domingo, 4 de marzo de 2018

ISAIAH BERLIN O EL LIBERALISMO CAUTELOSO


Parte 1. El dogma invisible.

“Siglo de las Luces” es el título perfecto para el relato de la Ilustración: el momento magnífico en que la razón y el conocimiento aportarían la luz que disiparía las tinieblas de la superstición y la ignorancia en las que, voluntaria o involuntariamente, se había sumergido y esclavizado a la humanidad.

«La reorganización racional de la sociedad pondría fin a la confusión espiritual e intelectual, al reinado del prejuicio y la superstición, a la obediencia ciega a dogmas no examinados, y a las estupideces y crueldades de los regímenes opresivos que esas tinieblas intelectuales habían engendrado y promovido».

Lo que sin duda nació fue la era de las ideologías: visiones sobre la organización de la sociedad nacidas de los propios gustos y fobias de sus autores, presentadas con el envoltorio de la razón, y destinadas a sustituir las antiguas religiones con sus propios profetas, herejes e infiernos. Con la vista puesta en los avances de las ciencias naturales, estas visiones asumieron inadvertidamente un dogma: en algún sitio está la respuesta correcta. De algún modo la razón permitirá encontrar la fórmula científica que, con la limpieza de una ecuación, permita definir una sociedad ideal en la que todos los valores convivan armoniosamente.

«En algún momento comprendí que lo que todas estas visiones tenían en común era un ideal platónico: en primer lugar que, como en las ciencias, todas las preguntas auténticas deben tener una respuesta y sólo una, siendo las demás, necesariamente errores; en segundo lugar, que debe haber un camino seguro hacia el descubrimiento de estas verdades; en tercer lugar, que las auténticas verdades, una vez descubiertas, necesariamente deben ser compatibles entre sí y formar un todo común, pues una verdad no puede ser incompatible con otra».


Parte 2: la incompatibilidad de los valores


Cuando Isaiah Berlin leyó a Maquiavelo descubrió que consideraba las virtudes cristianas incompatibles con las de un gobernante que, siguiendo el modelo de los romanos, pretendiera llevar a su país a la grandeza. No es que Maquiavelo antepusiera las virtudes romanas a las cristianas; sencillamente advertía de que el gobernante que lo hiciese difícilmente podría ejecutar con éxito su tarea:

«La idea que esto sembró en mi mente fue la percatación (con un sobresalto) de que no todos los valores supremos buscados por la humanidad, antes y ahora, son necesariamente compatibles».


A continuación descubrió sucesivamente a Gianbattista Vico y a Johann Gottfried Herder. Ambos veían las culturas y civilizaciones como diferentes soluciones a las necesidades humanas; distintos modos de combinar los valores obteniendo cócteles distintos a partir de ellos. Cada una de estas culturas tiene lo que Vico denominaba su “centro de gravedad” en torno al que se articula su existencia. Un espectador proveniente de otra cultura puede asomarse a ella, como hace el turista que visita lugares diferentes. Pero para vivirla plenamente tendría que sumergirse en ella, entrar en un medio diferente del propio con sus reglas particulares:

«Pero no hay una escala de ascenso de los antiguos a los modernos. Si esto es así, tiene que ser absurdo decir que Racine es un poeta mejor que Sófocles, que Bach es un Beethoven rudimentario, que, digamos, los pintores impresionistas son la cúspide a la que aspiraron pero no alcanzaron los pintores de Florencia. Los valores de esas culturas son distintos y no necesariamente compatibles entre sí».

A la asunción inconsciente de que todos los valores son compatibles entre sí, y que por tanto se trata sencillamente de resolver el rompecabezas en el que encajarán limpiamente, Roger Scruton lo llamará “falacia de la agregación”.

«El concepto del todo perfecto, la solución última, en que coexisten todas las cosas buenas, me parece no sólo inalcanzable —esto es una perogrullada— sino conceptualmente incoherente; no entiendo lo que significa una armonía de esta índole. Algunos de los grandes bienes no pueden vivir juntos. Esta es una verdad conceptual. Estamos condenados a elegir, y cada elección puede entrañar una pérdida irreparable.».

En concreto, hay dos valores humanos básicos que no son estrictamente compatibles entre sí: la libertad y la igualdad

«Tanto la libertad como la igualdad se encuentran entre las metas básicas que los seres humanos han buscado durante muchos siglos; pero la libertad total para los lobos es la muerte para los corderos, la libertad total de los poderosos, de los talentosos, no es compatible con el derecho a una existencia decente de los débiles y los menos dotados».

Robert Nozick demostrará que la igualdad en los resultados sólo puede conseguirse sofocando la libertad; y que, de manera recíproca, la libertad desbarata la igualdad.

