sábado, 24 de enero de 2015

LOS TABORITAS

En 1411 el Papa Juan XXIII (más tarde antipapa) emitió dos bulas en las que anunciaba una cruzada contra el reino de Nápoles, la excomunión de su rey Ladislao, y el suministro de indulgencias para todos aquellos que proporcionaran fondos para la causa. Cuando los emisarios papales llegaron a Praga Jan Hus, sacerdote y rector de la universidad, se opuso frontalmente. Hus era conocido por la elocuencia de sus prédicas en las que acostumbraba a criticar la relajación de las costumbres del clero, un tópico del momento reforzado por la situación del papado, sumido en un poco edificante cisma. Hus, que era seguidor de Wycliff, afirmaba que la voluntad de Dios se expresaba en las escrituras, y que si el Papa difería de ella no se le debía obedecer (lo que abría la puerta a las más sorprendentes interpretaciones de la voluntad de Dios, como veremos). Esta postura no le granjeó grandes simpatías en Roma, y en 1412 fue excomulgado. En 1414 fue convocado ante el Concilio Ecuménico reunido en Constanza, y fue tan imprudente como para ir. Aparentemente pensaba convencerlos de la necesidad de profundas reformas en la Iglesia, pero fue arrestado y quemado al no querer retractarse de su posición.


La ejecución de Hus causó una conmoción en Bohemia, porque diversos ingredientes contribuían para formar un coctel explosivo. Los más importantes irán siendo descritos a lo largo de estas líneas, pero adelantemos que muchos de los integrantes del alto clero bohemio no sólo eran muy ricos, sino también de ascendencia y cultura alemana, descendientes de las grandes inmigraciones del siglo XIII, lo que provocaba el resentimiento de los eslavos. A esto se unía que la nobleza estaba interesada en contar en el clero con personas afines a las que poder controlar. Entre 1415 y 1418, con la aquiescencia del rey Wenceslao IV, la jerarquía de la iglesia, predominantemente alemana y afín a Roma, fue gradualmente sustituida por bohemios cercanos a las tesis husitas y mucho más receptivos a las indicaciones seculares.

Dentro de las cuestiones procedimentales la nueva jerarquía husita estableció la regla utraquista [1], que defendía que en la comunión todos los fieles, y no sólo los sacerdotes, debían recibir no sólo el pan sino también el vino. Los Evangelios, afirmaban, lo decían claramente: ”el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”. La salvación, por tanto, estaba en juego.

Pero en 1419 el rey Wenceslao, por la presión del Papa Martin V y del Emperador Segismundo, que además era su hermano, dio un viraje completo a la reforma iniciada. En julio, cuando Wenceslao pretendió sustituir a los recién nombrados miembros husitas del consejo de la Ciudad Nueva de Praga, se produjo una revuelta. Husitas enfurecidos irrumpieron en el ayuntamiento y arrojaron al nuevo alcalde, al juez, y a cinco miembros más del Consejo por la ventana, inaugurando así una tradición estrictamente praguense de resolución de conflictos [2]. Al enterarse Wenceslao sufrió una apoplejía y murió.



Entre los miembros de la insurrección de Praga había muchos representantes de los gremios, potentes pero desprovistos de influencia política en la administración municipal. Pero la base del movimiento, la carne de cañón, la formaban los segmentos más bajos de la población, incluyendo trabajadores no cualificados, mendigos, prostitutas y criminales. Praga tenía una gran cantidad de pobres, afluidos desde al campo a lo largo de los 30 años precedentes. El radicalismo también encontró combustible en el campo. Comparándola con la del resto de Europa, hasta comienzos del siglo XV la situación del campesinado bohemio no había sido mala. Gracias a las medidas introducidas por los inmigrantes alemanes del siglo XIII, ampliamente extendidas, los siervos poseían derechos hereditarios sobre los campos que cultivaban e incuso la capacidad de venderlos, lo que les proporcionaba cierta movilidad, pero esta tendencia comenzaba a revertir por la presión de los señores feudales. En el momento de la revolución husita el campesinado era plenamente consciente de lo precario de su situación.

