jueves, 20 de agosto de 2015

a.t.p. LOS ENEMIGOS DE LA ILUSTRACIÓN: ALASDAIR MACINTYRE

Imaginemos un futuro en el que, tras algún cataclismo mundial, el conocimiento científico ha desaparecido de la tierra. La gente sigue empleando palabras como ‘neutrino’ o ‘quark’, pero sin entender realmente lo que significan. Ello no impide que haya partidarios de unos u otros para explicar los fenómenos naturales – por ejemplo, mañana lloverá porque hay sobreabundancia de quarks -, ni que haya encendidas discusiones en las que los contendientes enarbolan los términos para defender sus posiciones.

Otra aproximación. Cuando los marineros del capitán Cook confraternizaron con los nativos de Polinesia quedaron muy sorprendidos al comprobar que, a la vez que mantenían unas costumbres sexuales bastante desenfadadas, observaban prohibiciones muy estrictas, aparentemente incomprensibles, como la de sentar mujeres a la mesa. Cuando los nativos eran preguntados acerca del motivo de estas prohibiciones se limitaban a decir que era ‘tabú’, pero sin aportar argumentos que las justificaran.


Según Alasdair MacIntyre (n.1929) algo parecido está ocurriendo en la actualidad con la moral. Imaginemos ahora – ya que estamos en esta serie de entradas sobre política - un debate entre partidarios de Rawls y de Nozick. Según MacIntyre los contendientes podrían estar discutiendo eternamente porque los valores en juego – para unos la libertad, para otros la equidad - son inconmensurables: no hay manera de compararlos y ponerlos en una balanza que se incline a favor de uno u otro. Esto limita las actuales discusiones sobre moral a ejercicios de aserción y contraaserción: yo creo que esto es lo correcto y que tú también debes creerlo. Es un problema serio, porque si resulta que los contendientes no pueden aportar razones para sostener sus posturas morales frente a sus oponentes, cabe sospechar que no tienen razones en absoluto, y que han llegado a esas posturas por motivos no racionales, similares a los que podrían llevar a escoger entre el neutrino y el quark en nuestro mundo ficticio – o a respetar el tabú para un polinesio -.


Según MacIntyre estamos en una fase en la que el emotivismo ha triunfado. El principal exponente de esta corriente es C.L. Stevenson, para el que los juicios morales no pueden ser verdaderos o falsos sino que se limitan a expresar preferencias personales, a emitir un ‘¡Hurra!” o un “¡Buuh!” ante los distintos valores en juego. ¿Esto es así? ¿Ha sido siempre así? Y si las respuestas sucesivas a estas preguntas son ‘sí’ y ‘no’ ¿qué ha pasado?

Lo que MacIntyre pretende demostrar en Tras la virtud es que en un momento dado las virtudes morales tenían un significado, básicamente derivado del papel del individuo en la comunidad, pero ahora este sentido se ha perdido. Ha sido la Ilustración la que, empeñada en erigir al individuo en soberano capaz de guiarse meramente por la luz de la razón, y en liberarlo de las ataduras de la sociedad, la tradición y la religión, ha desbaratado el contexto, ha cortado los lazos que unían las virtudes a una finalidad, y las ha dejado privadas de sentido:

«Una parte esencial de mi tesis ha sido que las afirmaciones y prácticas morales modernas sólo pueden ser comprendidas como una serie de fragmentos supervivientes de un pasado remoto, y que los insolubles problemas que han generado para los modernos teóricos morales permanecerán sin resolver hasta que esto sea comprendido».

Al haber quedado reducidos los tabúes a prohibiciones sin contenido explicable, al rey Kamehameha II de Hawai le resultó sencillo acabar con ellos por decreto. El papel de Kamehameha en la civilización occidental, sugiere MacIntyre, lo ha desempeñado Nietzsche, para el que resultó sencillo destruir el proyecto de la Ilustración de buscar fundamentos racionales en la moral. En realidad Nietzsche, creyendo destruir la moral, se limitó a las cáscaras vacías de lo que fueron las virtudes del pasado, pero en cualquier caso tenemos pocas alternativas:

«O bien uno debe seguir a través de las aspiraciones y los colapsos de las diferentes versiones del proyecto de la Ilustración hasta que sólo queda el diagnostico de Nietzsche y el problema de Nietzsche, o bien uno debe sostener que el proyecto de la Ilustración no sólo estaba equivocado, sino que nunca debió haber comenzado. No hay tercera alternativa».


