martes, 26 de abril de 2011

IG FARBEN (7)


El 11 de marzo de 1938 la Wehrmacht cruzó la frontera austriaca, y unos días más tarde directivos de IG Farben siguieron sus pasos. Su objetivo era presentar un memorándum titulado “Un nuevo orden para una gran industria química en Austria”. Este nuevo orden consistía, en esencia, en la toma de control por parte de IG Farben de la Skoda Werke Wetzler, la mayor empresa química del país. Las razones aducidas por IG en su documento eran que la absorción facilitaría el cumplimiento del plan cuatrienal aprobado por Hitler, y, de paso, eliminaría la influencia judía en el sector, pues, tal y como IG se encargaba de señalar, SWW estaba controlada por los Rothschild. En realidad, desde antes del Anschluss los Rothschild eran conscientes de la amenaza que suponía IG Farben, y, a través de su director general Isador Pollak habían intentado conjurarla mediante la fusión con alguna otra gran compañía del sector. Inmediatamente después de la ocupación austriaca, un decreto gubernamental ordenó el despido de todos los trabajadores judíos de SWW, e IG se encargó de facilitar personal ario para llenar los huecos. Pero además de esta ocupación de hecho, y con el fin de dar una apariencia legal a la apropiación, directivos de IG Farben entablaron negociaciones con los Rothschild a través del representante personal de éstos Josef Joham. El caso es que Joham también era judío y esto reducía a cero su capacidad negociadora, como los propios agentes de IG se encargaron, de forma ominosa, de poner de manifiesto durante sus conversaciones. Finalmente, en otoño IG Farben estuvo en posesión de los documentos que acreditaban la propiedad de WWF. Para entonces Joham ya había huido de Austria, pero no así Isador Pollak, que fue literalmente pateado hasta la muerte por personal de las SS.


El siguiente plato del festín de Hitler era Checoslovaquia, y el 29 de septiembre de 1938 Chamberlain y Daladier dieron en Munich el visto bueno para la ingesta. La atención de IG estaba centrada en dos plantas de Aussiger Verein, la mayor química checa, localizadas en los Sudetes. Esta empresa, al ser el 25% de sus directivos judíos, era considerada judía de acuerdo con las leyes de Nurenberg, lo que posibilitaba a las autoridades su expropiación.. El día siguiente a la entrada del ejército alemán, Hermann Schmitz mandó un telegrama de felicitación a Hitler: ”Profundamente impresionados con el retorno de los Sudetes al Reich que usted, mi Führer, ha conseguido. I.G. Farbenindustrie A.G. pone a su disposición medio millón de marcos para que los utilice en este territorio”. A continuación IG comenzó la negociación con AV para comprar sus plantas, y el encargado fue el barón Georg von Schnitzler, uno de los más importantes directivos no técnicos de IG. A falta de una mejor arma de negociación, los representantes de AV se dedicaron a arrastrar los pies y a demorar el proceso, hasta que Schnitzler amenazó con denunciar ante Hitler su falta de colaboración. Esta ruptura de la paz social, continuó, podría muy bien servir como razón para la ocupación del resto de Checoslovaquia. Puestos al habla los directivos de AV con miembros del gobierno checo, éstos confirmaron que las amenazas de Schnitzler no carecían de fundamento, y les recomendaron que arreglasen sus asuntos como pudieran puesto que ellos tenían sus propios problemas. Así las cosas, en un par de días se firmo la venta de AV a IG.

En septiembre de 1939 Hitler invadió Polonia. IG ambicionaba tres compañías del sector de los colorantes: Boruta, la más grande, Wola, una pequeña compañía controlada por judíos, y Winnica, controlada a medias entre la francesa Kuhlmann y la filial suiza de IG. Schnitzler se dirigió, pues, al Ministerio de Economía para declarar que IG estaba en condiciones de operar las tres plantas, pero la respuesta que encontró fue más bien fría. Lo que ocurría era lo siguiente. Heinrich Himmler, jefe de las SS, comenzaba a despuntar por encima de Göring, el tradicional aliado de IG. Himmler, que tenía sus propios planes para las propiedades confiscables en los países conquistados, había dado órdenes a su delegado en Polonia para vetar cualquier movimiento que se produjera sin su consentimiento, de modo que Schnitzler encontraba ahora las puertas cerradas. De modo que, viendo el realineamiento de los astros nazis, IG comenzó un progresivo acercamiento a la órbita de Himmler.


De forma paralela al estrechamiento de la relación entre IG y los nazis, Carl Bosch fue siendo despojado de todas sus responsabilidades en IG. Bosch, que consideraba que sus aportaciones en el campo de la fabricación de carburante y goma sintética habían sido decisivas para la guerra, se sumió en recurrentes depresiones y se refugió en el alcohol, hasta que decidió irse de Alemania. En febrero de 1940 marchó a Sicilia acompañado de una colonia de hormigas que le había donado el Instituto Káiser Guillermo. No es de extrañar que su depresión se acentuara, por lo que al poco tiempo volvió a Alemania y murió en Heidelberg. Poco antes predijo la inminente caída de Francia, a la que, a medio plazo, seguiría inexorablemente la de la propia Alemania y la de IG Farben.