Enfrentados con la nueva política de Wenceslao, clérigos radicales comenzaron a organizar congregaciones en lo alto de colinas del sur de Bohemia, donde adoptaban la comunión utraquista y la costumbre de despotricar contra Roma, los ricos y en general contra todos los que no pertenecían a su secta. Su organización se basaba en la tenencia de los bienes en común y el amor fraternal, que reservaban exclusivamente para los de dentro de la congregación. El más importante de estos asentamientos estaba cerca del rio Lužnice, y fue llamado Monte Tabor. Ellos mismos se llamaron taboritas, y el nombre se extendió a otras congregaciones. A partir de ese momento el movimiento husita se escindió en una versión conservadora, los utraquistas, y una radical, los taboritas.


Al igual que había hecho Hus, los taboritas defendían el derecho absoluto a interpretar las escrituras sin necesidad de un intérprete romano. Pero también tenían un fuerte componente milenarista [3]. El milenarismo estaba presente en Bohemia desde 1390, gracias a las enseñanzas de Jan Milic y Mateo de Janov. Este último identificaba al Anticristo con la corrupción de la Iglesia [4]. Desde luego el triunfo final de Cristo estaba asegurado, pero los buenos cristianos debían preparar el segundo advenimiento, y un aspecto esencial era la comunión diaria, que debía ser considerada el alimento espiritual de los fieles, y por tanto a repartir con la mayor frecuencia posible. El componente milenarista se había reforzado con la secta de los Picardos [4], que habían llegado a Praga en 1418, y que defendían que el Anticristo era el propio Papa y que la iglesia era la ramera de Babilonia.

Pero junto con el milenarismo, las características esenciales de los taboritas, que se alimentaban mutuamente, eran la creencia en un edén igualitarista y el odio. Desde tiempo atrás circulaba la creencia en una época dorada en Bohemia, en la que no había existido la propiedad privada y todos disfrutaban en común de los bienes, que fue destruida por la codicia de unos cuantos:

“Como los rayos del sol, o las gotas de lluvia, así los pastos y los campos arados, incluso los mismos matrimonios, estaban en común (…) Nadie sabía decir “mío”, sino que, como en la vida monástica, llamaban a todo lo que tenían “nuestro”. No había cerraduras en sus chozas, no cerraban sus puertas a los necesitados porque no había ladrones ni pobres (…). Pero ¡ay! cambiaron la prosperidad por su contrario, y la propiedad comunal por la propiedad privada (…) porque la pasión por poseer arde en ellos más fieramente que los fuegos del Etna”. [5]

Como es natural los ricos, los avariciosos que habían destruido este paraíso igualitario, merecían todo el odio de los taboritas. Y el milenio consistiría en el restablecimiento de la perdida sociedad comunista, en la que la propiedad privada sería de nuevo abolida, así como las rentas, los tributos e incluso el trabajo. La nobleza bohemia, tanto la católica como la husita, rápidamente se puso de acuerdo en acabar con los taboritas, y pactaron una tregua con el emperador Segismundo, católico y aspirante a la sucesión al trono bohemio.


Mientras tanto el milenarismo de los taboritas entró en una nueva etapa. Un grupo de sacerdotes radicales encabezados por Martin Huska (llamado Loquis por su elocuencia) no sólo afirmaba que el milenio era inminente, sino que aventuró una fecha cercana: entre el 10 y el 14 de febrero de 1420 todos los pueblos y ciudades serían destruidos por el fuego como Sodoma, y la ira de Dios caería inexorable sobre todos aquellos que no acudieran inmediatamente a alguna de las congregaciones taboritas. Multitudes de personas en distintos niveles de desarraigo acudieron a la llamada, vendieron sus pertenencias y entregaron el dinero correspondiente a los profetas taboritas. Mientras tanto éstos, no contentos con esperar a la ira de Dios, llamaron a los fieles para que emprendieran la destrucción por sí mismos.

