viernes, 19 de septiembre de 2008

LOS PROGRES VALEROSOS

Según estudio de una universidad norteamericana (posiblemente la de Miskatonic, en Arkham) los conservadores son unos acojonados y la tienen más pequeña que Revilla. Resulta que, como en “La naranja mecánica”, unos investigadores reunieron a una serie de voluntarios y les mostraron una sucesión de fotografías entre las que incluyeron tres particularmente desagradables: una de un tipo con una araña del tamaño de un centollo en la cara, otra de otro con la cara llena de sangre (quizás el mismo después de haber aplastado la araña) y otra de una herida llena de gusanos. Pues bien, aquéllos que más se sobresaltaron, o vomitaron a una distancia mayor, resultaron ser partidarios de la guerra de Irak, la oración en la escuela y la obediencia, y contrarios al sexo preconyugal, la ayuda exterior (¿para el sexo preconyugal?), el aborto, y el matrimonio gay. Para Hibbing y Alford, seudónimos, supongo, que ocultan los nombres de George Lakoff, Michael Moore y Pepe Blanco, el secreto está en la amígdala, que es la que hace que las personas seamos guays, progresistas y valientes o unos carcas miedosos.
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MAS CARCA, MAS MIEDOSO
Un estudio muestra el vínculo entre biología y convicciones
JAVIER SAMPEDRO - Madrid - 19/09/2008
La gente que no se asusta fácilmente tiende a defender el pacifismo, el control de armas, el apoyo económico al Tercer Mundo y una política tolerante con la inmigración. Los más asustadizos, por el contrario, apoyan el patriotismo, el gasto en defensa, la guerra de Irak y la pena de muerte. Son las conclusiones del trabajo que presenta hoy en Science un equipo de politólogos estadounidenses dirigido por John Hibbing, del departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Nebraska en Lincoln.
Una estructura cerebral está implicada en la actitud política
Hibbing y sus colegas reclutaron a 46 voluntarios "con fuertes convicciones políticas" -de un signo u otro- y les pidieron su opinión sobre inmigración, ayuda exterior, control de armas y otras cuestiones políticas. Y dos meses después les hicieron volver al laboratorio para someterles a una prueba muy distinta.
Los investigadores aplicaron a cada voluntario unos equipos de medición para analizar el sudor, los movimientos oculares súbitos y otros signos de la ansiedad, y les mostraron 33 fotografías. Todas eran aburridas menos tres: una araña del tamaño de una nécora posada en la cara de una persona, un hombre aturdido con el rostro ensangrentado, y una herida abierta infestada de gusanos. También estudiaron su reacción a los estruendos repentinos.
El resultado es una clara correlación positiva: los voluntarios más asustadizos -los que reaccionan con más fuerza a los ruidos y las fotos amenazantes- tienden a ser también los más preocupados por proteger los intereses de su grupo social, ya sea frente a sus enemigos externos o a sus delincuentes internos.
Además de los puntos citados en el primer párrafo, la correlación con el susto se extiende a posiciones políticas favorables a -recuérdese que los participantes eran estadounidenses- "los registros sin autorización judicial, la pena de muerte, la Ley de Patriotismo, la obediencia, la oración en la escuela y la verdad de la Biblia", según uno de los autores, el politólogo John Alford, de la Universidad de Rice (Houston, Tejas).
Las personas más asustadizas también tienden a oponerse al pacifismo, la inmigración, el compromiso político, el control de armas, la ayuda exterior, el sexo preconyugal, el matrimonio gay, el aborto y la pornografía.
Las meras correlaciones estadísticas no implican por fuerza una relación causal. Pero Alford opina que estos datos "pueden ayudar a explicar la escasa flexibilidad en las creencias de las personas con fuertes convicciones políticas, y también la ubicuidad del conflicto político".
Las actitudes ante lo público se han visto tradicionalmente como reacciones meditadas a las circunstancias sociales e históricas. Pero algunas investigaciones recientes apuntan a una "cualidad intrínseca, casi automática, de muchas respuestas políticas", sostienen Hibbing y sus colegas. Hay evidencias de que la misma estructura cerebral (la amígdala) está implicada en la actitud política y en la generación del miedo.

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