domingo, 15 de abril de 2018

LA RAZA CATALANA

Entrevista a Francisco Caja en La Gaceta (11 de julio de 2016): “El catalanismo desde un punto de vista doctrinal debe ser colocado entre las filas de lo que se denomina técnicamente la raciología (…) Se estudian los textos y se constata la existencia de una raza catalana con unas características singulares”. La raza es, ha sido siempre, una «diferencia» de naturaleza espiritual, manifiesta el presidente de Convivencia Cívica Catalana, que explica que la definen fundamentalmente, porque no pueden recurrir a otra cosa, por rasgos espirituales, una diferencia espiritual en relación al otro, al enemigo, que es el castellano.


Esta es, pues, la tesis básica de La raza catalana: «Este libro sostiene que el núcleo de la doctrina catalanista es la doctrina de la raza». Como es natural, a partir de la segunda guerra mundial este fundamento está cuidadosamente disimulado: «Si uno dijera: los inmigrantes son una raza inferior que amenaza la pureza de sangre de la raza catalana sería inmediatamente tachado de racista. Consecuentemente la forma de burlar esa “prohibición” es transferir la estructura que se contiene en esa fórmula a términos “abstractos” o “metafóricos”, que expresan lo mismo pero consiguen “hacer pasar” el contenido prohibido-reprimido». ¿Y la raciología qué es? «Su presupuesto es la existencia de una diferencia espiritual irreductible entre los grupos humanos, esto es, su desigualdad esencial, observable en sus manifestaciones “materiales”».

«Die Religion ist einerlei. In der Rasse liegt die Schweinerei» No importa lo que reza; la condición del cerdo está en la raza. Esta es la traducción aproximada de un ripio, dedicado a los judíos, que circulaba en la Alemania de los años 30. Tras la llegada del nacionalsocialismo al poder un Decreto de 7 de abril de 1933 ordenó la expulsión de funcionarios de “ascendencia no aria”. Faltaba entonces definir los criterios raciales que permitirían distinguir a los arios de los no arios, y un reglamento de 11 de abril hizo una primera aproximación: no arios serían aquellos que tuvieran un progenitor o un abuelo judío. ¿Y cómo se detectaría a estos? Pues no por la sangre, o por criterios físicos tales como la curvatura de la nariz, sino por la religión que practicaban. En 1935, en una de las masivas manifestaciones de Nuremberg, Hitler ordenó que se redactara inmediatamente una “Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes” –obsérvese la mezcla de aspectos físicos y espirituales-. Su forma definitiva se alcanzó un par de meses después en la Primera Ordenanza de la Ley de Ciudadanía del Reich, que dividió, a través de una casuística complicada, a los no arios entre judíos y Mischlinge –mezclados-: sobre los judíos recaería toda la acción criminal nazi. Lo importante –y sorprendente- es constatar que, a pesar de llamarse “leyes raciales”, el criterio seguía sin ser racial sino religioso; y lo determinante ni siquiera sería la religión del afectado, sino la de sus antecesores [1].

Por tanto ni siquiera el mayor de los racialismos es racista: ésta no es más que una etiqueta para el potente impulso destructivo que subyace. ¿Y cuál es este? Llámese racialismo, nacionalismo, etnicismo o supremacismo ante lo que estamos es ante la necesidad de definir un agregado de personas –una tribu, un clan, una raza, una etnia, una nación- a la que se atribuye una superioridad espiritual:

«Los pueblos (...) son principios espirituales. En vano se querrá dar de ellos una explicación geográfica, etnográfica o filológica. El ser y esencia del pueblo están, no en las razas ni en las lenguas, sino en las almas. La nacionalidad es, pues, un Volkgeist, un espíritu social y público». [2] 


Como la definición se hace por contraposición a un enemigo -que funciona como el espejo deformado del agregado ideal- el catalizador es el odio. [3]. Sí, uno de los atractivos de este movimiento es la canalización del resentimiento y la frustración, y por eso los brotes más virulentos se producen en las crisis más profundas. Se suele asociar el nacionalismo al romanticismo, pero este impulso primordial –construcción especular del agregado propio y el enemigo- es obviamente muy anterior. Según Tony Blair nació cuando el primer troglodita se asomó desde su cueva y, señalando hacia afuera con su cachiporra, dijo: ahí está el enemigo. Propongo, por tanto, “tribalismo” para describir este fenómeno.

Es importante entender que este impulso está inscrito en nuestros genes. La democracia liberal –el oasis- es una construcción cultural; la disolución en la tribu- el desierto- es una tendencia biológica. Por eso la segunda es mucho más potente que la primera, lo que dificulta notablemente la defensa del oasis.