Jan Capek, un graduado de la universidad de Praga, escribió un tratado, del que se decía que estaba “tan lleno de sangre como de agua una charca”, en el que demostraba con la ayuda de los evangelios que era el deber inexcusable de los buenos cristianos asesinar en nombre del Señor. Otros predicadores recogieron el argumento y aportaron los suyos propios para animar a los fieles a la masacre:

“Maldito aquél que no aporta su espada para derramar la sangre de los enemigos de Cristo. Todo creyente debe lavar su manos en esa sangre”.


Y los propios clérigos se apuntaron alegremente a la matanza porque “todo sacerdote debe legítimamente perseguir, herir y matar pecadores”. “Los justos (..) ahora se regocijarán buscando venganza y lavando sus manos en la sangre de todos los pecadores”. De hecho todos aquellos que no contribuyeran a exterminar pecadores pasarían a ser considerados sospechosos de integrar las huestes del Anticristo, disponibles a su vez para la aniquilación.

Los receptores privilegiados de la ira taborita eran los ricos urbanos: mercaderes, alemanes, y propietarios de tierras. Pero pronto fueron incluidos todos aquellos que se interpusieran en su camino, pues desde su punto de vista todos sus adversarios eran pecadores que debían ser exterminados. En ese momento Praga era considerada Babilonia, escenario de la lujuria y la avaricia y hogar del Anticristo.

A pesar de las profecías apocalípticas de Martin Huska, febrero de 1420 transcurrió sin acontecimientos sobrenaturales relevantes. Sin desanimarse por ello los taboritas del monte Tabor capturaron la ciudad de Usti y la rebautizaron como Tabor. En marzo el caudillo Jan Žižka trasladó allí su cuartel general. Entretanto finalizó la tregua entre los husitas y el emperador Segismundo, con un ejército católico de composición internacional pero predominantemente alemán y húngaro, invadió Bohemia.

Mientras tanto la Edad de Oro comunista se resistía a llegar, entre otras cosas porque, preocupados por el disfrute común de los bienes, los taboritas se desentendían del trabajo y la producción. Cuando el oro que los fieles habían aportado fue agotándose en sus arcas, los taboritas declararon que, como elegidos, estaban autorizados para despojar de sus bienes a las huestes del Anticristo (para simplificar, todos aquellos que no fueran taboritas). Como denunciaba un utraquista “muchas comunidades (taboritas) jamás piensan en ganar su sustento mediante su trabajo, y únicamente desean vivir de las propiedades de los otros y en organizar campañas con el único propósito de robarles”.


A partir de 1420 los taboritas exigieron tributos a los campesinos dentro de su área de influencia, que fueron gradualmente incrementándose de modo que pronto los siervos se vieron mucho más agobiados fiscalmente que antes del advenimiento del paraíso igualitario. Mientras tanto el ejército taborita de Žižka colaboraba con los utraquistas en la defensa de Praga contra el ejército invasor. La guerra tampoco contribuyó al desarrollo del igualitarismo: Žižka reservaba los puestos de mando a los que, como él, provenían de la baja nobleza y poseían por ello conocimientos militares. Tampoco ayudó el que los artesanos taboritas comenzaran a organizarse en gremios.

Sin embargo los más radicales de los taboritas permanecían inmunes a la realidad. El inagotable Martin Huska desarrolló una liturgia que negaba la transustanciación, rompiendo así con una de las creencias básicas de los taboritas y uno de los motivos originales de fricción de los husitas con la jerarquía romana. Además una nueva secta nació en el seno de los taboritas, los adanitas, que pensaban que Dios habitaba en los elegidos de los días previos al milenio, es decir, en ellos mismos, y eso los hacía superiores al propio Cristo, que a fin de cuentas había sido meramente un hombre. Para enfatizar su pureza solían andar completamente desnudos, algo meritorio cuando se vive por encima del paralelo 45º. Su líder se llamaba indistintamente Adán y Moisés, y entre ellos había una mujer que afirmaba ser la virgen María. Practicaban el amor libre, si bien todo coito debía ser previamente bendecido por Adán-Moisés. También ellos eran adictos a la violencia, pues se consideraban ángeles vengadores encargados de limpiar el mundo del mal. Para ello, afirmaban, la sangre debía inundar el mundo hasta la altura de la cabeza de un caballo. Y a pesar de su escaso número hicieron lo posible para conseguirlo. Organizaban expediciones dedicadas al robo, quemando a continuación las villas escogidas con todos los hombres, mujeres y niños que tenían la desgracia de encontrarse en su camino.

