miércoles, 2 de abril de 2014

ELIE KEDOURIE: NACIONALISMO Y LENGUA


Explica Elie Kedourie que el nacionalismo “sostiene que la humanidad se encuentra dividida naturalmente en naciones, que las naciones se distinguen por ciertas características que pueden ser determinadas, y que el único gobierno legítimo es el gobierno nacional. No ha sido el menor éxito de esta doctrina el que tales proposiciones hayan llegado a ser aceptadas y consideradas como evidentes por sí mismas”. [1]

Y continúa diciendo:

“Los inventores de la doctrina (nacionalista) trataron de probar que las naciones son divisiones obvias y naturales de la raza humana apelando a la historia, la antropología y la lingüística. Pero el intento fracasa porque, cualquiera que sea la doctrina etnológica o filosófica de moda, no hay razón convincente por la que a la gente que habla el mismo idioma o pertenece a la misma raza, sólo por eso, haya que darle el derecho a disfrutar un gobierno exclusivo (…) Lo que permanece en la doctrina es la afirmación de que los hombres tienen derecho a aferrarse a lo que los diferencia de los demás, aunque estas diferencias sean reales o imaginarias, importantes o no, y hacer de estas diferencias su primer principio político”.

Porque el nacionalista aspira a convertir el mundo en un jardín bien cuidado, con las distintas plantas/naciones creciendo ordenadamente en sus respectivos parterres/estados. Pero la realidad no es un jardín, y en los parterres, a lo largo del tiempo, han ido creciendo mezcladas plantas de muy diverso tipo. Esto es desagradable para el gusto nacionalista que, aunque se camufle tras la defensa virtuosa de la diversidad, aspira a imponer la uniformidad en su ámbito extirpando las malas hierbas [2]. Tras establecer que la humanidad está dividida naturalmente en naciones, al nacionalista sólo le faltaba encontrar el criterio más idóneo para delimitarlas y dejar el mundo limpio y ordenado. Algunos fueron pintorescos:

“Pleno del brillo y color de las tierras servias, leemos, en un libro cuyas conclusiones se imponían en la Conferencia de París de 1919, el pjesme -una balada épica- expresa en la tormenta y tensión de nuevas aflicciones las aspiraciones nacionales. Tan auténticos resuenan sus acentos que en vano el geógrafo intenta en su búsqueda de fronteras ciertas descubrir una guía más segura de delimitación. Del Adriático a las paredes occidentales de las cordilleras balcánicas, desde Croacia a Macedonia, la balada del guzlar [3] es el símbolo de la solidaridad internacional. El pjesme puede por tanto considerarse adecuadamente la medida y el índice de una nacionalidad cuya fibra ha conmovido. Hacer coincidir el territorio serbio con la extensión regional del pjesme implica definir el área nacional servia. Y Servia es sólo uno entre los muchos países a quienes es aplicable este método de delimitación”.

Acompáñese el pjesme con otros cantos y bailes regionales y habremos conseguido dibujar un colorido, aunque quizás poco estable, mapa de Europa. Pero los criterios folklóricos, aunque vistosos, pronto tuvieron que ceder ante otros criterios de delimitación más sencillos, y pronto el nacionalismo llegó a una conclusión sencilla y conveniente: “el idioma es el signo externo y visible de las diferencias que distinguen una nación de otra; es el criterio más importante por el que reconocer la existencia de una nación, y su derecho a formar su propio estado”.

Y por consiguiente:

“corresponde a una nación merecedora de ese nombre revivir, desarrollar y extender lo que se considera su lengua original, incluso aunque sólo se encuentre en aldeas remotas o no se haya utilizado durante siglos, incluso aunque sus recursos sean inadecuados y su literatura pobre, pues sólo su idioma original permitirá a la nación realizarse a sí mismo y alcanzar su libertad”.

En ello estamos.
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La construcción ideológica del lenguaje como característica esencial e intransferible de los pueblos corresponde sucesivamente a Johann Gottfried Herder y Johann Gottlieb Fichte. En su Tratado sobre el origen del idioma de 1772 Herder explica como el lenguaje primitivo se forma por el contacto del hombre con la naturaleza. Las primeras palabras hacen referencia a experiencias y sensaciones directas (hambre, dolor, fuego, agua…) y sólo más adelante el hombre inventa palabras abstractas. Pero para Herder incluso éstas “se encuentran sólidamente basadas en un sustrato de impresiones y reacciones de los sentidos” [4]. Un pueblo nórdico, digamos, puede haber construido su concepto de grandeza a partir de la contemplación de montañas gigantescas que se alzan cubiertas de hielo, y por ello ese concepto no será estrictamente trasladable a un nómada del desierto. De acuerdo con esta visión el teólogo y filósofo Friedrich Schleiermacher podrá decir:


“Sólo un idioma se implanta firmemente en el individuo. Sólo a uno pertenece enteramente, no importa cuántos aprenda después (…) Pues cada idioma es un particular modo de pensamiento, y lo que se piensa en un idioma no puede nunca ser repetido del mismo modo en otro (…) El idioma por tanto (…) es la expresión de una vida peculiar que se contiene en él”.

