sábado, 5 de octubre de 2013

TROLERIAS

Filología vasco-mariana
El 15 de junio de 1900 Bilbao celebró como pudo el VIº Centenario de su Carta Puebla. A remolque del evento, Nuestra Señora de Begoña, que tampoco vivía su etapa más boyante, tuvo su Coronación oficial el 8 de septiembre.
La Virgen de Begoña había sido, a la disolución del antiguo régimen, una de las mayores fortunas de Vizcaya. Begoña fue entonces plata maciza, y de ahí para arriba. Pasaron luego las hordas galas, la republicana y la napoleónica, las hordas carlistas y liberales, la horda bancaria hipotecaria (para techar y apuntalar tanta ruina)…  Un cabildo begoñés en quiebra, pero con aldabas en Roma, discurre aprovechar el 1900 para obtener del papa una coronación canonica (en regla) de la Andra-Mari Begoñacua.
Los nuevos ricos bilbainos, la burguesía ‘fenicia’ tan denostada por Sabino, no se volcaron. La Corona magnífica fue costeada, según trascendió, por una tal Sra. de García (Dª. María Aguirre), que puso su joyero personal en manos del joyero Anduiza.  «Se asegura que el valor total de la corona asciende a 98.500 pesetas», ponderaba  Arístides de Artíñano, cronista oficial y diz que muñidor del evento. Más del doble que el cetro de María y la corona del Niño juntos, «cuyo valor se aproxima a 46.000 pesetas… producto de suscripción popular en halajas y metálico»[1].
Otros muchos regalos ingresó el tesoro begoñés, prendas de la devoción de los vizcaínos. Pero hubo un cabujón nada despreciable, que si no entró en inventario fue por no tener valor de cambio, pues no era del mundo de la materia, sino del espíritu. Por primera vez, desde su aparición en siglos remotos, se enteró la Virgen de Begoña de cómo se dice  ‘coronación’ y ‘corona’ en vascuence.
¡Pero cómo! Un pueblo tan religioso como el vasco, con sus innumerables  vírgenes, santas y santos, todos coronados, y con el clero más copioso de España y de la cristiandad, cada cura y fraile con su tonsura coroniforme («Buenas tardes, señor barbero. Lo de siempre: afeitar y hacerme la corona»)... ¿ese pueblo no sabía decir ‘corona’ en su lengua propia perfectísima?
Claro que sí; pero con palabra prestada: coron/corona, coro, coroe, coroi, coru, corue… hasta coghua, en el grasseyé suletino. Tanta variedad es toda ella sobre un mismo tema latino, corona. Y lo peor de lo peor: un latín demasiado parecido al castellano.
Corría el año, y ya los puristas del euskera se preguntaban cómo escribir ‘coronación’ en la lengua ágrafa milenaria. Pero escribirlo y decirlo bien, no como los curas de pueblo, que desde el púlpito anunciaban la ‘coronaziño’.
Curiosamente, Sabino Arana, tan begoñés de coraziño, en toda esta movida coronaria se mantuvo distante [2]. No nos quepa duda, a él le habría parecido lo más normal del mundo que se le hubiese consultado sobre un punto tan sensible y trascendental. Los únicos popes de la lengua vascongada eran él mismo y don Resurrección María de Azcue. Para entonces, Sabino cada vez salía menos de su Pedernales, que él había rebautizado Sukarrieta. «–A ver por dónde sale Azkue». Eso: su rival Azcue, que tanto ironizaba sobre él («Arana, nuestro audaz ‘neólogo’»); a ver cómo resolvía la papeleta de decir ‘Himno a la Coronación de Ntra. Señora de Begoña’ en euskera pulido.
Conocemos al sacerdote Azkue como ganador de la primera cátedra de euskera en Bilbao, frente a Unamuno y Arana. También por su zarzuela nacionalista ‘Vizcaytik Bizkaira’, saludada en su día por Sabino en estos términos:
«El Sr. Azkue, mientras inadvertidamente ha sido españolista, no ha tenido más lema que Dios y la Patria, mas la falsa Patria; hoy, que ha abierto los ojos,  no tiene tampoco más lema que Dios y la Patria, pero la erdadera Patria. […]
La obra del Sr. Azkue ha sido un acontecimiento para el partido nacionalista de Bizkaya. Ha estrenado el Teatro Nacional.» [3]
Un buen día 28 de mayo Sabino lee en el Noticiero Bilbaino la letra de un himno nuevo en vascuence  a la Virgen de Begoña, con firma escueta: Azkue. Y allí, en la segunda línea del título, una palabra insólita (traduzco):