Žižka tuvo que interrumpir sus campañas contra los invasores para tratar con los adanitas. En abril capturó a 75 de ellos y los quemó como herejes, pero ellos continuaron sus andanzas. Žižka organizó entonces un ejército. Adán-Moisés se mantuvo imperturbable, y aseguró a sus adeptos que si permanecían a su lado serían invulnerables. La mayoría lo creyeron, porque la realidad había dejado de ser un factor relevante para ellos. En octubre de 1420 fueron exterminados todos salvo Adán-Moises, que tras ser interrogado fue reducido a cenizas.

En su versión menos igualitaria, los taboritas se mantuvieron hasta 1434, momento en que fueron derrotados en Lipany por la Liga Bohemia, una alianza de utraquistas y católicos. Su influencia, sin embargo se haría sentir por Europa, especialmente en Alemania.


Notas
[1] La comunión debía darse ”sub utraque specie”, es decir, "en ambas especies". Los defensores del utraquismo se basaban en la literalidad de Juan 6:54: ”El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”.
[2] Ésta fue la primera de una serie de defenestraciones en Praga, siendo la más famosa la de 1618, desencadenante de la guerra de los Treinta Años.
[3] Una breve introducción sobre el milenarismo aquí.
[4] El nombre Picardos parece derivar, o bien de su procedencia de la región de Picardía, o bien de ser begardos.
[5] Cosme de Praga (1045-1125) Estas fantasías fueron posteriormente recogidas en la llamada Cronica de Dalimil, de comienzos del siglo XIV.

Imágenes: 1) Ejecución de Jan Hus; 2) Primera defenestración de Praga; 3) Predicador taborita, por K. F. Lessing; 4) El apocalipsis, por Durero; 5) Taboritas masacrando a sus vecinos. 5) Más taboritas. 6) Carro de combate desarrollado por Žižka. Cuando eran atacados se ponían en círculo y se unían con cadenas, una técnica que siglos más tarde se adoptaría en el far west.

Bibliografía básica. Norman Cohn: En pos del milenio; Joseph Williams: Hussites, a short history; The hussite wars, Osprey Publishing.

4 comentarios:

viejecita dijo...

Divertidísimo.
Me ha encantado
Muchas gracias

Psykoaktive dijo...

Buenas noches D.Navarth,

me ha parecido muy interesante su historia y he seguido alguno de los hilos que ha dejado apuntados. Además, no conocía absolutamente nada de este episodio histórico, gracias por mostrárnoslo.

Lo curioso de la búsqueda es que el movimiento Husita ha sido interpretado como:

- precursor de la Revolución Francesa y de las revoluciones del s.XIX

- primer movimiento de masas europeo

- germen del nacionalismo checo

- germen de la reforma protestante

- germen del comunismo, pero de carácter cristiano, basado en el consumo, no en la producción

Espero ya ansioso los próximos episodios.

Saludos.

Asturianín dijo...

Muchas gracias, D. Navarth. Me ha encantado su relato. Siempre que visito su casa salgo menos inculto que cuando entro.

Espero con ganas la continuación de la historia.

Cuidese.

navarth dijo...

Uf, disculpen la tardanza al responder.

Viejecita, me alegro mucho de que le haya gustado. Y gracias a usted, es el lector más fiel de este blog.

Psykoaktive, efectivamente el movimiento husita es poco conocido pero muy relevante. Fíjese que es un intento reformista que se produce casi un siglo antes que Lutero, y un intento de iglesia “nacional” que tiene lugar un siglo y medio antes de los conflictos de Enrique VIII con Roma. En cuanto a lo de precursor del comunismo… lo dejo para la siguiente entrada (que ya está colgada)

Asturianin, me alegro mucho de verlo de nuevo por aquí.