Fichte, recogiendo la tesis de Herder, desarrolla una distinción entre idiomas originales, los de los pueblos que han experimentado las sensaciones que sirven de cimientos a las ideas abstractas contenidas en ellos, y los derivados, que son los que importan conceptos de idiomas originales. Los idiomas originales son superiores, porque quienes los hablan mantienen intacta la conexión entre las ideas abstractas y la experiencia sensorial que las ha originado. Un idioma así es una lengua viva, porque “desde el momento en que surgió el primer sonido en ese pueblo, se ha desarrollado sin solución de continuidad a partir de la vida común efectiva de ese pueblo, y no ha entrado en él ningún elemento que no exprese una observación realmente experimentada por este pueblo”.

Por el contrario en los idiomas derivados la conexión entre la experiencia sensorial y el concepto abstracto está cortada:

“Para ellos la imagen verbal contiene una comparación con una observación de los sentidos (…) que todavía no han tenido y quizás nunca puedan tener (…) De este modo reciben la historia monótona y muerta de una cultura extranjera, pero en modo alguno (desarrollan) una cultura propia. Reciben símbolos que para ellos no son inmediatamente claros ni capaces de estimular vida”.

Así que la diferencia es, para Fichte, fundamental. Los idiomas derivados son, sencillamente, lenguas muertas. En cambio, para los que tienen la suerte de disfrutarlo, un idioma original “no ejerce una influencia sobre la vida: constituye él mismo la vida de quien piensa (…) precisamente porque esta clase de pensamiento es vida, es experimentado por quien lo posee con intenso placer en su poder vitalizador, transfigurador y liberador”.

Como era previsible, Fichte no tarda en descubrir que el alemán es un idioma original y vivo. El francés, por el contrario, es un idioma mestizo y por consiguiente muerto. De esta aversión al francés no está ausente el rencor y la frustración de Fichte por el reconocimiento que reciben en su patria los autores franceses.
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De este modo el idioma se llegará a convertir en el elemento idóneo para definir las naciones, pero no quiere decir que esto configure un tipo especial de nacionalismo. En un párrafo clave de su obra afirma Kedourie:

“A veces se argumenta que hay dos o más variedades de nacionalismo, siendo el lingüístico uno de tantos, aduciéndose la doctrina nazi para ilustrar el argumento según el cual puede haber nacionalismos raciales, religiosos y otros más. Pero de hecho no hay ninguna distinción claramente definida entre el nacionalismo lingüístico y el racial. En un principio la doctrina puso énfasis en el idioma como la prueba de la nacionalidad, porque el idioma era un signo externo de la identidad peculiar de un grupo y un medio significativo de asegurar su continuidad. Pero el idioma de una nación le es peculiar sólo porque tal nación constituye una raza diferente de la de otras naciones. El nacionalista francés Charles Maurras (1868-1952) ejemplificaba esta conexión entre raza e idioma cuando señalaba que ningún judío, ningún semita, podía comprender o utilizar la lengua francesa tan bien como un francés propiamente dicho (…) Por consiguiente no era accidental que las clasificaciones raciales fueran, al mismo tiempo lingüísticas, y que los nazis distinguieran los miembros de la raza alemana aria desparramados por Europa central y oriental según un criterio lingüístico”. [5]

En una próxima entrada hablaré de la relación entre el nacionalismo y la juventud.

Elie Kedourie: Nacionalismo (1966).

NOTAS [1] En efecto el gran éxito del nacionalismo ha sido presentar la simpleza como verdad evidente y, por tanto, no sujeta a discusión. [2] Por eso la situación de las minorías es mucho más precaria que en las sociedades abiertas: en éstas la pluralidad es aceptada; en el nacionalismo es contemplada como una discordancia desagradable. En definitiva, acceder a la ‘democrática’ pretensión de la autodeterminación suele condenar a las minorías a una nada democrática situación de desigualdad y pérdida de derechos. [3] Guzlar, el que toca la guzla. En la traducción aparece “guzñar” pero gracias a Alfanje (ver comentarios a la entrada) podemos descartarlo como error tipográfico. También gracias a Alfanje nos enteramos de que Radovan Karadzic era guzlar. [4] Palabras de Kedourie que no he conseguido resumir mejor. [5] El nacionalismo vasco ejemplifica perfectamente la perfecta intercambiabilidad de criterios para distinguir a la nación ideal. Por esa razón el nacionalismo racista de Sabino Arana pudo transformarse, sin variar un ápice su contenido, en el nacionalismo etnicista-lingüístico-revolucionario de Federico Krutwig.

