domingo, 10 de abril de 2016

COLA DE RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (6)


La muerte en 1343 de Roberto I de Nápoles, de la casa Capeta de Anjou [11], dejó un panorama sucesorio inestable. Y eso que había preparado todo cuidadosamente. Sus dos hijos habían muerto antes que él, aunque su primogénito Carlos, Duque de Calabria, había dejado dos hijas. Por otra parte existía un sobrino de Roberto, Carlos de Hungría, que podía alegar derechos sucesorios al trono de Nápoles incluso superiores a los de su fallecido tío. Carlos era hijo de Carlos Martel de Anjou, hermano mayor de Roberto e hijo de Carlos II de Nápoles. Si Roberto había accedido al trono había sido porque su hermano mayor ya había muerto y el hijo de éste –a quién habría correspondido la sucesión- sólo tenía siete años y el reino estaba seriamente amenazado de invasión. Además el joven Carlos aspiraba también, por parte de madre, al trono de Hungría que posteriormente alcanzaría, y su abuelo Carlos II había pensado que era mejor no dispersar sus esfuerzos. En todo caso nada impediría a Carlos de Hungría o a sus descendientes, una vez muerto Roberto I, reclamar también el trono de Nápoles. Roberto pretendió salvar la situación dejando en testamento el trono de Nápoles a su nieta Juana, hija del duque de Calabria, y casarla al mismo tiempo con Andrés, hijo segundo de su sobrino Carlos e Isabel de Polonia. Como ambos eran menores, estarían dirigidos por un consejo de regentes previamente designados. De este modo Juana I fue coronada en 1344. Todo arreglado. Aparentemente.


Roberto había sido líder de la facción güelfa [12], por lo que el poder y el prestigio del papa en sus territorios era muy grande. Así que Clemente VI comenzó inmediatamente a maniobrar para quedarse con el reino, argumentando que lo que realmente había querido decir el fallecido rey –aunque en el testamento no aparecía por ninguna parte- era que los territorios revirtieran al papa. Antes de hacer una reivindicación formal Clemente decidió mandar a alguien para que le informara de la situación en la corte partenopea, y la elección recayó en Petrarca. En 1341, antes de ser Coronado como poeta en el Capitolio, Petrarca había visitado Nápoles y había sido generosamente agasajado por el rey, y desde entonces no perdía ocasión de alabarlo en sus escritos. La muerte de Roberto, ilustrado y protector de las artes, había sido un duro golpe para el poeta.

Un motivo adicional para la elección de Petrarca era su amistad con Philippe de Cabassoles, obispo de Cavaillon y señor de Vaucluse, que era uno de los miembros del consejo de regencia designado por Roberto. Sin embargo cuando Petrarca llegó a Nápoles pudo comprobar que la autoridad del consejo era inexistente, y que el poder real recaía en un peculiar triunvirato formado por Sancha de Mallorca –segunda esposa de Roberto-, una doncella siciliana de Juana llamada la Catanesa, y un franciscano espiritual húngaro. A partir de ahí las cosas no hicieron más que empeorar.


Por distintas razones el rey consorte Andrés, nuevo duque de Calabria, se ganó enseguida la animosidad de una facción de nobles napolitanos, por naturaleza bastante turbulentos. Peor aún: su esposa inició una relación sentimental con su tío, Luis de Taranto. Y por si no fuera suficiente su cuñada María se casó con su tío Carlos, duque de Durazzo, y ambos comenzaron a interesarse también por el trono. No es de extrañar que Andrés sintiera que su posición era poco estable, y en 1344 trasmitió a su madre sus inquietudes. Isabel de Polonia, que al igual que Clemente VI y el resto de actores había echado el ojo a Nápoles, decidió hacer una visita e intentar sobornar al papa para conseguir su apoyo para Andrés. Isabel, como medida de precaución adicional, regaló a su hijo un amuleto para protegerlo de todo mal, que demostró su total ineficacia en el clima napolitano. En verano de 1345 unos conspiradores anónimos –entre los que era difícil dejar de ver a Luis de Taranto- decidieron acabar abruptamente con el obstáculo que representaba Andrés. Una noche en Aversa, donde Andrés había acudido para participar en una partida de caza, los nobles accedieron a sus aposentos y se escondieron. Cuando el duque de Calabria se levantó para atender una necesidad lo asaltaron, y tras una dura pelea lo estrangularon. Una vez muerto –y es realmente de desear que éste fuera verdaderamente el orden de la secuencia- ataron una soga a sus genitales y lo lanzaron por una ventana. Los acontecimientos provocaron el natural enfado de la familia, y su hermano Luis I de Hungría comenzó a planear una invasión del reino. Tras algunas escaramuzas previas, en 1347 llega el momento.


