martes, 29 de abril de 2014

EL CATALANISMO DE VALENTÍ ALMIRALL

”La libertad se complace en la variedad. La tiranía, tanto la de uno solo como la de una multitud, considera hereje a cualquiera que piense o sienta de manera diferente que ella”. Valenti Almirall. Lo catalanisme. 1886.


Valentí Almirall es barón del Papiol, pero nadie lo diría por su aspecto desaseado, abundante en lamparones. Este descuido no es infrecuente en el momento, incluso entre los delicados vates asiduos de los Juegos Florales. En una visita al estudio de Milá y Fontanals, el historiador Ferrán Segarra ha quedado consternado al comprobar que el poeta ha marcado la página de un libro insertando una sardina en salazón. Almirall es, además, cáustico y socarrón, y amigo de gastar bromas extrañas. En una Semana Santa, acompañado de un amigo que se ha tiznado el rostro de negro, pasea por Barcelona disfrazado de escocés. Así ataviado se acerca a las mesas petitorias, y requiriendo a su criado con un imperioso ¡Tom!, recaba de él la calderilla apropiada para la limosna. Ocasionalmente los asistentes comprueban que, como buen escocés, no lleva nada debajo del kilt, y al día siguiente el Diario de Barcelona comentará la presencia del noble caledonio que “a la usanza de su país” sigue la semana “con una profunda religiosidad”.

Inicialmente partidario del federalismo republicano, Almirall es un desengañado de la Primera República. Ha contemplado horrorizado el caos en el que ha desembocado, que atribuye a la mediocridad de sus dirigentes, y en especial de Castelar (“Cuando murió dijeron que había sido un traidor o un imbécil; es exagerado. Como la inmensa mayoría de los hombres de la República fue alguien con un sentido pobrísimo del ridículo, un aficionado a la política pedante y grandilocuente”) y Pi y Margall. En principio Almirall ha apoyado a este último, pero ha acabado considerándolo un proudhoniano dogmático incapaz de comprender la diferencia entre las abstracciones y la realidad. De hecho la diferenciación entre el pensamiento político francés, diseñado en el aséptico laboratorio de la razón, que deposita su fe en conceptos abstractos y cree, cuando estos no funcionan en la realidad, que el problema es de ésta, y el anglosajón, que aspira a la modificación gradual de las cosas que en la práctica no funcionan, será continua en su obra.


A partir de 1879 Almirall despliega una frenética actividad. Ese año funda el Diari Català, el primer periódico escrito íntegramente en catalán. En 1880 organiza el Primer Congreso Catalanista, y en 1881 promueve la creación del Centre Català, del que se convierte en su secretario. En 1885 ante un proyecto de acuerdo comercial con Gran Bretaña de Cánovas (modus vivendi), y otro de unificación del Código Civil de Martínez Campos), participa en la redacción de la Memoria en defensa de los intereses morales y materiales de Cataluña,que será enviada a Alfonso XII y conocida como Memorial de agravios (En catalán Memorial de greuges) [1].

El Memorial es presentado el 10 de mayo ante el monarca:

"No tenemos, Señor, la pretensión de debilitar, ni mucho menos atacar la gloriosa unidad de la patria española; antes por el contrario, deseamos fortificarla y consolidarla: pero entendemos que para lograrlo no es buen camino ahogar y destruir la vida regional para sustituirla por la del centro, sino que creemos que lo conveniente al par que justo, es dar expansión, desarrollo y vida espontánea y libre a las diversas provincias de España para que de todas partes de la península salga la gloria y la grandeza de la nación española”.

Dos, pues, son las amenazas que los firmantes del Memorial quieren desactivar. Una, la unificación del derecho civil. Dos, el debilitamiento del proteccionismo económico. Con respecto a la primera, hay que decir que los nacionalistas entienden que el derecho regional es una emanación más, junto con la lengua y la cultura, de ese misterioso “espíritu catalán” en el que depositan sus creencias. Se trata, pues, de una cuestión de dogma frente a la que otras cuestiones prácticas, como por ejemplo la igualdad ante la ley, deben ceder. También la lengua, otra de las manifestaciones espiritistas, es mencionada en el memorial:

”No podemos usar nuestra lengua más que en nuestros hogares y en conversaciones familiares; desterrada de las escuelas, lo ha sido más tarde de la contratación pública”.

En el futuro el nacionalismo triunfante acabará destinando al español exactamente a la situación denunciada por el Memorial.