He aquí unas pinceladas de muestra. Observen qué parecida es esta dicotomía de Domènec Martí i Julià a las que hacía Sabino Arana entre vascos y maketos: no falta ni el organillo que tanto atribulaba al patriota vasco:

«En Cataluña (¡que siempre lo podamos decir!) no existen los dos terribles elementos que son más expresivos de la decadencia de los pueblos: los atentados a las personas y el vicio de la bebida. Los atentados a las personas [...] son cometidos la inmensa mayoría de veces por individuos forasteros. [...] Lo mismo puede decirse de los borrachos: son pocos y no de casa. Poseyendo nuestra personalidad nacional caracteres antropológicos y sociales de tanto valor, clama al cielo que se permitan costumbres tan desnaturalizadoras como -la estampa es el retrato mismo de la corrupción-: ‘En una mala barraca, en la penumbra, en la que corrientes de aire helado hieren los pulmones como puñaladas, mientras un piano de manubrio excita apetitos infames con sus toques indecentes de la flamenquería castellana’».


O la teoría de Pompeu Gener:

«El problema está entablado entre la España Lemosina, Aria de origen y por tanto evolutiva, y la España Castellana, cuyos elementos Presemíticos y Semíticos, triunfando sobre los Arios, la han paralizado, haciéndola vivir sólo de cosas que ya pasaron».

«España está paralizada por una necrosis producida por la sangre de razas inferiores como la Semítica, la Berber y la Mogólica, y por espurgo que en sus razas fuertes hizo la Inquisición y el Trono, seleccionando todos lo que pensaban, dejando apenas como residuo más que fanáticos, serviles e imbéciles».

«La raza del Centro que quería pasar por superior y culta, resulta bárbara, monótona y atrasada como una tribu de África».

… sin olvidar, por supuesto, su explicación química de la diferencia:

«La atmósfera de Madrid es pobre en helio y argón, y en sus aguas faltan el ‘krypton, el neon y el xenon’, de forma que en Madrid «la inteligencia tiene que funcionar mal por fuerza, por la deficiente nutrición del cerebro».

Tampoco es que sea mucho más sofisticada la distinción que hace Enric Prat de Riba entre las mentalidades catalana y castellana:

«la una positiva y realista, la otra fantasiosa y charlatana; la una llena de previsión, la otra el colmo de la imprevisión; la una ligada a la corriente industrial de los pueblos modernos, la otra nutrida de prejuicios de hidalgo cargado de deudas e inflado de orgullo. Éstos son los rasgos distintivos propios de los dos pueblos que son la antítesis uno del otro por la raza, el temperamento y el carácter; por el estado social y la vida económica. [...] Los castellanos, que los extranjeros designan en general con la denominación de españoles, son un pueblo en el que el carácter semítico es predominante; la sangre árabe y africana que las frecuentes invasiones de los pueblos del sur le han inoculado se revela en su manera de ser, de pensar, de sentir y en todas las manifestaciones de su vida pública y privada».

La distinción entre catalanes-arios y castellanos-semitas se convertirá, especialmente después de la crisis del 98, en una de las ideas clave del nacionalismo catalán. Después de la Segunda Guerra Mundial la racionalización racista del tribalismo desaparece apresuradamente [4] y, manteniéndose intacto éste, es sustituida aquella por un cóctel de cultura, etnia y lengua [5]: ahora la etiqueta triunfadora es “respecto a la identidad cultural”.


La cuestión es esta: el tribalismo, independientemente de la etiqueta con que se adorne, destruye meticulosamente todos los valores ilustrados que conforman nuestra democracia liberal. El más obvio, la igualdad. Pero también anula la libertad y la autonomía personal: al conferir determinados valores espirituales a los agregados –buenos al propio, malos al ajeno- se acepta implícitamente que los miembros de cada uno de ellos están impregnados fatalmente por ellos. El cervantino “no es un hombre más que otro si no hace más que otro” se sustituye por “un hombre es más que otro si pertenece a la tribu adecuada” –desde sus respectivas perspectivas tribales todas lo son, claro-. Ante esto el progreso personal no es posible.

Como recuerda el profesor Caja «la raza manda, es un fatalismo -el término es del propio Robert- frente al que la voluntad política nada podrá». Estamos ante la famosa distinción de Ignatieff entre nación étnica –la definida por los valores imaginarios del agregado escogido- y nación cívica –la determinada por los derechos de ciudadanía-. Pere Bosch Gimpera distinguirá entre el pueblo, lo auténtico y esencial, y el estado, lo falso y contingente e impotente ante aquel. Así lo describe Prat de la Riba:

«que España no es nuestra patria [...] que el Estado es una entidad artificial, que se hace y deshace por voluntad de los hombres, mientras que la patria es una comunidad natural, necesaria, anterior y superior a la voluntad de los hombres».

Adiós, por tanto al concepto universal de ciudadanía; en su lugar la sociedad queda dividida entre buenos y malos, puros e impuros con algún hereje de por medio.

