jueves, 19 de enero de 2012

IG FARBEN (11)


El 1 de agosto de 1943 178 bombarderos B-24 Liberator de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos se prepararon para despegar de improvisados aeródromos alrededor de Bengasi, en Libia. Se disponían a atravesar el mar Mediterráneo, el Jónico, bordear la isla de Corfú, cruzar Albania, atravesar el sur de Yugoslavia, penetrar en Rumanía por el sudoeste, y girar en dirección este para soltar su carga sobre Ploiesti, a unos 45 kilómetros al norte de Bucarest, cuyas nueve refinerías suministraban casi el 30% del petróleo consumido por el Eje. La distancia a recorrer, más de 1.000 millas, era inusualmente larga, y los aviones llevaban depósitos adicionales de combustible adosados a las alas, lo que les restaba maniobrabilidad. Para mayor dificultad, el vuelo debía realizarse a baja altura para eludir la detección del radar, y la radio debía permanecer en todo momento en silencio para no delatar su situación.

La misión se torció desde el primer momento. El despegue de los bombarderos levantó tales cantidades de arena que uno de ellos se estrelló inmediatamente. A la altura del mar Jónico la nave “Wongo wongo”, comandada por el teniente B. Flavelle, comenzó a moverse erráticamente hasta zambullirse en el mar. Al verlo, el teniente Guy Lovine, amigo íntimo del anterior, hizo una abrupta maniobra para buscar supervivientes, que lo llevo al borde de la colisión con otra aeronave, y descendió hasta la superficie del mar, desde donde fue incapaz de volver a remontar el vuelo. La confusión que siguió resultó en otros diez aparatos dando media vuelta y volviendo a la base. Los restantes aviones llegaron hasta Albania, y ascendieron trabajosamente para superar los Montes Pindus, de 3.400 metros de altitud. En la maniobra, la formación quedó rota, pero los pilotos decidieron no romper el silencio de las radios, sin saber que ya habían sido detectados por los alemanes. En el último check-point antes de Ploiesti, los aviones debían seguir el trazado de una línea férrea hasta su objetivo, pero dos de los grupos se equivocaron y decidieron seguir otra que conducía directamente a Bucarest. Ante esto, varias tripulaciones decidieron usar finalmente sus radios para advertirlos. A estas alturas, con los alemanes completamente alerta, los distintos grupos fueron llegando desperdigados a Ploiesti, dónde tuvieron que enfrentarse por separado a las fuertes defensas antiaéreas. En estas circunstancias los actos de valor se multiplicaron. Por ejemplo, Addison Baker, comandante del “Chica infernal” y del 93 grupo de combate, tuvo que atravesar sucesivamente las defensas antiaéreas de Bucarest, pues era uno de los que se había equivocado en la aproximación, y de Ploiesti antes de alcanzar su objetivo, la refinería Columbia Aquila. Sometido a un intenso fuego, se las arregló para mantener el rumbo previsto, alcanzar el objetivo, y mantener en vuelo su agujereado avión hasta que sus tripulantes lo hubieron abandonado, estrellándose fatalmente a continuación. Sólo 88 de los aparatos consiguieron volver a Libia, uno de ellos 14 horas después de haber salido y con 365 agujeros en el fuselaje. Las bajas incluían 55 aviones abatidos por los antiaéreos, y el resto caído al mar o aterrizado apresuradamente en territorio amigo o enemigo. Fue una de las acciones más costosas de las Fuerzas Aéreas norteamericanas durante la guerra; se repartieron cinco Medallas al Honor (entre ellas las de Baker y su copiloto) y numerosas Cruces por Servicios Distinguidos. El informe de evaluación de la operación fue el siguiente: no se ha conseguido una disminución significativa de la producción global.


En principio, el bombardeo de los recursos petrolíferos alemanes era considerado de importancia estratégica menor comparado con otros como los transportes y líneas de comunicaciones, o los relacionados con la aviación enemiga. Pero a partir de marzo de 1944 el general Spaatz, comandante de las Fuerzas Aéreas Estratégicas en Europa, insistió en que fuera considerado prioridad uno. Aproximadamente el 80% del petróleo alemán, y la práctica totalidad de la gasolina de aviación, provenían por entonces de dieciséis plantas de hidrogenación repartidas por el territorio. La más grande y mejor defendida de ellas era la de Leuna, y el 12 de mayo de 1944 fue concienzudamente bombardeada por 200 aviones del U.S. Eighth Air Force. El día siguiente al ataque Albert Speer, por entonces Ministro de Armamento y Producción de Guerra, se entrevistó con Heinrich Bütefisch y se percató de la magnitud del desastre. A continuación voló al Berghof para transmitir la situación a Hitler: “El enemigo nos ha golpeado en uno de nuestros puntos más débiles. En caso de continuar así, pronto no quedará producción de petróleo digna de mención”. Inmediatamente se organizó una comisión de expertos, que incluía, por paerte de IG Farben, a Krauch y a Bütefisch , a la que Speer pidió que expusiera la situación al Führer sin vaselina. De modo que Krauch , apoyando sus palabras con un gran despliegue de cifras y gráficos, le dijo a Hitler que la situación era desesperada. Göring, que temía que los daños fueran imputados a la ineficacia de la Luftwaffe, arremetió contra Krauch, pero su influencia era cada vez menor en el Führer.