Pero a los industriales catalanes, que contemplan con recelo las tendencias liberales en los gobiernos nacionales, lo que les preocupa especialmente es la competencia:

“A pesar de que la tendencia llamada librecambista no ha logrado hasta ahora imponer sus soluciones radicales a la legislación económica, se ha manifestado, sin embargo, constantemente en todas las situaciones y desde hace muchos años es una espada de Damocles suspendida sobre la producción”. ”El núcleo de nuestro centro industrial más importante es la manufactura algodonera, que ha creado la atmósfera que vivifica no sólo a las industrias accesorias, sino también a las que como más desligadas aparecen, y que no podrían prosperar si esta atmósfera llegara a faltarles. A la manufactura del algodón le sigue sin duda en importancia la lanera, que tiene con ella muchos puntos de relación y contacto. La plétora industrial de la Gran Bretaña, casualmente, se muestra más que en otros ramos, en su producción algodonera y lanera. ¿Cómo ha de competir nuestra industria, débil y contrariada, con la mas que robusta, pletórica, de la nación británica?".


Es notable que Almirall, que cree en la competencia, e incluso en la virtud taumatúrgica de la lucha entre opuestos para alcanzar el progreso, redacte un Memorial férreamente antiliberal. Un año más tarde ratificará su defensa del proteccionismo en una conferencia sobre el Cobden Club, un club londinense de partidarios del libre comercio:

”El Cobden Club, señores, tiene la fortuna de encontrarse en una nación que por la virilidad y actividad de su pueblo, por a sólida política de sus gobernantes, por el patriotismo de todas las clases sociales, por el estado de avance y progreso que ha alcanzado en todas las ramas de la actividad, no ha de temer, sino que ha de desear, la competencia (…) Pero señores, ¡qué diferencia de ellos a nosotros! A nosotros la naturaleza nos ha clavado en una península cuya raza dominante está prematuramente envejecida por una confluencia de causas históricas”.

Almirall mantiene que España es un país decadente y exangüe, con sus fuerzas consumidas en el esfuerzo del descubrimiento y civilización de América, y así lo describe en España tal como es:

“Nuestro orgullo nacional no puede cimentarse en la expulsión de los moros, ni en nuestra efímera preponderancia en la política europea, ya que todas las naciones cuentan en sus anales con páginas tan gloriosas como esas. Nuestro orgullo nacional debe basarse precisamente en lo que determinó nuestra caída: en el descubrimiento, la conquista y la asimilación de América. Porque en ese hecho culminante de la historia de la civilización están las causas de nuestra decadencia. Al patrocinar la idea profética de Cristóbal Colón España se sacrificó por la humanidad (…) Hoy existen en el Nuevo Mundo unas veinte naciones que hablan en la lengua que España les enseñó, que tienen los hábitos y las costumbres que les dimos; que son, en una palabra, carne de nuestra carne. España se despojó de su vida en aras de la humanidad y de la civilización, y se quedó sin fuerzas, exhausta, como una madre cuyo seno se desgarra para dar a luz a un hijo demasiado robusto”.

Porque una característica de Almirall, poco común en el nacionalismo de su época y que desaparecerá por completo del nacionalismo futuro, es que no considera a España como algo ajeno, como una entidad dedicada a explotar y esclavizar a Cataluña. Cataluña, para Almirall, no tiene sentido fuera de la empresa común española:

”Las relacionas que (Cataluña) ha mantenido durante siglos con las demás regiones de España han creado lazos de interés y de afectos recíprocos de tal índole que resultarían imposibles de romper”.

Y además:

”La industria manufacturera catalana es casi la única que existe en la nación, y tiene su mercado natural en las regiones agrícolas españolas, las cuales proveen a su vez a Cataluña de todo lo que ésta no produce y utilizan su comercio para dar salida al sobrante de sus productos”.

Sin embargo Almirall defiende la necesidad de reconocer y potenciar las diferencias regionales como único medio para sacar a España de su postración. ¿Y cuáles son éstas? Almirall nos previene:

”Casi todos los que han escrito sobre España la han pintado de tal modo que ni nosotros mismos podríamos reconocernos entre las legiones de frailes y toreros, de manolas y de chulapos, de arrieros y de mendigos con que su imaginación puebla nuestras ciudades y nuestros campos”.