Imágenes: 1) Kedourie; 2) Herder; 3) Fichte.

10 comentarios:

Carlota dijo...

Gracias a usted he tenido la primera noticia de Elie Kedourie, de su libro, que me parece interesantísimo, pues soy una damnificada -menor- del nacionalismo, esa vieja plaga tan actual.

Recordé al leer esta entrada que, sin pretenderlo, el Inca Garcilaso de la Vega describió el ideal nacionalista en sus Comentarios reales de los incas, cuya referencia encontré en La educación sentimental de Julián Marías:

"Cada provincia, cada nación, y en muchas partes cada pueblo, tenía su lengua por sí, diferente de sus vecinos. Los que se entendían en un lenguaje se tenía por parientes, y así eran amigos y confederados. Los que no se entendían, por la variedad de las lenguas, se tenían por enemigos y contrarios, y se hacían cruel guerra, hasta comerse unos a otros como si fuesen brutos de distintas especies"

El nacionalismo, esa brutalidad cuya expansión y hegemonía amenaza la civilización -ya no digamos la civilidad- allí donde se le permite.

navarth dijo...

Querida Carlota, gracias por la propaganda que me ha hecho en el blog de SG.

Es muy interesante la descripción de Garcilaso porque en ella está la esencia del nacionalismo: reconocemos fácilmente a nuestros adversarios porque hablan diferente (o son de otro color). De este modo podemos unirnos contra él y conseguir la cohesión de la tribu a su costa. Es curioso que una emoción tan primitiva consiga pasar, no sólo como algo natural e indiscutible, sino incluso democrático y avanzado.

Saludos.

viejecita dijo...

Don Navarth
Otro artículo entretenidísimo. Muchas gracias.

Voy a poner un enlace a este hilo suyo en el blog de Plaza Moyúa, que este es uno de los temas que le encantan, y siempre está diciendo, en relación con lo de las lenguas antiguas que hay que preservar eso de "Let them Die". Y que, si la diversidad de lenguas autóctonas fuera señal de civilización, Papúa-Nueva Guinea, que tiene como 36 lenguas diferentes, sería nuestro modelo a seguir...
Y yo tampoco conocía a Elie Kedourie, pero sí que solía ser forofa de Fichte, a los 14 años, que me parecía de lo más "romántico", y me he llevado un buen chafe con lo que comenta usted de él.
Claro que, desde los 14 años, ni me había acercado a él para nada...

alfanje dijo...

Debe de ser la balada del guzlar, que es el que toca la guzla.

En ese caso sería es un error tipográfico. A fin de cuentas la ele queda al lado de la eñe y las lenguas balcánicas no la usan.
(Está la Њ del serbio, que se suele escribir "nj" en croata).

navarth dijo...

Viejecita cada vez me sorprende más (en el buen sentido) ¡Leer a Fichte a los 15 años! Por otra parte que el romántico y nacionalista Fichte le gustara siendo tan joven parece confirmar otra de las tesis de Kedourie: ”los movimientos nacionalistas son cruzadas de niños”.

Muchas gracias Alfanje, ya lo he corregido en la entrada. He visto en la wiki a un tañedor de guzlar y su aspecto es temible.

viejecita dijo...

Don Navarth
A los 14, 15, 16 años, es cuando uno se lo traga todo; Rousseau, Dostoyevski , San Agustín, Tomás de Aquino, Daniel Rops, Theillard de Chardin, El Kapital, La Rama Dorada, Los doce puntos de La Falange.. Todo lo que consiga pescar...

Y como a esa edad suele uno tener el cerebro lleno de curiosidad, pero bastante vacío, le suele encantar todo lo que lee... Es bastante más tarde cuando empieza a comparar con lo que ha visto, y lo que ha vivido, y a descartar lo que no le convenza.
Y, con muchas de las lecturas y las ideas de la adolescencia, no se vuelve a enfrentar en años. Y cuando se las vuelve a encontrar, se le caen los palos del sombrajo de pensar en lo que le habían llegado a convencer...
Y conste que nunca llegué a leer a Hegel, que ese sí que lo debería haber leído, pero que nunca me apeteció. Y a mi edad ya...

benjamingrullo dijo...

Esoterismo fanático. Hombres locos por buscar esencias inmutables que les pringuen de continuidad, o sea de inmortalidad.

En su empeño la encuentran: la lengua como sustituto de la genética, una versión moderna del alma.

navarth dijo...

Buen resumen Benja.

alfanje dijo...

Jon Juaristi escribe en el prólogo de "Los tristes y los héroes", de Mira Milosevich, que Radovan Karadzic era poeta y guzlar. Sí que pueden ser temibles.

navarth dijo...

Vaya Alfanje, gracias por esta interesantísima información que, con su permiso, incorporo a la nota 3. Saludos.