En mayo de 1940 los tanques de von Manstein atravesaban las Ardenas; unas semanas más tarde Francia ya se había rendido, mientras Inglaterra rescataba a sus tropas de Dunquerque. Con cada nueva invasión, IG Farben se encargaba de redactar puntualmente el correspondiente memorándum sobre el nuevo orden de la industria química. El redactado tras la caída de Francia no sólo detallaba el destino de las empresas químicas de Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Noruega y Dinamarca, sino también de Rusia, hasta ese momento aliada de Alemania, de Inglaterra, aún no conquistada, e incluso de Suiza. Con el tiempo, también fue incluida en los planes la industria de los Estados Unidos. En opinión de IG, la clave para controlar el mercado europeo era, precisamente, Francia, y dentro de ésta la empresa más importante era Kuhlmann. En agosto el plan de IG fue presentado al Ministerio de Economía. Según él, todas las compañías francesas de colorantes debían fundirse en una, que se llamaría Francolor, de la que IG tendría el 51% del accionariado, repartiéndose el 49% restante entre las compañías francesas. Pero cuando el plan les fue comunicado a los franceses lo rechazaron enérgicamente, pues pretendían negociar con IG en condiciones de igualdad. A fin de cuentas, en octubre Hitler y Pétain habían firmado un pacto en Montoire en el que se establecían las bases de la colaboración franco-alemana: “El Eje y Francia tienen idéntico interés en ver conseguida la derrota de Inglaterra en el menor tiempo posible. En consecuencia el Gobierno francés apoyará, dentro del límite de sus fuerzas, las medidas que el Eje pueda adoptar en este sentido.”*

Dentro del espíritu de colaboración nacido en Montoire, los representantes franceses del sector químico arreglaron un encuentro con miembros del gobierno alemán e IG en Wiesbaden, en noviembre de 1940. Por parte alemana acudieron Hans Hemmen, máximo responsable económico de la delegación alemana enviada a negociar el armisticio, y el inevitable Schnitzler. En Wiesbaden los franceses comenzaron a exponer sus puntos de vista en pie de igualdad, como aliados, hasta que Hemmen dio un puñetazo en la mesa que hizo volar todos los papeles y se marchó dando un portazo. Schnitzler, más educado, tradujo sus palabras: no podía olvidarse que Francia había declarado la guerra a Alemania y la había perdido, y, por eso, no estaban en una negociación entre iguales, sino entre vencedores y vencidos. La delegación francesa informó de los resultados del encuentro al Gobierno francés, que se mostró alarmado. No sólo la industria de los colorantes era considerada esencial para las necesidades de defensa, sino que se temía que esta primera negociación marcara las pautas para las que se producirían en el resto de los sectores. Mientras tanto IG realizó una nueva aproximación usando el palo (la amenaza de confiscar Kuhlmann conforme a las leyes de Nuremberg) y la zanahoria (compensar a los franceses con un 1% del accionariado de IG). Finalmente en noviembre de 1941 se cerró el acuerdo.


En verano de 1942, Hitler se encontraba librando su temida guerra en dos frentes, y las masivas movilizaciones habían dejado despobladas las industrias alemanas. Se pensó utilizar mano de obra francesa, pero del total de 350.000 trabajadores requeridos, sólo acudieron 30.000. Entonces se recurrió a Francolor, que se encargó de transferir a Alemania a una parte de sus trabajadores, sin consultar a éstos. A partir de ese momento los alemanes se referirían a los directivos franceses de Francolor como los “tratantes de esclavos”.
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* A cambio, continuaba el acuerdo, a Francia le sería reconocido el lugar “que merecía”. Por fortuna para Francia, al finalizar la guerra no se le reconoció el lugar que merecía, sino que fue considerada potencia vencedora de la guerra, con derecho a un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Imágenes, superior a inferior:
1. Revista comercial de IG Farben: “De obra en obra”
2. Hitler anuncia el Anschluss en el Reichstag.
3. Exterior del edificio de IG Farben en Frankfurt.
4. Mapa: “Los logros de IG en todo el mundo”
5. Edificio IG Farben

4 comentarios:

Carmen Quirós dijo...

Terrible relación, Navarth. Es bueno que recordemos o tengamos noticias de estos episodios que nos enfrentan a la dinámica que alcanzan los sistemas que se asientan en nacionalismos totalitarios; para que no nos relajemos frente a sus herederos, pensando que son un fragmento despreciable los que los apoyan. Basta una coyuntura excepcional para que prendan como fuego en la paja, se extiendan y suman a la sociedad en un horror inimaginable.

navarth dijo...

Estoy completamente de acuerdo. Como demuestra reiteradamente la historia, es peligroso pensar que este tipo de cosas sólo ocurren a los demás. Saludos.

yapoco dijo...

Pues sí que se está poniendo interesante el asunto IG. No tenía ni idea de estas absorciones de empresas tras la invasión de cada país. Pensé que todo lo asumía el Estado.

yapoco dijo...

Se me olvidaba... Felicidades, Brunilda