Si realmente queremos investigar sobre la moral necesitamos la visión del antropólogo, que le permite descubrir sentidos y restos del pasado en los tabús del presente. El tabú opera en dos fases: en una primera existe un contexto que le da significado; en una segunda es un resto ininteligible. Pero sabemos una cosa: cualquier teoría que intenta explicar los tabúes de polinesia del siglo XVIII sin hacer referencia a su historia es necesariamente falsa. Algo así tenemos que hacer con la moral del siglo XX.

A partir de este punto MacIntyre comienza un camino en dos etapas. La primera lo lleva hasta la Ilustración, momento en que el accidente – la hecatombe de nuestro cuento de ciencia ficción – tuvo lugar y se perdió el contexto en el que los valores morales tenían razón de ser. Esta primera etapa queda jalonada con los cadáveres de Stevenson, Moore, Sartre, Kierkegaard, Kant, Bentham, Diderot y Hume, todos ellos incapaces de definir racionalmente la moral - o de al menos darle una nueva orientación teleológica, en el caso de Bentham – en un momento en que el hombre ha sido imprudentemente liberado de sus lazos históricos y comunitarios:

«Heredaron fragmentos incoherentes de lo que había sido un esquema coherente de pensamiento y acción, y, desde el momento en que no reconocieron que su propia situación histórica y cultural era peculiar, no pudieron reconocer lo quijotesco e imposible de su tarea».

En la segunda etapa de su camino MacIntyre da un salto al pasado, hasta las sociedades heroicas como la descrita por Homero, y de allí retorna hacia la Ilustración pasando por Atenas, Aristóteles y Santo Tomás. El punto central para MacIntyre en la definición de las virtudes es la Ética a Nicómaco de Aristóteles. La visión de la ética aristotélica es teleológica: el hombre tiene un fin natural específico para cuya consecución es necesario ejercitar ciertas virtudes. En concreto la plena realización del hombre coincide con la polis ateniense:

«Es importante recordar la insistencia de Aristóteles en que las virtudes encuentran su lugar no sólo en las vida del individuo, sino en la vida de la ciudad y que el individuo es sólo inteligible como politikon zôon».


Las virtudes están relacionadas con el rol, con el papel que el hombre debe cumplir en la sociedad. De modo un tanto tortuoso MacIntyre acaba definiendo como virtudes básicas la justicia, el valor y la honradez. Pero, se puede objetar, estas virtudes no son iguales en la época homérica, en Atenas, en el Antiguo Testamento o en la Europa feudal. ¿Se puede defender el concepto de virtudes cuando estas son variables?. Para explicar la pervivencia del concepto unitario de virtud a pesar de sus adaptaciones temporales MacIntyre se embarca en una asimilación al concepto de ‘práctica’ un tanto rebuscada que les voy a ahorrar. En cualquier caso la dimensión social de las virtudes niega la posibilidad de una moral universal. MacIntyre concluye «Primero, que toda moralidad está hasta cierto punto ligada a lo socialmente local y particular, y que las aspiraciones de moralidad de la modernidad hacia una universalidad libre de toda particularidad es una ilusión; y segundo que no hay forma de poseer las virtudes sino como parte de una tradición».

Las virtudes quedan así reservadas para los miembros de una sociedad. Queda por saber qué hacer con los bárbaros o los ilotas. ¿Y los derechos humanos? ¿Cómo los definimos?:

«No necesitamos distraernos (…) porque la verdad está clara: no existen esos derechos, y creer en ellos es como creer en brujas y unicornios».

Ya tenemos pues el diagnóstico de la situación. El problema nació al ‘liberar’ al hombre de todos sus lazos con la comunidad y la tradición:

«El precio pagado por la liberación de lo que parecía ser la autoridad externa de la moral tradicional fue la perdida de todo contenido de autoridad de las supuestas expresiones morales del nuevo agente autónomo. Cada agente moral hablaba ahora no constreñido por restricciones externas de la ley divina, la teleología natural o la autoridad jerárquica; pero ¿por qué tendría entonces que escucharlo alguien?».

Y el pronóstico es bastante funesto. Las modernas sociedades liberales han perdido el carácter de “comunidades en las que los hombres en compañía persiguen el bien humano” y se limitan a “proveer la arena en la que cada individuo busca su propio bien privado”.

«De lo que resulta que la política moderna no puede ser una cuestión de genuino consenso moral. La política moderna es la guerra civil continuada por otros medios».

8 comentarios:

Belosticalle dijo...

