lunes, 6 de marzo de 2017

PENSADORES REACCIONARIOS


En su imprescindible The reckless mind (Pensadores temerarios) Mark Lilla nos presentaba a intelectuales –Heidegger, Schmitt, Benjamin, Foucault, Derrida, y, de paso, Sartre- obnubilados por dictaduras –respectivamente la Alemania Nazi, la Unión Soviética, la china comunista y la teocracia iraní-: «Pretendía arrojar algo de luz sobre lo que llamo tiranofilia, la atracción narcisista de intelectuales hacia tiranos de los que imaginan que están trasladando sus ideas a la realidad política».

Ahora en The shipwrecked mind (Pensadores del naufragio) nos muestra a pensadores reaccionarios. ¿Cómo los define? Empieza reconociendo que, si bien hay cientos de libros sobre la revolución, «no tenemos similares teorías sobe la reacción, simplemente la autocomplaciente convicción de que se asienta en la ignorancia o en la intransigencia, si no en motivos aún más oscuros».

El origen del término debe situarse en la Ilustración y la Revolución Francesa, y más concretamente en el convencimiento de que, a partir de entonces, la luz de la razón alumbraría el camino de la humanidad a un futuro glorioso. Según este relato el reaccionario, alarmado por la revolución, pretendía revertir ese camino y volver a la oscuridad, y así el término adquirió una connotación moral negativa que lo acompaña hasta ahora.

Además de despojarlo de prejuicios morales es necesario afinar más porque no todos los que manifestaron sus dudas ante la revolución o ante el Terror subsiguiente – Constant, Tocqueville, Burke- pueden ser llamados reaccionarios:

«Reaccionario no equivale a conservador. Esto es lo primero que hay que hay que entender sobre el asunto. Son, a su modo, tan radicales como los revolucionarios, e igualmente dominados por fantasías historicistas. Las expectativas milenaristas de un nuevo orden social y una humanidad rejuvenecida inspiran al revolucionario; temores apocalípticos de entrar en una nueva edad oscura atormentan al reaccionario».


¿Qué es entonces lo que define al reaccionario?

«El revolucionario ve ante sí el radiante futuro, invisible a los demás, y esto lo enardece. El reaccionario, inmune a los espejismos actuales, ve el pasado en todo su esplendor y es a su vez enardecido. Se siente en una posición más fuerte que su adversario porque se cree el guardián de lo que realmente ocurrió, no el profeta de lo que podría ser».

No es así, desde luego: ambos persiguen quimeras, unos hacia el pasado y otros hacia el futuro, y ambos comparten el motor emocional de la ansiedad y la frustración provocadas por el presente. Revolucionarios y reaccionarios son, en suma, dos extremos que se tocan.

Pero que sus pensamientos nazcan de la ansiedad no quiere decir que las racionalizaciones subsiguientes –es decir, sus ideologías- no sean ocasionalmente brillantes. Y Lilla nos guía con maestría por los esfuerzos de Franz Rosenzweig para restablecer el papel del judaísmo y liberar al hombre de la Ilustración y la filosofía, por la ingente obra de Eric Voegelin, por los intentos de Leo Strauss por restaurar simultáneamente Atenas y Jerusalén, o por el pesimismo bastante justificado de Michel Houellebecq sobre el interés de nuestra sociedad hacia la libertad. La lista de Lilla no es exhaustiva: Spengler sólo es mencionado, y se echa inmediatamente de menos a De Maistre y MacIntyre.

Lilla actúa como un sherpa tibetano sin cuya ayuda es francamente complicado acceder a los distintos autores –en el caso del Rosenzweig, la tarea es poco menos que imposible-, lo que haría que nos perdiéramos libros tan interesantes como Natural right and history de Strauss.


Pero posiblemente es Voegelin quien merece mayor atención. En un principio es uno más de los pensadores del desastre, empeñado en desentrañar los mecanismos de la historia y de averiguar cuando se torcieron las cosas. Para ello se dedica a investigar en un amplísimo campo de conocimientos que abarca los símbolos visuales del paleolítico, el zoroastrismo, la filosofía helénica, los manuscritos del mar muerto, el arte polinesio, la cosmología egipcia, la teología medieval, la sicología de la Gestalt y el código de Hammurabi. El primer tomo de su magna obra Orden e Historia aparece en 1956; cuando veinte años más tarde se publica el cuarto sus lectores quedan sorprendidos ante la confesión de que él mismo había caído ante el «monomaníaco deseo de forzar las operaciones del espíritu en la historia en una única línea». La historia, parece reconocer Voegelin, no es una autopista sin salidas, ni un río: en todo caso un manglar con numerosos cauces. Por desgracia la claridad de su exposición se ve enturbiada por una terminología de su invención que incluye alarmantes conceptos como “consciencia metaléptica”, “teofanía pneumática” y “fe metastática”.