Observemos ahora estos dos textos, este del Doctor Bartomeu Robert en su discurso del Ateneo de 1900:

«El hombre, considerado en el concepto de su conformación física, a pesar de la multiplicidad de los órganos que lo componen, no es más que una inmensa federación celular. La Nación en el concepto orgánico, no es otra cosa que una numerosa agrupación de hombres los cuales vienen a representar, respecto del conjunto, una manera de células sociales»,


Y este de Martí i Julià:

«Los pueblos, los núcleos sociales diferenciados, las nacionalidades, son organismos vivos en los cuales se encuentran todas las funciones y actividades que posee la personalidad humana. Son organismos más superiores aún que los humanos porque poseen funciones intelectuales y morales más desarrolladas, más extensas, más complejas, y porque puede decirse que son organismos más conscientes y con mayor conocimiento de todos los atributos, antecedentes y accidentes. El elemento fundamental de estos organismos sociales es la personalidad nacional, que no está precisamente localizada en el individuo, porque es imposible que la individualidad sea pura y sin defectos, pero que, aunque se encuentra en el conjunto de todos los individuos, es la expresión de una suma de individualidades con las menos imperfecciones posibles».

En el tribalismo las personas quedan reducidas a células del organismo superior –y Martí i Juliá explicita lo superior que es éste-, lo que quiere decir a que las personas siempre serán subordinables a la tribu. Este es el último y devastador ataque contra el principio ilustrado –y kantiano- del valor absoluto de la persona. Adiós a los derechos individuales; bienvenidos los derechos de los pueblos y las lenguas.

Hemos dicho desde el principio que el impulso tribal está en la naturaleza humana. ¿Qué es lo que ofrece a la persona, tentándola a abdicar de la libertad, la igualdad, y la ciudadanía? Pues lo habitual: la tribu ofrece calor, certeza, elusión de responsabilidad, sentido a la vida e inmortalidad: «El individuo y la raza son eternos a través del soma, que pasa de padres a hijos y no muere». [6] 

Por supuesto el tribalismo marcha invocando todos los valores que va destruyendo en su camino. Por supuesto apela continuamente a la democracia, con la que es incompatible: hay que estar en guardia ante los espejismos que conjura, a base de convertir los valores ilustrados en palabras bonitas y huecas. Quizás el caso más llamativo sea el de la diversidad, a la que el tribalismo aborrece, y que invoca para construir parcelas que no puedan contaminarse al contacto con el otro: en ningún sitio es más visible este temor al contagio que cuando el nacionalismo reclama un estado, puro e incontaminado, para la tribu.

En el segundo tomo de La raza catalana Francisco Caja explica como el pujolismo, sin alterar en absoluto el contenido tribal del nacionalismo catalán, cambia la racionalización racista por la étnico-cultural- lingüística. Lo veremos en una próxima entrada.

La raza catalana (Volumen 1). Francisco Caja López (2009).


NOTAS:

[1] Francisco Caja recuerda estos comentarios de Hitler recogidos por Martin Bormann: «Hablamos de raza judía por comodidad de lenguaje, puesto que no existe, propiamente hablando, y desde el punto de vista de la genética, una raza judía. Sin embargo, existe una realidad de hecho a la que, sin la menor duda, se puede otorgar esta calificación que es incluso admitida por los mismos judíos (…) La raza judía es ante todo una raza mental».

[2] Prat de la Riba.

[3] Prat de la Riba lo revelará ingenuamente «éramos catalanes y nada más que catalanes, sentir lo que no éramos para saber claramente, profundamente, lo que éramos, lo que era Cataluña; esta obra, esta segunda fase del proceso de nacionalización catalana, no la hizo el amor, como la primera, sino el odio».

[4] A excepción de Bosch Gimpera, de quien hablaremos en su momento.

[5] Francisco Caja afirma que la lengua de los nacionalistas «es un devorador de cuerpos, un super-organismo que tiene derechos imprescriptibles, que impone deberes, que exige fidelidad absoluta, una lealtad inexcusable, que toma posesión de los cuerpos».

[6] Bosch Gimpera.

Imágenes: 1) Francisco Caja; 2) Enric Prat de la Riba; 3) Domènec Martí i Julià; 4) Pompeu Gener; 5) Pere Bosch Gimpera; 6) Estatua al doctor Robert en Sitges.

3 comentarios:

Bruno dijo...

Ja, ja. Parece que haya husmeado toda la bibliografía en un siquiátrico... muy peligroso. Como monos con pistola.
Intente poner el nombre del interfecto con la foto para poder correlacionar lo que dice cada una de esas luminarias con su careto.
Su artículo es muy peligroso. Si lo lee un catalufo espabilado concluirá con que la única forma de preservar para el futuro y la eternidad la pureza de ese espíritu supremo es que las auténticamente catalanas se tatúen una foto del desguitarrado encima de su monte de Venus, digo de Montserrat, y que los catalufos de purísima sangre se esculpan una estelada en la punta del glande. Las credenciales no para entrar en la UE sino para reconocerse antes de darse una alegría reproductiva al ritmo pausado de una sardana. A saltitos..

navarth dijo...

D. Bruno, agradézcalo al profesor Caja que ha hecho un trabajo extraordinario. Un abrazo.

Bruno dijo...

Pues mándele un saludo agradecido si tiene contacto con él. Y que lleve cuidado con su salud, que uno trata estas cosas y se puede volver tarumba.
Mucha suerte en su travesía política. Ya sabe que estamos expectantes. No por ud., sino por su circunstancia.