«Imaginemos un futuro en el que, tras algún cataclismo mundial…»

Excelente exordio. Porque para oír memeces arropadas en terminología científica no hay que aguardar a ningún futuro cataclismo, ni siquiera a ningún futuro. Basta con quitarnos los tapones de cera de los oídos, que por algo nos los ha dado la sabia Naturaleza.

Si la Razón se hizo carne y habitó entre nosotros, no hay por qué negarle a la Sinrazón, si no el mismo derecho, la misma oportunidad.

Realmente yo venía a poner una apostilla a la entrada anterior, sobre De Maistre. Venía a objetar, por qué en la Edad Media se persiguió a muerte a los albigenses o cátaros, epígonos del maniqueísmo que San Agustín combatió, sin dejar de profesarlo él mismo.

Si alguien te resuelve una antinomia de tu sistema, si no le das las gracias al menos calla, no le combatas. Menos aún, si tú defiendes lo mismo.

Pero éste es otro caso… ¿Teoría de modelos éticos? (Modelos = propuestas, preferencias, ocurrencias, caprichos... V. gr.: modelos de educación, de matrimonio, de sistema penal etc.) Pregunto.

Bruno dijo...

Da miedo entrar después de D. Belosti pero mi comentario va por los cerros de Úbeda. Todo eso, lo del atículo, me alude inconscientemente a los sistemas de ecuaciones irresolubles porque las variables están ligadas entre sí, o porque los parámetros son asimismo variables y nos metemos es espacios n-dimensionales. Total que ni se puede montar el sistema, menos resolverlo.
Los cuánticos que están buscando la fórmula del origen del universo se tropiezan con algo parecido. Sale un parámetro. Saben que no pueden resolver la ecuación que plantean.
Cuando comenta, en plan simple, lo de la libertad versus justicia relacionados con la felicidad he llegado a pensar, puede que sea delito, en un sistema de programación lineal con dos restricciones, a saber: las susodichas restricciones de justicia-igualdad y libertad que vaya a saber uno qué pendientes tienen, caso de que sean lineales, que no lo serán, optimizando la función felicidad, que a saber si resulta ser la singularidad catalana.
Bueno todo eso para apuntar que la solución de lo que habla, el sistema, es variable. Depende de los parámetros. Dicho de otra manera, de los valores. Los sociólogos, politólogos, siquiatras y tal profundizarán eternamente en sus averiguaciones pero jamás determinarán el sistema en equilibrio. Dios no es tonto y no da comida para entretenernos.

viejecita dijo...


¡ Menos mal que ya han venido dos de los que de verdad saben ! Estuve ayer esperando todo el día, pero nada. Y no quiero ser la primera, que bajaría el nivel, mientras que, así, puedo decir lo que me parezca, y no importa tanto.
Pues el caso es que me he ido a la wikipedia, a ver a C.L. Stevenson, que no conocía de nada, y por lo pronto, me ha dado mucha pena leer que su defensa del emotivismo, le costó la "tenure" en Yale, donde había sido profesor durante 7 años.
Y que a mí sus métodos para decidir si algo es ética, o moralmente bueno, o no lo es, me parecen perfectos. Porque lo que dice es : ponte en el lugar del otro.
Para mí, esa es la "Regla Por Encima de Todas las Reglas ". No hacer a otro lo que no quisiéramos que el otro nos hiciera a nosotros.
O sea , que el objeto de la ética, y de la moral, es La Persona. Y que las reglas que pasan por encima de las personas, pisándolas en aras de un supuesto bien común, son todas ellas falsas, cuando no dañinas, y cuestión de "modas" más o menos pasajeras.
Pues eso
Ya siento

PS: Y que muchas gracias por esta entrada, Don Navarth , y que voy ahora mismo a ver si encuentro en el Kindle algo de C.L. Stevenson ( yo, al Stevenson que conocía, y del que soy fan, era el de La Isla del Tesoro ), para comprarlo y leerlo.

viejecita dijo...

P.P.S.
Y hablo de la Moral, y de la Ética. No de las leyes. Que hay leyes inmorales, y que no sirve el haberlas obedecido, para tener el marchamo de moral, o de ético.
Si la ley exige una conducta inmoral, no se deberá cumplir esa ley. Aunque por ello se nos castigue, se nos mande a la cárcel, al destierro, o se nos fusile.
Y si no, ¿ que justificación hubieran tenido el tribunal y las condenas de Nuremberg ?

catenaccio1970 dijo...

