lunes, 10 de enero de 2011

IG FARBEN (5)


Uno de los primeros movimientos de la recién constituida IG Farben fue conseguir control accionarial suficiente sobre las principales empresas de explosivos de Alemania. De este modo, IG se integraba verticalmente con las que hasta ese momento habían sido sus clientes. Simultáneamente comenzó una expansión internacional, creando en Estados Unidos la IG Chemical Company. Sin embargo en Francia fracasaron sus intentos de adquirir, a través de hombres de paja, el control de la Kuhlmann, la principal industria del sector, cuando la verdadera identidad de los adquirentes salió a la luz. Una creciente preocupación para IG residía en que la competencia en la producción de nitratos era cada vez mayor. Francia y Estados Unidos habían construido sus propias plantas Haber-Bosch, y otros países industrializados comenzaban a desarrollar las suyas. El crecimiento de la producción mundial hacía prever que en breve IG tendría que reducir la capacidad de Leuna y Oppau.

Pero el sueño de Bosch era liberar a Alemania de la dependencia del petróleo extranjero, usando para ello la tecnología de alta presión y sus ingentes reservas de carbón. A las consideraciones patrióticas se unía la expectativa de enormes beneficios, que el crecimiento espectacular del sector del automóvil permitía esperar. En realidad, ante la creciente demanda de carburante, los expertos auguraban el inminente agotamiento de las reservas petrolíferas mundiales. Como consecuencia de esa preocupación generalizada, en 1924 el Presidente Calvin Coolidge creó la Federal Oil Conservation Board, organismo dedicado al estudio y evolución del sector.

Finalmente Bosch decidió adquirir los derechos sobre el proceso Bergius de conversión de carbón en carburante sintético. Bosch era plenamente consciente de que hasta ese momento sólo se había conseguido reproducir en laboratorio, pero tenía plena confianza en su propia capacidad técnica para, de forma similar a como había hecho con el proceso Haber de producción de nitratos, adaptarlo a la producción industrial. Sólo existía un problema: el coste. El precio de las patentes, y la cuantía de las inversiones, habría estado fuera del alcance de BASF en solitario, pero resultaba excesiva incluso para los recursos acumulados de IG. Fue necesario el genio de Hermann Schmitz*, que recientemente había sido nombrado director financiero del grupo, para materializar la adquisición, pero la situación económica de IG quedó seriamente comprometida. De inmediato, Bosch comenzó una la construcción de un laboratorio experimental en Oppau.

Con el fin de aliviar las enormes cargas financieras de IG, Bosch pensó en contar con un socio internacional que compartiera los gastos de investigación, y la elección recayó en la Standard Oil. Sólo era necesario convencerla, y a tal fin, en la primavera de 1925 Bosch envió a unos cuantos altos directivos a Estados Unidos para sondear los intereses de la petrolera. En el curso de la visita, que duró varias semanas, los ejecutivos mencionaron, como de pasada, los progresos que Bosch había logrado en el proceso de producción sintética de petróleo, e invitaron a sus colegas a devolverles la visita a Alemania. De este modo en marzo de 1926 Frank Howard, responsable de investigación y desarrollo, llegó a Ludwigshafen, la sede de BASF. Allí quedó tan impresionado por los laboratorios alemanes que inmediatamente se puso en contacto con Walter C. Teagle, presidente de Standard Oil, que en aquellos momentos se encontraba en París, pidiéndole que se reuniera con él en los siguientes términos: “de acuerdo con mis observaciones y las discusiones que hemos tenido hoy, creo que este asunto es el más importante asunto al que se ha enfrentado la compañía desde su disolución**. La BASF puede producir gasolina de alta calidad del lignito y otros carbones de baja calidad. Esto significa, absolutamente, la independencia de Europa en suministro de carburante. Sólo nos queda competir en precio”. Llegado a Ludwigshafen, Beagle quedó igualmente impactado: ” no sabía lo que era investigación hasta que llegué aquí”.

La alarma de Howard y Teagle era algo prematura, pues de momento Bosch se había limitado a la construcción de unos cuantos hornos experimentales Bergius en Oppau. Pero tan visible había sido el interés de la Standard Oil que acabó por contagiar al propio Bosch, quien, echando todas las precauciones por la borda, ordenó la inmediata construcción de una gigantesca planta Bergius junto a la planta Haber-Bosch de Leuna. Lo anunció a los accionistas de IG, ante la alarma de éstos, en la junta celebrada el 1 de septiembre de 1926. Pero la medida pareció más razonable cuando, unas semanas más tarde, la Federal Oil Conservation Board emitió un informe que anunciaba lúgubremente que las reservas mundiales de petróleo no durarían más allá de seis años.

En agosto de 1927 Teagle y Bosch alcanzaron un acuerdo de cooperación para la investigación y desarrollo, en el que la Standard se comprometía a construir una planta Bergius para el refinado de petróleo crudo en Luisiana, adquiriendo la mitad de los royalties que pudieran derivarse del proceso, si este llegaba a buen puerto y a ser patentado. A pesar de la insistencia de Teagle, Bosch retuvo firmemente todos los derechos relativos a la producción directa de gasolina a partir de carbón. Sin embargo, sólo un año más tarde la situación económica de IG obligó a Bosch a replantear la situación. En este nuevo acuerdo, Standard Oil adquiría la patente Bergius de conversión de carbón en carburante y los derechos de explotación en todo el mundo salvo Alemania. A cambio IG obtenía un 2% del accionariado de Standard, y 35 millones de dólares en efectivo. Ambas empresas habían delimitado sus respectivas áreas de influencia a la manera de de grandes potencias.

Una vez concluido el acuerdo, Bosch se dedicó de lleno a otro proyecto. Con el fin de eliminar, también, la dependencia alemana del caucho, IG estaba trabajando en la obtención de un caucho sintético llamado Buna a partir del carbón. Por el momento los coste eran excesivos, y de ningún modo podían competir con los del caucho natural. Pero Bosch esperaba reducir los costes utilizando petróleo en lugar de carbón como materia prima. Una vez más, se puso en contacto con Standard para compartir los costes y beneficios del proyecto, y el acuerdo culminó con la constitución de la Joint American Study Company (JASCO)

Apenas se habían completado los acuerdos entre IG Farben y Standard Oil cuando sufrieron un golpe demoledor. La Gran Depresión, combinada con el descubrimiento de nuevos pozos petrolíferos en Tejas, provocó un descenso del precio del crudo que hizo que el proyecto de conseguir gasolina sintética a partir de carbón se arrumbara en un rincón. De manera similar, la caída aún más drástica del precio del caucho natural hizo que IG aparcara el proyecto de obtención de buna, que no se revitalizaría hasta la inminencia de la guerra.

* Ver IG Farben (3)
** Se refiere a la división de Standard Oil Trust en 1911 por decisión de la Corte Suprema de EEUU.
(En la imagen, Carl Bosch)

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