Lo único que podía hacerse era restablecer cuanto antes la capacidad operativa de las plantas. Nada menos que 350.000 trabajadores fueron asignados a la reconstrucción de Leuna, y consiguieron que la producción se reanudase parcialmente en 10 días. Pero el 28 de mayo volvieron los aviones del Eighth Air Force, y la producción alemana de petróleo quedó de nuevo reducida a la mitad. A finales de junio un desesperado Speer volvió a ponerse en contacto con Hitler para resumirle los daños: en el caso de gasolina para aviación, la producción se había reducido un 90%. Así continuó el ciclo de destrucción y reconstrucción: a principios de julio los técnicos de Leuna consiguieron el prodigio de restablecer la producción al 75%; una semana más tarde la EAF la redujo a la mitad; dos semanas más tarde volvía a estar al 53%, pero a los pocos días los aviones volvieron a menguarla. En septiembre, la producción total alemana estaba por debajo del 50%, cifra que ya no superaría en lo que quedaba de guerra.


Imágenes:
1, 2 y 3.- El ataque de los B-24 a Ploiesti.
4.- Un B-17 tras atacar un objetivo no identificado.

9 comentarios:

gorkataplines dijo...

La verdad es que desde pequeñito la II Guerra Mundial me ha fascinado muchísimo. Quizá es por haber visto tantas buenas películas y documentales, o quizá por haber devorado cientos de tebeos de "Hazañas Bélicas", pero el caso es que el mayor horror que ha conocido la humanidad tiene infinitas historias como la que nos trae usted hoy que no dejan de admirarme y me producen una curiosidad irresistible.

Recientemente he leído el sexto y último tomo de la II Guerra Mundial contada por Winston Churchill y me ha parecido igual de bueno que los cinco anteriores. En total unas 5.000 páginas llenas acontecimientos extraordinarios, tremendos y brutales. Llenas también de cartas personales a y de personajes como Stalin, Roosevelt, Eisenhower, Truman o De Gaulle, de anécdotas que cuenta un hombre que no sólo lo vivió en primerísima persona y tuvo mucho que ver en su resultado, sino que siempre que podía se acercaba todo lo que le dejaban, y a veces más, al frente.

Si tiene oportunidad no deje de acercarse al bunker de Churchill en Londres, hoy convertido en un museo dedicado a su persona. El bunker está igual que en plena guerra y la visita no tiene desperdicio.

A veces intento ponerme en la piel de los pilotos que se subían en sus aviones para derribar a otros e intentar que no les derribaran. Y así una vez, y otra, y otra más, supongo que sin poder dormir y rezando porque se acabara la pesadilla y el miedo. Supongo que los que sobrevivieron no lo olvidarían nunca.

Lo mismo pasa con los soldados de a pie y con los marinos. Todos las pasaron muy putas, pero como siempre me han gustado los aviones, aunque me dan mucho miedo, los aviadores me fascinan aún más.

En cualquier caso, esta fascinación por acontecimientos tan terribles debe ser porque la violencia extrema y el horror produce un atractivo irresistible en el ser humano, o al menos en mi.

Usted cree que debería ir al psiquiatra?

navarth dijo...

GORKATAPLINES, no creo que deba ir al psiquiatra (y si es así, yo tendré que acompañarlo) Precisamente ayer Brunilda y yo comentábamos lo que debían sentir los que iban a bombardear Ploiesti, e imaginar cuál sería la emoción predominante. El miedo, supongo. El caso es que en la SGM hay tal cantidad de historias que episodios como este, que para sus protagonistas sería la vivencia de sus vidas, pasan desapercibidos. Por cierto, espero que le hayan gustado las fotos de esta entrada. A mí me han parecido impresionantes.

Tengo pendiente las memorias de Churchill. ¿Me aconseja ir por orden, o que escoja el tomo correspondiente a la guerra? Un abrazo.

gorkataplines dijo...

Creo que hay una versión "abridged" de menos de mil páginas, pero yo estuve más de dos años ( con descanso entre libro y libro) leyendo la versión integral de los seis tomos: http://www.amazon.com/Second-World-War-Six-Boxed/dp/039541685X/ref=sr_1_7?ie=UTF8&qid=1327175937&sr=8-7

Todos cuentan cronológicamente la guerra y, lógicamente, hay que empezar por el primero -"The Gathering Storm", en el que cuenta los preliminares, cómo se montó el pollo, y que es interesantísimo- y acabar por el último.

Creo que no se arrepentirá.

navarth dijo...

Pues ¡hala!, dicho y hecho. Acabo de comprarlo en Amazon.

Psykoaktive dijo...

Buenas noches D. Navarth y D. Gorka,

Pues me voy a apuntar su sugerencia D. Gorka, así aprovecho y "estreno" el Imperial War Museum.

Lo de las fotografías era algo que precisamente me ha llamado la atención. Recientemente me leí Catch-22 y, en cierta medida, era poner imágenes a lo que realmente pasó.

Espero con interés la próxima entrega.

Saludos

Anónimo dijo...

Hola Navarth: Muchas gracias por la información que ha vertido en estos años a IG Farben. Ojalá no se apaguen sus deseos de continuar con la misma. Carlos

Carlos dijo...

Hola Navarth: Muchas gracias por la información que ha vertido en estos años a IG Farben. Ojalá no se apaguen sus deseos de continuar con la misma. Carlos

navarth dijo...

Muchas gracias a usted, Carlos. Resulta muy gratificante que alguien lea lo que uno escribe y lo encuentre interesante. En realidad tendría que acabar esta serie con lo que ocurrió a los directivos de IG Farben en Nuremberg, pero se me cruzan otras cosas. Algún día. Un saludo.

Carlos dijo...

Gracias por su respuesta. Esperaré a que se renueve su entusiasmo y el algun momento llegue el nº 12.
Saludos, carlos