sábado, 18 de octubre de 2008

EN EL AUTO DE GARZON

Garzón se resiste valientemente a dejarse constreñir por las exigencias de la argumentación cuando ésta se opone a sus propios intereses, de modo que audazmente la sustituye por una maraña de invocaciones diversas (a sentencias, jurisprudencia, opiniones y libros ajenos e incluso propios) y una esforzada tarea de cortado-pegado que lo llevan, me temo, a duplicar párrafos.
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Pero con este método, Garzón consigue meter en el mismo saco a Franco, a los nazis e incluso a las milicias hutus. Lo consigue en un par de páginas a partir de unas declaraciones del Mariscal Keiter (supongo que es Keitel), la mención de un tal George Henry Joseph Ruggin (supongo que es Ruggiu), los bandos de Queipo de Llano, los de un energúmeno que no conocía, el conde de Alba de Yeltes, y unas declaraciones de Franco al periodista Jay Allen*, en las que le asegura que está dispuesto a acabar con la mitad de la población de España con tal de alcanzar la victoria.
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Esto, además, le permite realizar un complejo arabesco (o, más bien, un plato de spaghetti) para 1) eludir la prescripción de los delitos (lo hace acogiéndose a la figura de la detención ilegal) 2) eludir la ley de amnistía del 77 (lo hace por una doble vía, diciendo que ésta sólo se refiere a delitos de naturaleza política y éstos, según él, no lo son, y restándole validez por ser anterior a la Constitución) y 3) afirmar la competencia de la Audiencia Nacional sobre el asunto (lo hace afirmando que se trataba de delitos contra Altos Organismos de la Nación, sean éstos lo que sean) Todo esto le permitirá asaltar la tumba de Lorca, que parece ser de lo que se trata.
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*Aunque resulta irrelevante para el conjunto de la argumentación (puesto que no existe) sólo un profundo desconocimiento le ha permitido invocar a Jay Allen, notorio fabulador que publicó en el Chicago Daily Tribune una escena muy racial para describir la represión en Badajoz. Jay, que no había estado allí, relató que los nacionales habían organizado una corrida de toros, presidida por Yagüe, y con asistencia de la alta sociedad de Badajoz (ellas con sus mantillas) y, por supuesto, el clero, en la que los toros habían sido sustituidos por unos miles de milicianos, que habían sido ametrallados entre los ¡olés! del público.

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