A la Andra-Mari de Begoña
En su Buruntzialdi

¿Y qué era eso de buruntzialdi? Hay que llegar a la 3ª estrofa del himno para sospecharlo (sigo traduciendo):
En Vizcaya ningún terrestre usó
el buruntzi señorial,
pues ‘siempre tuvimos por reina
a la Andra-María de Begoña’.

Con que el buruntzi era un atributo de señorío regio. Tres son los atributos principales de realeza: la corona, el cetro y el manto. Por exclusión, nos quedamos con la corona, por aquello de buru, cabeza.
La solución de la charada se podía confirmar  por otra vía. En el subtítulo del poema, Buruntzialdi (atento el sufijo -aldi, tiempo u ocasión) sólo podía ser Coronación, excluidas a priori Cetrificación y Mantificación de Nuestra Señora. Ingenioso todo ello, y altamente filológico, aunque la emoción estética y religiosa algo pierdan en el envite.
Aun así, tan misterioso era el vocablo, que el propio vate había prevenido una notita con la clave. No es corriente que los poetas y poetastros nos hagamos entender a golpe de notas («Hemos traído por los pelos el Corpus Christi y otros latinajos, por no disponer en castellano de consonantes para ‘Un soneto le debo a Jon Juaristi», etc. …). Eso quiere decir que Azkue no las tenía todas consigo. Porque, como pareja de primeros espadas en un mano a mano, también don Resurrección María se preguntaba en sus adentros: «A ver por dónde me sale Arana».
Y vaya si le salió rana el Arana. En principio, con su punto de razón; porque hay que ver el contenido de la nota explicativa de Azcue. Más o menos, la ficha lexicográfica que luego utilizó en su monumental  ‘Diccionario Vasco-Español-Francés’ (1905-1906): buruntzi o buruntzaki, que en el dialecto vizcaino de la parte de Marquina se usaba para significar el ‘aro superior de un cesto’, «por extensión apliqué yo a significar ‘corona’, en un himno a nuestra Señora de Begoña».
Por aquí le embistió Sabino con su estrategia habitual, esto es, abriéndose de capote con una carta de provocación, con vistas a un carteo y polémica de campanillas. De hecho, añadía esta posdata:
«P. D. No tengo inconveniente dé V. a la publicidad estas líneas, si lo juzga oportuno.»
«Estas líneas» –dos cuartillas, como poco– configuraban todo un discurso tripartito:

1º. Exordio. Advertencia preliminar (devolviendo a Azkue su propio dardo): ojo con los neologismos, que no todo vale.
«Advierte V. en nota ser usual dicho vocablo. Esto último, este hecho, no lo dudo desde el momento que V. lo asegura; pero bien sabe V. que no nos debe bastar el simple hecho material de usarse una voz … Es preciso estudiar y saber cómo se usa y por quiénes, y aun después de esto, examinarla en sí misma. 
También se usa, por ejemplo, txi(s)mistargi por luz eléctrica y aun por electricidad (como si ésta fura luz); pero sería imperdonable admitiéramos una voz tan risible, inventada, sin duda, en algún rato de ocio y buen humor, por algún txistulari o bertsolari aficionado a gramática e inspirado por la sidra o el chacolí.»
2º. Cuerpo. Lección magistral, refutando la interpretación que hacía Azkue del vocablo y rechazando su validez (una contrapropuesta de Sabino quedaría para más adelante):
«El vocablo buruntzi ha sido indudablemente compuesto de buru-ontzi; pero con bien poca gracia para el pobre euzkera. Lo que buru-ontzi podría significar (y así y todo a duras penas) es el casco o capacete guerrero…»

«De mí sé decir que nunca aceptaría como buena la voz buru-ontzi para significar casco guerrero, mucho menos corona…  Apurándolo mucho, podría pasar… para expresar el cráneo (que ya tiene su nombre y no necesita otro)... y apurándolo más, para significar el cerebro mismo, que es el vaso fisiológico de la cabeza [¡?]...»