El problema de construcciones como la de MacIntyre no es que nieguen la universalidad de la moral, sino que terminen (o arranquen, porque no tengo claro si es causa o consecuencia) negando la universalidad de la condición humana. Son difícilmente sostenibles fuera de un juego de dialéctica estructuralista, en donde la condición de hombre sólo es pensable a partir del extrañamiento de grupos enteros de homínidos bípedos singularmente parecidos a los hombres, pero a los que se niega tal condición. El zoon fisei politikon ateniense podría tener una vida plena de sentido, pero el esclavo que le quitaba la roña a su clámide seguramente no pensaría lo mismo. O sin viajar tan lejos en el tiempo ─ya que hogaño sobreviven sistemas preilustrados ─ el moro Almanzor que compra una niña a la que le han cortado el clítoris y la condena a mirar el mundo a través de la celosía de un burka seguramente se vea ornado con una vida polisémica, pero preguntemos a la chavala a ver qué cuenta. Y ahí está la cuestión, que nadie les pregunta porque se parte de asumir que hay opiniones que no tienen estatuto de tal. Frente a ello siempre consideraré como una conquista que se traiga al individuo al centro del tablero y se le permita el desarrollo de una moral crítica, la capacidad de cuestionarse el propio orden moral, y ver qué resulta. Que ello implique debilitar el conjunto, porque falta el tribunal de la inquisición y la sociedad termina albergando conductas disolventes como meterse polvos por la nariz, tatuarse en el prepucio el careto del cantante de ACDC o taladrarse los pezones con una chapa, no se discute (disolventes hasta cierto punto, porque en realidad son una vuelta al gregarismo tribal que MacIntyre parece añorar); lo que sí es más discutible es extender la labilidad interpretativa de los valores a los hechos para continuar con su faena de demolición: las modernas sociedades liberales pueden haber perdido el carácter de “comunidades en las que los hombres en compañía persiguen el bien humano”, pero en las sociedades previas a la ilustración los hombres en compañía no buscaban el bien humano, lo que buscaban era saquear la aldea vecina, quemar sus casas, matar a sus hombres, follarse a sus mujeres y esclavizar a sus hijos. Lo demás sí que son brujas y unicornios.

Estoy con Dña. Viejecita en que el pilar de cualquier intento de universalización de valores morales es no hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hiciesen, que no es más que una versión popular del imperativo categórico kantiano.

PS. Por si les apetece, ahí les dejo un poemilla. En especial a Dña. Viejecita, que no le gusta la poesía. A ver si tengo suerte. Salud
Viento de cedro

viejecita dijo...

Muchas gracias D.Catenaccio

Conste que me he ido a su blog, y me he leído, varias veces, sus sonetos, y sus demás versos...

Pero, así como su prosa, la leo, y la releo hasta que considero que la he entendido a fondo y puedo disfrutarla de verdad , ( que tiene mucha "chicha", y que no suele estar separada en párrafos, con lo que a los viejos ojos cansados, como los míos, leerle directamente en el ordenador les cuesta , por mucho que le dé a ampliar ), pues bien, así como su prosa me encanta, y me hace pensar, y aprender, en relación con la poesía, pues es "une autre cosá" , como decía mi abuela. Que comprendo que sus versos no son cursis, ni sacan metáforas ni estribillos que no signifiquen nada, por sonoros que resulten... Es que, a mis años, hacerme cambiar de ideas con un buen razonamiento, es posible, pero de gustos, de gustos, no creo que vaya a poder cambiar.

Ya siento.


navarth dijo...

Disculpen que no haya respondido antes, pero este fin de semana he estado en Mahón dedicado a asuntos políticos y gastronómicos, que para todo ha habido tiempo.

Por lo demás, poco puedo añadir ante comentarios de tanta enjundia. Me he sentado, he leído, he aprendido y me he reído, como con las singularidad catalana de D. Bruno.

Don Belosti, yo no sé responder a la pregunta que deja abierta. Sólo puedo decir que MacIntire no es tan incisivo con su propio modelo moral como lo es con el de los demás. Si en la primera parte, cuando se dedica a destripar los intentos de encontrar racionalidad en la moral, resulta con frecuencia brillante, en la segunda, cuando desarrolla su propio modelo, resulta francamente aburrido.

D. Catenaccio, así que no sólo es poeta sino también crítico de cine, ¿eh? Tomo nota.

catenaccio1970 dijo...

Hombre, Sr. Navarth, me gusta hacer versillos, pero "poeta" me parece un abuso semántico. No obstante, se lo agradezco.
Dña. Viejecita, lo seguiré intentando (con el mayor de los respetos) Un saludo