Berlin llegó a esta conclusión a través de Maquiavelo, Vico y Herder; otros lo han conseguido por otros caminos menos tortuosos. En todo caso ¿no lleva esto al relativismo? ¿No lleva a la convicción de que las culturas no son comprensibles entre sí y mucho menos comparables y juzgables? Berlin entiende que no:

«“Yo prefiero el café, tú prefieres la champaña. Tenemos gustos diferentes. No hay nada más que decir.” Esto es relativismo. Pero la opinión de Herder, y la de Vico, no es ésa, sino lo que yo describiré como pluralismo: es decir, la concepción de que existen muchos fines distintos que los hombres pueden buscar y, sin embargo, seguir siendo hombres plenamente racionales, hombres completos, capaces de entenderse unos a otros y de simpatizar entre sí (…) Desde luego, si no tuviéramos algunos valores en común con estas figuras distantes cada civilización estaría encerrada en su propia burbuja impenetrable y no podríamos comprenderlas en absoluto».

Jonathan Haidt desarrollará la teoría del ecualizador moral para describir como, a partir de unos mismos valores, distintas culturas o ideologías enfatizan unos u otros llegando a soluciones completamente diferentes –la intención de Haidt es, precisamente, demostrar que en ideologías aparentemente opuestas, como las de demócratas y republicanos, subyacen valores comunes diferentemente ecualizados-. Posiblemente es esto a lo que hace referencia Berlin en su estudio de Vico y Herder. Al final los valores subyacentes son humanos y por tanto comprensibles entre humanos; de otros modo nos acercaríamos a culturas diferentes con la misma perplejidad que a los extraterrestres de Villenueve [1].



Parte 3: el peligro de la utopía.

Pero la búsqueda del ideal platónico no sólo es descabellado: ha demostrado ser muy peligroso. Posiblemente el primero que lo vio fue Herzen:

«La respuesta a todo esto fue dada hace más de un siglo por el radical ruso Alexander Herzen. En su ensayo Desde la otra orilla, que en efecto es un obituario de las revoluciones de 1848, dijo que durante su tiempo había surgido una nueva forma de sacrificio humano, es decir, seres humanos en los altares de abstracciones como nación, Iglesia, partido, clase, progreso o las fuerzas de la historia. Todas ellas fueron invocados en su época y en la nuestra; si éstos exigen la matanza de seres humanos, habrá que satisfacerlos».


Este es  el origen de los horrores de nacionalismos y totalitarismos. La causa de las terribles matanzas del siglo XX está en la asunción inadvertida de esta sencilla idea:

«Algunos profetas armados tratan de salvar a la humanidad, y algunos otros sólo a su propia raza por causa de sus atributos superiores, pero cualquiera que sea el motivo, los millones sacrificados en guerras o revoluciones — cámaras de gas, gulag, genocidio, todas las monstruosidades por las que será recordado nuestro siglo— son el precio que los hombres deberán pagar por la felicidad de las generaciones futuras. Si vuestro deseo de salvar a la humanidad es sincero, habréis de endurecer vuestro corazón y no calcular el costo».


«Yo sé que estáis equivocados, yo sé lo que necesitáis, lo que todos los hombres necesitan; y si hay resistencia, basada en la ignorancia o en la malevolencia, entonces debe ser quebrantada, y cientos de miles habrán de perecer para que millones sean felices para siempre. ¿Qué otra opción nos queda a quienes poseemos el conocimiento, que estar dispuestos a sacrificarlos a todos?».


En resumen:

«La posibilidad de una solución final (…) resulta ser una ilusión; y una ilusión muy peligrosa. Pues si realmente creemos que es posible semejante solución, entonces, sin duda, ningún costo será excesivo para alcanzarla: para hacer que la humanidad sea justa y feliz, creadora y armoniosa para siempre… ¿qué precio podría ser excesivo? Para hacer semejante tortilla, sin duda no hay límite al número de huevos que deban romperse: tal fue la fe de Lenin, de Trotsky, de Mao y, hasta donde yo sé, de Pol Pot. Puesto que yo conozco el camino único hacia la solución última del problema de la sociedad, sé por dónde guiar a la caravana humana. Y puesto que vosotros sois ignorantes de lo que yo sé, si se quiere alcanzar la meta no se os puede permitir la libertad de elección ni siquiera dentro de los límites más estrechos (…) Lo único de lo que podemos estar seguros es de la realidad del sacrificio, de los moribundos y los muertos. Pero el ideal por el que mueren sigue sin realizarse. Hemos roto los huevos y crece el hábito de romperlos pero la tortilla sigue invisible».