«El hallar tan consciente e inconsideradamente formado el vocablo buruntzi, nos puede convencer de que no es usual con el uso que hace auténticas las voces… Seguramente la voz buruntzi ha pasado de algún libro o de algún púlpito…; y ya tratándose de invenciones precisa someterlas a riguroso examen…»
3º. Despedida. Quede Azkue avisado, a tiempo está de retirar la propuesta, o aténgase a nueva intervención de Sabino:
«He cumplido con mi deber de patriota al escribir a V. la presente por el bien de la lengua de mi raza, y creo firmemente de V. , hará lo que a su juicio sea más conveniente para la misma.»
Aun siendo fama que don Resurrección era sensible a la lisonja, no hay base alguna para imaginar que aquella carta, aun encabezada por «Mi  buen amigo» y cerrada por un «Ordene V. a su amigo y servidor en Jel», le cayese bien. Sabino había empezado por admitirle bajo su palabra que buruntzi era voz usual, para terminar desmintiéndolo como engendro libresco, o caído de algún púlpito, o peor aún, inventado «con muy poca gracia»; bajo la inspiración, quién lo sabe, de «la sidra o el chacolí».
No he podido ver la respuesta de Azcue, el 31 de mayo. El hecho es que puntualmente respondió, que era como entrarle al trapo a Sabino. Sólo cinco días después de la primera carta, partía de Pedernales una segunda, mucho más extensa y, desde luego, más sarcásticamente humillante, amén de trolesca. Porque Arana era todo un trol, de manual.
Para mí que esta segunda carta había sido redactada junto con la primera, y antes por tanto de recibir la «muy atenta» del «apreciado amigo», que incautamente le explica la acepción original del vocablo: ‘aro de cesto’; y de ahí, por extensión del propio Azcue, ‘corona’.
¡Con que esas tenemos, ‘aro de cesto’! Sabino empieza haciéndose el bobo, como que él había creído entender que la voz era usual y con el significado de ‘corona’. Ahora resultaba que el gran Azcue se había permitido coronizar un aro de cesto.
«Estuve, pues, muy lejos de sospechar, como V. ha creído, fuese usted mismo el autor del vocablo, puesto que V., o algún otro por encargo o con ausencia de V. aseguraba en el Noticiero ser usado; y así es que no comprendo el tono que V. creyó ver en mi carta (de la cual no tengo copia), pues que no quise decir más que lo que decía…»

Lo demás es otra digresión de burlesca pedantería, donde no falta alguna cita de San Pablo traída por los pelos; siempre para echar en cara al pobre Azcue lo mál que discurre como filólogo, al menos en comparación con su corresponsal Sabino. El cual se comporta con aquél, como un sumo pontífice del vascuence lo haría con su antipapa. O con el sacristán de su antipapa, que para el caso es lo mismo.
«No pretendo –tartufea–, ni nunca he pretendido, a que [sic] prevalezcan las voces que yo he creado sobre las que antes se hayan inventado o actualmente se formen…»