En un principio Petrarca no se muestra excesivamente preocupado ante los crecientes rumores de invasión húngara:

«Pero aléjeseme de mí que me entretenga en temores por Italia. Sus enemigos más bien tendrán razones para el temor siempre que el poder del tribuno recientemente devuelto a la ciudad siga en una condición vigorosa y floreciente, y siempre que Roma, nuestro manantial, no caiga enferma».

Pero el tribuno no se encuentra en una condición vigorosa ni floreciente. Su comportamiento es cada vez más errático y excéntrico, reflejo de la brecha que se va abriendo entre sus delirios y la situación real. Entre los que lo rodean se ha ido también produciendo un cambio cualitativo: aquellos más sensatos han ido abandonando, y han ido dejando el campo a aquellos que mayor placer encentran en el caos.

De momento el único motivo de queja que el poeta encuentra en Cola di Rienzo es haber liberado a los nobles después de haberlos apresado en el banquete de septiembre. Petrarca parece considerar justificado, en nombre del bien superior de Roma, que Cola di Rienzo los hubiera asesinado a todos, lo que no le impide enunciar a continuación una declaración de bondad:

«Ha estado siempre en mi naturaleza odiar a los malvados y amar a los buenos. Frecuentemente he deseado huir de la horda de los primeros hacia el puñado de los últimos».


Pero las siguientes noticias que llegan a Petrarca lo sumergen en estupor. Se trata de una carta que el tribuno-emperador ha mandado a Clemente VI en la que defiende su total lealtad basándose en tres puntos: que el papa está prestando credibilidad a rumores malintencionados, que todo lo que ha hecho lo ha hecho por Roma, y que:

«Estoy preparado para renunciar a mi poder, porque estoy resuelto a no actuar nunca en contra de vuestros deseos. Y para conseguirlo no es necesario el asedio de la Curia ni hacer resonar el mundo entero con el trueno de vuestras acusaciones. En realidad el menor de vuestros correos habría bastado y bastara siempre que os plazca. Porque dios es más grande que el hombre, y vos sois más grande que los reyes y príncipes de la tierra».

¿Renunciar al poder? Pero lo peor está por llegar. Con su desparpajo habitual, inmediatamente después de las protestas de fidelidad Cola di Rienzo comunica al papa que ha recibido de Luis I una carta pidiendo que los asesinos de su hermano Andrés sean castigados, que el tribuno se alíe con él, y que permita a los húngaros pasar a través de territorio romano. Cola di Rienzo ha accedido a todas ellas, e insinúa que si los rectores del papa en Campania continúan siendo tan hostiles a él quizás lo fuercen a una alianza con el monarca aún en contra de sus intenciones. No comenta, en cambio, que Luis I ya le ha ofrecido soldados para afianzar su poder en Roma. La carta tampoco lo refleja, pero todo ha ocurrido en una espléndida recepción pública a los enviados de Luis I en la que el tribuno, sentado con corona, certo y orbe, ha prometido: juzgaré la tierra con justicia, y al pueblo con rectitud.

Petrarca no puede creer lo que lee. He aquí al patriota, al libertador, dejando que de nuevo los bárbaros mancillen el suelo romano. Ante esto decide que su deber es marchar a Roma y asesorar a su desorientado líder. Por su parte Clemente, con el fin de vigilar más de cerca al tribuno, prepara para el mismo viaje a su más hábil negociador, el cardenal Bertrand de Deaulx.