En todo caso, aunque sólo fuera por esta honestidad intelectual que le hace enmendar todo su pensamiento anterior, Voegelin merece respeto. Pero además desde su libro Las religiones políticas-, publicado justo antes del Anschluss, Voegelin sostiene una intuición: política y religión son esencialmente iguales. «Cuando Dios se ha hecho invisible detrás del mundo, las cosas del mundo se vuelven nuevos dioses», afirma Voegelin. O, como resume acertadamente Lilla,

«Una vez que esto es entendido la verdadera naturaleza de los movimientos ideológicos de masas del siglo XX –Marxismo, fascismo, nacionalismo- se vuelve evidente: todas ellas son “religiones políticas” completas, con sus profetas, sacerdotes y sacrificios en el templo. Cuando abandonas a dios, es sólo cuestión de tiempo que empieces a adorar a un Führer».

Hay que decir que Voegelin, a diferencia de Rosenzweig, no propone como solución retornar a Dios: se limita a desenmascarar el mecanismo por el cuál las emociones religiosas se canalizan hacia religiones “científicas” tras ser desacreditadas las oficiales por la Ilustración. Pero Voegelin va un paso más allá, y dentro de las religiones disponibles identifica una con la que las ideologías del siglo XX parecen encajar como un guante: el gnosticismo. Si quieren leer algo sobre este interesante asunto pueden consultar aquí y aquí


Imágenes: 1) Pues eso, un naufragio; 2) Leo Strauss; 3) Eric Voegelin; 4) Abraxas, símbolo gnóstico.

6 comentarios:

catenaccio1970 dijo...

Se le echaba de menos, don Navarth. Se agradecen sus sugerencias de lectura. ¡Es tanta la labor, tan grandes mis lagunas y tan escaso el tiempo! Saludos.

Sursum corda! dijo...

Buenas Navarth.

Tengo el mismo debate con benjamingrullo cada tanto y es cierto que no hago proceso progresos, o no los hace él. Pero me parece importante no invertir el orden de las cosas: la religión es un fenómeno humano, cultural, social, no algo caído de los cielos. Así que cuando se interpretan fenómenos sociales como religiones substitutivas se está poniendo "el carro delante de los bueyes".

La religión es, según el sentido usual, algo que hace referencia a seres, principios o fenómenos sobrenaturales. Pero es simplemente una teoría que postula determinadas entidades y regularidades para explicar y eventualmente controlar la Naturaleza, la sociedad, la ética o lo que se pretenda y que puede ser verdadera o falsa, funcional o no funcional. Así que tiene de común esto con otras teorías que no postulen nada sobrenatural.

Lo cierto es que esas distintas teorías no son religiones substitutivas sino intentos de satisfacer las mismas necesidades del ser humano como individuo y como integrado en sociedad.

Un saludo.

navarth dijo...

Catenaccio, simpre es un placer verlo por aquí. ¿Me podría mandar un correo o teléfono a navarthdeeridu@yahoo.es?

No sé Sursum. Lo q quiero derstacar, y posiblemente Benja, al llamar a las ideologías religiones sustitutorias o religiones “científicas· es esta aparente paradoja. Que la Ilustración, que depositó su fe en la creencia errónea en que el hombre es racional, y que consideraba la religión como un instrumento del antiguo régimen para mantenerlo en el oscurantismo, se encontró –aunque no lo percibió- con que, una vez desterradas las religiones oficiales, el impulso emocional que determinaba su éxito permanecían intactos. Y como a la postre el hombre no es tanto racional como razonador, se limitó a desplazar sus instintos –en especial, el deseo de trascendencia- a las ideologías, que pasaron a comportarse como religiones con sus santos, sus profetas, su paraíso y sus demonios. Esto permitió al hombre poner cara de racional, acorde con los nuevos tiempos, pero mantener sus emociones satisfechas.