Formar, inventar palabras, crearlas. Éste último verbo, crear,  es el que se reserva para sí Sabino, en su modestia sólo aparente. Los demás inventan, forman. Sabino/Demiurgo/Vulgo crea lenguaje. Y lo crea –agarrémonos– mediante el instinto, no por raciocinio académico. El galimatías final de la carta es antológico:
«El uso legítimo, en efecto, nunca yerra: su origen es siempre inconveniente [¿?] e instintivo, pero siempre correcto. No le quepa a V., pues, la menor duda de que ha de hallar muchas veces incorrección en los productos académicos, pero nunca en los del legítimo uso vulgar. El vulgo, irreflexivo e ignorante, es el sabio autor de nuestro euzkera, el único académico infalible del lenguaje: porque el instinto, por su misma dependencia esencial [¿?], es, en sí mismo, infalible, mientras que la razón, por su misma independencia, es en extremo falible
Para entender del todo la zumba sabiniana, ya entonces iba cuajando el proyecto de Academia de la Lengua Vasca, que tendrá por fundador y director vitalicio a Azcue. Y vistas las diferencias de criterio, un Arana Goiri escaldado en su oposición a la cátedra difícilmente habría sido candidato académico; eso sin contar su muerte prematura.
Dueño de la plaza, el trol Sabino se prometía un continuará. Azcue, con buen acuerdo, dio por zanjada la lidia a costa suya. Bien es verdad que en el pecado llevaba su penitencia. Aquella manía de convertir el templo y el culto en clase de vascuence, distrayendo a los fieles de lo sustancial, se entiende mejor considerando lo que vemos hoy, cuando circular por carretera, ir a la consulta médica, cumplir con hacienda, visitar un museo etc., va asociado a su dosis obligada de lengua propia.
Y con la lengua, la construcción nacional. Algo así vería también el obispo de Vitoria don Mateo Múgica –ya en tiempo de la II República (nótese esto bien)–, que por mor de la paz tuvo que prohibir en los
actos religiosos la Marcha de San Ignacio con letra de Sabino, puesta al servicio de la agitación política jeltzale [4].
Todo este lance es muy ilustrativo de la idiosincrasia sabiniana. Enfrascado en una palabreja ensartada en un poema a la Virgen, Sabino se olvida del contenida y estética del poema, y hasta de la misma Virgen. En cuanto a la palabreja, Sabino tampoco ha visto un burunzi en su vida; pero le basta conocer la palabra para penetrar de inmediato en su significado ‘auténtico y legítimo’, como por ciencia infusa. Él parte de una etimología arbitraria, ‘vaso de cabeza’ (¡casco guerrero, pero hombre!), sin pararse a pensar en un posible contrario,  ‘cabecera o principio de vaso’, es decir, la cercha de vilorta que sirve de apoyo para ir trenzando el cesto, si es eso lo que entendía Azcue. Y por qué no, también el rodete de paño, trenza etc. que se pone sobre la cabeza para llevar encima un peso.
Pues con la gente, con la sociedad que le rodea, le ocurría lo mismo. Mal observador, sin estudiar lo que hay o es, Sabino elucubra sobre lo que debe haber y ser, según los cánones de su idealismo platono-autista…
Pero salgamos nosotros cuanto antes de este aro, anillo o círculo encantado sabiniano. Porque con los maquetos, no sé, pero con Sabino no falla: sus defectos se pegan por contacto.
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[1] Coronación canónica de Nuestra Señora de Begoña. Barcelona, J. Thomas, 1901, págs. 22-23.

 [2] En noviembre, la Diputación celebró en Guernica una recepción en honor de Mons. Ricardo Sanz de Samper, delegado especial del papa León XIII. Sabino Arana disculpó su inasistencia alegando una indisposición. Cfr. Fundación ‘Sabino Arana’, Fondo Sabino Arana, Nº 15: «Borrador de una carta supuestamente dirigida… por Sabino Arana al Presidente de la Diputación de Bizkaia, Enrique Aresti y Torres…» [3] El día siguiente al estreno, Azkue aceptó un banquete ofrecido por el Bachoqui,  En él, su brindis fue breve y claro: Ama daukanak, zertarako dau ama-ordia? Gure Amagaitik, gustijon osasunerako ta neure onerako (Quien tiene Madre, ¿para qué quiere madrastra? Por mi Madre, a la salud de todos y a mi provecho).

Arana, aun tragando saliva por lo de la cátedra de vascuence, se trabajó mucho al Azkue del momento, adulándole sin reserva. Incluso se erigió en medio empresario de la obra teatral, proyectando representaciones por cuenta del Bachoqui, con un reparto de socios aficionados. Ahí se plantó Azkue, dejando a Sabino con las entradas impresas y muy enfadado. A partir de ahí, todo se volvió rencor, improperios y burlas contra el cura vendido al oro de los ‘fenicios’ (los euskalerríacos).
[4] «Ese cántico noble y santo… es ocasión en estos últimos tiempos… de disonancias y choques entre los fieles… No cabe tolerancia, ni flexibles modos, en aquello que tiende a turbar la paz del culto…» (Boletín eclesiástico de la Diócesis de Vitoria, 15 de julio 1934).
Imágenes: 1) 'La Coronación de la Virgen de Begoña'. Gran óleo de José Echenagusía (1902). Basílica de Begoña;

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