitle, escéptico, esteta, perezoso (sobre todo los domingos en la temporada de lluvias, le saludo con afecto...

Pau Llanes

navarth dijo...

Realmente magnífico el texto de Cioran. Gracias, sigamos en contacto.

p.d. El DF parece un buen sitio para un exilio. Quizás se cruce con Arturo Belano y Ulises Lima, o sus fantasmas.