Y a continuación pasa a presentar su propia colección de estampas costumbristas. Y lo hace describiendo a los pasajeros que encuentra en un viaje en tren a Madrid:

“Vemos a nuestro lado dos vascos tocados con la clásica boina (…) A su lado dos pobres gallegos que llevan al lado, sobre el asiento, todos sus bienes consistentes en un paquete de ropa usada, y que apenas se atreven a levantar la voz (…) en cuyos ojos se advierte que están ansiosos por prestar servicio al primero que lo solicite”.

Y sigue así la cosa:

“El tipo puramente andaluz es, tal vez, el más poético de España. Allí la mujer es la verdadera hembra del varón, ante el cual no tiene que cumplir más que una misión: gustarle”. “Hasta en su modo de hablar los habitantes de Madrid carecen de la gracia andaluza”. “Los aragoneses, que hablan el castellano más viril de España, no tienen nada que ver con los habitantes de Castilla la Nueva, y menos aún con los del sur (…) Lo más saliente del carácter aragonés es la franqueza y la rudeza”.

Sobre estas distinciones se puede construir una amena velada en un café, pero difícilmente servirán para sustentar una teoría política [2].
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En 1888 Almirall escribe Lo catalanisme, que será considerada piedra angular del nacionalismo catalán [3].

La preocupación por la libertad es constante en la obra. Para Almirall las políticas continentales y anglosajonas afrontan el asunto desde distintos puntos de partidas y con distintos resultados. Las continentales anuncian enfáticamente que el hombre es libre para hacer todo lo que permite la Ley; las segundas se preocupan de poner límites efectivos al poder político para que no interfiera en el campo de los hombres. Es evidente que es con estas con las que la libertad está mejor defendida. La doctrina que propone Almirall para defenderla es el particularismo:

”El sistema particularista no es en su esencia más que el reconocimiento de la variedad y, como consecuencia lógica, la consagración de la libertad (…) La unidad sistemática no se concibe sin imposición”.


Porque Almirall ve la variedad como un síntoma de la libertad, y simétricamente, la unanimidad como señal de que la opresión está en funcionamiento [4]:

”La libertad se complace en la variedad: la tiranía, tanto la de uno solo como la de una multitud, considera hereje a cualquiera que piense o sienta de manera diferente a ella”.

Y así hace un descubrimiento importante:

”Para juzgar el grado de libertad de que disfruta un pueblo hay una piedra de toque que no falla. Basta con examinar la situación en que se encuentran las minorías, especialmente aquellas que más se enfrentan a la corriente dominante (…) La libertad de nadar con la corriente existe incluso en el estado más absolutista; la cuestión está en poder nadar contra ella. Dentro de una sociedad libre cada uno ha de tener reconocido el derecho a ser extravagante, siendo la extravagancia respetada” [5].

Pero el particularismo no sólo es el sistema político que mejor defiende la libertad: también es el que asegura el progreso. Sin la variedad la humanidad se quedaría congelada en cuanto las ideas y creencias alcanzaran una cierta unanimidad. Todo invento en el orden material, toda innovación en el ámbito moral, dice Almirall, comienzan por una afirmación que contradice las ideas y creencias generalmente admitidas.

El resultado de la aplicación del particularismo es el estado compuesto, la agregación de distintas entidades con categoría de estado en un único cuerpo político. El estado compuesto es la panacea para Almirall, que dedica la tercera parte de su libro a describirlo mediante ejemplos históricos [6] [7].

Como puede verse el fundador del nacionalismo catalán del siglo XIX defiende lo opuesto al nacionalismo catalán del siglo XXI, caracterizado por el pensamiento único y la proscripción de todo aquello que intenta navegar contra la corriente. El error básico de Almirall es no darse cuenta de que el nacionalismo predica la diversidad, pero sólo hacia fuera, como un medio para crear diferencias con lo que lo rodea. Pero simultáneamente impone una férrea unanimidad hacia dentro. Porque lo que pretende es que la realidad encaje en su “espíritu nacional”, y él es el único medium capaz de conjurarlo. Lo que no encaja, sencillamente, no se tiene en cuenta, no existe.
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Notas:

NOTAS [1] No confundir con el Memorial de agravios de 1760, enviado a Carlos III por diputados de Zaragoza, Valencia, Barcelona y Palma de Mallorca.
[2] Como siempre algunas de las generalizaciones son acertadas: “Otra de sus particularidades es que la vida y la animación alcanzan allí su apogeo as la hora en que, generalmente, acaban en otras ciudades. El Madrid oficial, el verdadero Madrid, se despierta y empieza a desplegar su actividad dos horas antes de que la luz de gas haya reemplazado a la del sol. Para abordar a un personaje, y hallarlo de buen humor, el momento más favorable es entre la una y las dos de la madrugada”.
[3] “Lo catalanisme es una obra capital del pensamiento político catalanista y el punto de partida doctrinal del nacionalismo progresista posterior.” Nota a la edición de Lo catalanisme publicada por Ediciones 62 y La Caixa. 1979. En 2004 el líder de ERC afirmó "si el catalanismo fuera una religión, Almirall sería su primer santo". Los nacionalistas catalanes parecen estar muy orgullosos de Almirall y Lo catalanisme. Es una lástima que no lo hayan leído (o, si lo han hecho, lo hayan obviado).
[4] Existe un precepto del Talmud según el cual todo acusado de forma unánime por un colectivo debe ser inmediatamente liberado, pues esa unanimidad resulta sospechosa. Citado en Disecciones, de Johannes von Horrach.
[5] En este vídeo puede verse el trato que el nacionalismo catalán del siglo XXI dispensa a la diferencia, a la minoría, y en definitiva a los que se atreven a nadar contra la corriente dominante. Curiosamente los intrépidos nacionalistas acusan a Rivera de aquello que Almirall defendía: ser estrafalario.
[6] Dice Josep Pla: “La fórmula práctica del particularismo, esto es, el estado compuesto, es, según su criterio (de Almirall), la mejor de las formas políticas posibles. Siendo esta afirmación una simple profecía, toda la tercera parte de su libro es un museo”.
[7] Huyendo de la uniformidad Almirall, acaba recelando de la igualdad. Y así descubre de paso la falacia de la agregación, consistente en pensar que una ideología puede constituirse por la mera agregación de conceptos bonitos sin pararse a definirlos ni a considerar si son contradictorios: ”Ya hemos citado ese diccionario político para cuyos autores “libertad es igualdad e igualdad es libertad”. Con lo que, al mismo tiempo que confirman la divisa de todos los republicanos franceses (…) ponen en duda la competencia gramatical de los que la adoptaron, porque si ambas palabras expresan la misma idea bastaba con una, y la otra sobra”.”La igualdad es restrictiva, y no se manifiesta si no es auxiliada con medios postizos. La libertad es natural; la igualdad artificial. Aquella es hija de las facultades más nobles del hombre; esta consecuencia fatal de sus imperfecciones. La primera siempre es espontánea: la segunda no existe sino por la imposición interna o externa”.

Imágenes: 1) Valentí Almirall. 2) Pi y Margall. 3) Emblema del Cobden Club. 4) Estampa costumbrista española del siglo XIX. 5) El salón del Consejo de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona, en el que se celebró el primer Congreso Catalanista.

8 comentarios:

viejecita dijo...

Don Navarth

Pues, a diferencia de Don Sabino, este patriota parece bastante sufrible...
Pide proteccionismo para los textiles catalanes. Pero en tiempos de Franco, ese proteccionismo ahí seguía . Y todos comprábamos los hilos de Fabra Coats, las sábanas de Tolrá, la franela y el tweed de Gorina , porque nos parecía que eran mucho mejores que los británicos...( aunque fueran ligeramente más caros )

¿ Por que se dejaron convencer para meter plástico en todos sus productos, con la consiguiente pérdida de calidad, que les hundió frente a los franceses, los italianos y los británicos ?
Aquello me pareció totalmente suicida, y nunca lo comprendí.
Como no comprendí que cuando el affaire del lino, se dijera que no se usaba para nada y que todo el lino se quemaba... Porque en Rentería, por ejemplo, había una fábrica de tela de lino, o de mezcla de hilo y algodón, para sábanas y manteles, que se utilizaban en todos los ajuares de las novias vascas. Y supongo que no sería única en España...
Claro que apareció el Tergal, rasposo, renegrido, y causante de alergias, pero que no necesitaba plancha...

Mis hijos y yo seguimos usando sábanas de algodón o de hilo. Pero las coso yo, después de comprar el algodón (italiano/egipcio ) o el hilo (irlandés ) por metros. Que ya no hay algodón catalán del bueno, ni lino vasco...

¡ Lástima !