La inquietud provocada por las decisiones del tribuno es el principal motivo que mueve a Petrarca en su decisión de volver a Roma; también está la invitación de Azzo de Correggio, señor de Parma, para que se instale en su ciudad y la realce con su prestigio. El poeta procede a despedirse de Clemente VI. También de Giovanni Colonna, pues aunque considera a su familia extranjeros inferiores indignos de gobernar a los romanos, no ve ninguna contradicción en mantener una buena amistad con uno de sus miembros. Por su parte tanto Clemente VI como el cardenal toleran las poco favorables opiniones de Petrarca como excentricidades de un poeta. En la carta de despedida Petrarca le cuenta que lleva tiempo encadenado a Provenza por un hábito adormecedor, por el amor al cardenal, y por la presencia de una joven encantadora de la que no aporta datos adicionales. Pero que un día se ha encontrado a un pastor llamado Gillias que lo ha subido a la cima de una montaña desde la que se ven las amables llanuras de Italia, y entonces:

«volviendo reiteradamente mis ojos a mis campos cotidianos, las tierras a este lado de las montañas comenzaron a parecerme detestables, el cielo occidental brumoso y tormentoso y las propias estrellas melancólicas. Al momento reconocí el fuerte amor a la patria llamando en voz alta dentro de mí».


Clemente VI por su parte decide aprovechar la vuelta de Petrarca para usarlo como embajador ante Mastino della Scala, señor de Verona con el encargo de convencerlo para que no permita el paso de Luis I a través de sus tierras:

«Añadimos a nuestras previas oraciones el requerimiento de que puedas poner obstáculos en el camino de aquellos que están preparando la invasión y ocupación de ese reino (Nápoles), y también que no garantices a aquéllos que eso pretenden el paso a través del territorio bajo tu control. Con referencia a estos asuntos, te pido que des crédito, y que ejecutes bajo nuestra promesa de gratitud lo que nuestro amado hijo, el Maestro Francesco Petrarca, clérigo florentino, te comunique en nuestro nombre. Firmado en Aviñón el 13 de noviembre».

El encargo es posiblemente un astuto intento por parte de Clemente de alejar a Petrarca de la causa de Cola di Rienzo, pero en todo caso está condenado al fracaso: el 5 de diciembre las puertas de Verona se abren para recibir al invasor. El 24 de ese mes Luis I penetra en el reino de Nápoles. La reina Juana y Luis de Taranto han huido a Marsella, pero Roberto de Taranto y Carlos de Durazzo esperan al invasor. Luis los recibe amablemente en Aversa, el mismo sitio en que Andrés fue asesinado, y les pide que convenzan a Felipe de Taranto y Luis de Durazzo para que se unan a ellos. No tienen nada que temer: a fin de cuentas, todos son parientes. Convencidos, deciden imprudentemente acudir, pero cuando llegan la expresión de Luis ha cambiado. Reiterando con voz terrible todas sus acusaciones ordena que Carlos de Durazzo sea inmediatamente decapitado, y envía al resto de su familia a Hungría, donde permanecerán en cautiverio. Pocos días más tarde entra en la ciudad, donde sube inmediatamente los impuestos y comienza a gobernar con mano de hierro desde el Castel Nuovo. 


NOTAS:
[11] Todos los actores de este episodio están emparentados. Todos ellos descienden del rey Carlos II de Nápoles y por tanto pertenecen a la llamada casa Capeta de Anjou o casa de Anjou Nápoles.
[12] Recordemos: en esos momentos, en las interminables disputas entre el papado y el Sacro Imperio Romano Germánico, los güelfos son los partidarios del papa, y los gibelinos los del emperador.

Imágenes: 1) Roberto I de Nápoles. By Anonymous - Bible Anjou, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=10332702; 2) Genealogía de la casa Capeta de Anjou; 3) Isabel de Polonia con sus hijos, incluido el infortunado Andrés. By Unknown - S.Rosik, P.Wiszewski Poczet polskich królów i książąt, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3784776; 4) Defenestración de Andrés, duque de Calabria. By Karl Briullov - http://www.fineart-china.com, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=23623837; 5) Luis I el Grande de Hungría; 6) Sello de Luis I By Unknown - Self-scanned, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8494002; 7) Mastino II della Scala, señor de Verona. 8) Nápoles, con el Castel Nuovo en el centro izquierda de la imagen.

3 comentarios:

viejecita dijo...

Muchas gracias por seguir con la historia, Don Navarth , sigue siendo entretenidísima.
Un abrazo

Juan dijo...

Por favor, ¿para cuándo la continuación de la historia? No soy capaz de esperar a saber cómo acaba tan interesantísima narración, sobre un personaje sobre el que desearía leer más de lo que lo he hecho hasta ahora.
Muchas gracias por la historia.

navarth dijo...

Estimado Juan, mañana por la mañana caerá un nuevo episodio. Espero que no se les haga muy larga la serie, pero aprovecho la historia del tribuno Rienzo para hablar de su época, que es interesantísima. Saludos.