Conclusión: la democracia liberal como tolerancia

«Si la antigua fe en la posibilidad de realizar la armonía última es una falacia y si son válidas las posiciones de los pensadores a quienes ha acudido —Maquiavelo, Vico, Herder, Herzen— entonces, si aceptamos que los grandes bienes pueden chocar, que algunos de ellos no pueden vivir juntos, aunque otros sí puedan —en resumen, que no es posible tenerlo todo, ni en principio ni en la práctica— y si la capacidad creadora humana puede depender de toda una variedad de elecciones que se excluyen mutuamente, entonces, como una vez preguntaron Chernyshevski y Lenin: “¿Qué hacer?” ¿Cómo elegimos entre distintas posibilidades? ¿Qué y cómo debemos sacrificar, en aras de qué? Me parece a mí que no hay una respuesta clara».

Y a continuación él mismo aventura una respuesta:

«Lo mejor que puede hacerse, por regla general, es mantener un equilibrio precario que impedirá que surjan situaciones desesperadas, elecciones intolerantes: tal es el primer requerimiento para una sociedad decente, por la que siempre podamos esforzarnos a la luz de la limitada gama de nuestro conocimiento y aun de nuestra imperfecta comprensión de personas y sociedades. En estas cuestiones es muy necesaria cierta humildad. Ésta puede parecer una respuesta muy tibia, no el tipo de cosa que quisieran los jóvenes idealistas para, en caso necesario, luchar y sufrir por ella, por la causa de una sociedad nueva y más noble».

Esta es, en realidad, la aportación más importante de Isaiah Berlin a la democracia liberal: la tolerancia. Y esto es lo que la distingue de todos esos credos políticos basados en la confrontación. De aquellos que conciben la realidad como lucha de clases, de razas o de identidades, y que dividen así el espacio político entre amigos y enemigos a los que hay que pulverizar para alcanzar a la felicidad. No es un descubrimiento menor, desde luego.

Sólo cuando cabalmente se entiende esto, que nuestro conocimiento es limitado, que no hay recetas únicas milagrosas, que los valores compiten entre sí, que con frecuencia hay que llegar a transacciones y compromisos, que el adversario puede tener razón, y que la argumentación racional como el único campo en el que las ideas pueden batirse –y que el fair play intelectual exige aceptar ser derrotados por argumentos superiores-, se entiende que la acción política debe estar dominada por la cautela, muy alejada de posiciones maximalistas a la que sólo pueden aspirar los fanáticos. Esto, desde luego, no es muy estimulante para los buscadores de certezas y seguridades.

«Felices los que viven bajo una disciplina que aceptan sin cuestionar, que libremente obedecen las órdenes de sus jefes, espirituales o temporales, cuyo mundo es cabalmente aceptado como una ley inquebrantable; o quienes, por sus propios métodos, han llegado a convicciones claras e inquebrantables sobre lo que deben hacer y lo que deben ser, y que no admiten una posible duda. Sólo puedo decir que quienes yacen en tan confortables lechos de dogma son víctimas de formas de una miopía causada por ellos mismos, con unas anteojeras que pueden dejarlos contentos, pero no darles un entendimiento de lo que es ser humanos».

Desgraciadamente el de la democracia cautelosa no es un relato épico, y por tanto no es apto para despertar emociones. Este es nuestro problema y este debe ser nuestro objetivo: transformarlo en un relato cautivador capaz de desmentir la burlona afirmación de Foxá [2]. Este, creo, es el reto que tendremos que superar con éxito si queremos preservar el oasis.

Isaiah Berlin. El estudio adecuado de la humanidad: una antología de ensayos. La búsqueda del ideal.

Notas
[1] Vean la frustrada película La llegada. Mejor aún, no la vean y lean Fiasco de Stanislaw Lem.
[2] Foxá decía, más o menos, que es glorioso morir por la patria, pero pedir a alguien que lo haga por la democracia es como pedirle que se sacrifique por el sistema métrico decimal. Tampoco se trata de pedir a nadie que muera, obviamente.

3 comentarios:

Bruno dijo...

Muy bien. Dos apuntes: La tolerancia en lucha con los intolerantes y el asunto de que no me creo lo de algunos líderes que contemplaran sólo valores elevados que solucionaran, según ellos, todos los problemas. Seguro que encubrían valores mas inconfesables. No creo en la honestidad intelectual del que lleva a miles al paredón.

navarth dijo...

Buena precisión. No cabe la tolerancia cuando estamos ante la intolerancia. Como dice Ayaan Hirsi Ali: «La intolerancia es lo único que una sociedad libre no se puede permitir tolerar»

envite dijo...

Magnífica reflexión, Navarth!
Pero, lamentablemente, éste es un país de visionarios y adanistas que hacen imposible la tolerancia. No hace falta que se lo diga yo, que usted frecuenta el Congreso.