Carlota dijo...

un catalanista simpático, en efecto.
Como tengo reciente la lectura del último libro de Jesús Laínz, aunque no lo tengo a mano y no la puedo reproducir, recuerdo la firme condena del separatismo que escribió Almirall, poco antes de morir,en el prólogo de la última edición en vida -creo que la segunda- de 'el catalanismo'.
Dice Laínz que esa condena ha desaparecido de todas las ediciones posteriores, 'vaporizada', como todo hecho o dicho crítico con la causa sagrada.
Así que, ciertamente, el nacionalismo es en buena medida la historia de un fraude, y un hecho que, por sí mismo, pone a prueba la afamada tesis de Lincoln -creo- según la que puede engañarse por poco tiempo a todo el mundo, por mucho tiempo a unos pocos, pero no por siempre a casi todos. El nacionalismos catalán, según estamos viendo en este tiempo, parece capaz de engañar siempre a todo el mundo. Dada la brevedad de la vida, por lo que a nosotros se refiere el tiempo de vigencia de esa patraña ya es 'siempre'
-0-0-
Doña viejecita, usted "le da a todo", como se dice por aquí.

navarth dijo...

Caray Viejecita, es usted una continua fuente de sorpresas. Pues sí, Almirall no sólo es más simpático que Sabino (no es muy difícil) sino bastante más ilustrado (tampoco es difícil)

Carlota, no sabía lo del prólogo desaparecido de Almirall, pero me parece muy verosímil. Y ahí tiene usted a Carod Rovira convirtiéndolo ahora en el santo patrón del nacionalismo.

Carlota dijo...

A la vuelta de mis vacaciones (je, je, ... ) busco la cita, la transcribo y se la mando.
No sólo es significativa por su contenido -mérito de Almirall-, sino también por su destino, el silenciamiento selectivo por parte de la Secta, muy eficaz en cuanto se proclama y ejerce eficazmente como albacea exclusiva de todos sus próceres, de manera que, por lo general, ya sólo se conoce de la 'historia de Cataluña' -otro de sus constructos- lo que a la Secta interesa, y, sobre todo, como le interesa que se conozca.
Almirall tuvo tiempo de conocerlos y (des)calificarlos, pero ellos heredaron la posteridad, de manera que, para la mayoría -dentro de la minoría que se interesa un poco a fondo por estas cosas- el pobre Almirall ya sólo dice lo que los autoproclamados herederos y custodios de su legado -usurpadores- quieren que diga.

Ayer le mandé a Laínz el enlace a esta entrada. Sé que le gustará.

Belosticalle dijo...

Otro artículo excelente, Navarth.

Clave de estos análisis es la penetración en la mentalidad de los personajes. Incluidos toques como lo del desaseo, todo ayuda.

Almirall paga tributo a ciertos clichés, pero al fin aquellos catalanistas eran gente práctica, devotos de un seny que sus epígonos nacionalistas desconocen por completo.

Las contradicciones en el discurso de Almirall son normales y explicables. Los ilustrados vascos del XVIII, los de la ‘Bascongada’, también fueron equívocos en su doble lealtad patriótica, siempre sin perder el norte práctico y sin renunciar a España, cuanto más grande mejor, en un mundo hobbesiano y luego darwiniano.

Los hermanos Arana, en cambio, fueron una pareja de obtusos iluminados (que no ilustrados), obcecados por una obsesión antiespañola como receta de todos los males de su aldea. Su falta de sentido práctico se manifestó, por ejemplo, en ver como la gran ofensa española la sustitución de los fueros por el concierto económico. Todavía hoy, el privilegio de una autonomía fiscal con cupo es una situación que haría las delicias de cualquier estadista… menos de los nacionalistas, que al menos de boquilla renunciarían al plato de lentejas con tal de manejar estado propio.
... ... ...

¡Ah! Y a mí también me ha admirado la lucidez de Viejecita, como a Carlota y a Usted.

viejecita dijo...

¡ Ya me gustaría a mí saber de verdad de algo !
Pero me ha tocado la experiencia de la inmensa mayor parte de las "chicas" de mi ambiente y de mi época: ser las eternas aficionadas. Y aburrirse soberanamente metidas en casa, sin poder contribuir .
Así que, me dediqué a leer todo lo que consiguiera alcanzar, y a ahorrar todo lo que pudiera de los gastos de la casa, a base de coser, cocinar, hacer arreglos de albañilería, de pintura...
No pude ponerme a trabajar "de verdad" hasta los casi 40 años. Por eso disfruto tanto con mi trabajo, y por eso no pienso jubilarme nunca. ( serán los demás los que me tengan que jubilar )

viejecita dijo...

Muchas Felicidades para Dª Brunilda

viejecita dijo...

Por lo visto era hoy el cumpleaños de Doña Brunilde , así que, vuelvo a decir
¡Felicidades !