Jorge Arturo Muñoz dijo...

Hola.
Quien mejor ha analizado el asunto es Isaiah Berlin. Como ha planteado Navarth en el anterior comentario, la idolatría de la razón puede producir monstruos tremendos, peores que los que produce "el sueño de la razón". De ahí que concepciones filosóficas basadas en sesudas teorías -que arrancan de un supuesto y profundo análisis de la realidad- sean el punto de partida de las utopías historicistas y biologicistas del siglo XX -comunismo y nacionalsocialismo- que, pese a despreciar y perseguir las religiones, pretenden sustituirlas totalmente... ¿Tal vez por lo mucho que se parecen?

Sursum corda! dijo...

El hombre es tan racional como emocional o instintivo o cualquiera de las cualidades que podamos atribuirle. Aunque lo característico humano es la racionalidad y lo que le da capacidad de progreso. Por eso lo paradójico es concebirlo sólo como racional y luego sorprenderse de que se salga de esos límites conceptuales.

Afortunadamente hemos progresado un poco desde la Ilustración y nos hemos liberado en parte de sus circunstancias culturales, de manera que podemos comprender al ser humano desde la ciencia moderna y no desde sus primeros pasos -o segundos, desde el Renacimiento- con aportaciones claves de la biología. Pero seguimos la dirección que se retoma en el Renacimiento y es el examen racional de toda la realidad, incluida la humana.

Por no alargarme, me limito a señalar un par de cosas:

1/ ¿Deseo de trascendencia? ¿Qué es eso? Me suena como un refrito moderno del agustiniano "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". Y si uno pone algo en las premisas, no tarda en salir en las conclusiones.

El ser humano, como todo ser vivo, es un resultado de la evolución y por lo tanto posee numerosos mecanismos de supervivencia. Como seres vivos, nos horroriza la muerte, el dolor, la destrucción y deseamos seguir viviendo, al menos mientras "esto" sea vida. Y como tales tenemos tendencias naturales a prolongar nueva vida en forma de descendientes Y demás parientes.

2/ Las ideologías son teorías sobre el mundo, la sociedad, el ser humano, que pueden ser verdaderas, falsas o estar a diferentes distancias de esos extremos. Y, sobre todo, pueden ser funcionales o no serlo. Así, no es extraño que repitan los mismos patrones si su base es la misma: la naturaleza humana, y contribuyan al progreso o al desastre.

La, digamos, "sacralización" de las teorías es un mecanismo de autodefensa, de conquistar la invulnerabilidad a la crítica mediante su conversión en no-ciencias infalsables. Todo eso de los "santos" religiosos o laicos es tan sólo una manera de asustar al crítico con la falacia "ad verecundiam".

Y aquí lo dejo por ahora.

Un saludo.

viejecita dijo...

Hola Don Navarth

¡ Qué gozada ver un comentario nuevo en este su blog !
Y un comentario que va a darme muchísima lectura. Que, aunque para algunas cosas, como la economía, soy liberal en el sentido tradicional, no en el americano (que ellos llaman Liberal a lo que nosotros llamamos socialista, o, por lo menos, de izquierda), en otros sentidos reconozco que soy totalmente reaccionaria : que me molestan las manifestaciones que impiden que la gente ajena a ella pueda ir a lo suyo, que los piquetes informativos me indignan cuando lo que son es represivos, y no informativos, etc etc.
¡ Con decir que la Revolución Francesa me parece una salvajada, y que mis simpatías están con los Chouans !

Así que, de entrada, me he comprado el libro de Mark Lilla , que ya tengo en mi kindle, y, si soy capaz, iré poco a poco adentrándome en los otros pensadores reaccionarios de los que nos habla.
Lo que pasa, es que, y me ocurre, por ejemplo con Ayn Rand, debo tener mezcla en la cabeza, porque en unas cosas estoy de acuerdo y me encantan, pero en otras no tanto.
Que seré materialista, individualista y libertaria de corazón, pero que al mismo tiempo no quiero que en mi país tenga nadie que pasar hambre, ni frío, ni suciedad, aunque sea un vago de siete suelas y un borrachín, y se lo haya ganado a pulso...

Así que, todas estas lecturas que nos traen, son bienvenidas.
Y muchas gracias.