domingo, 4 de febrero de 2018

IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA

Oscuridad. Precedido por un cortejo de monjes similares a zombis, aparece Felipe II (Jordi Mollá) con mirada febril y mascullando incontroladamente entre dientes: una figura siniestra y ridícula que, por alguna razón, anda como Chiquito de la Calzada. A continuación aparece Isabel Tudor (Kate Blanchett) irradiando claridad. Elizabeth, the golden age (2007).


Ken Follett: “En el siglo XVI, España era el matón del barrio: grande y malo” [1].

¿Imperiofobia o leyenda negra? La primera denominación indica que no estamos ante un fenómeno aislado, sino a una reacción emocional repetida desde el Imperio Romano hasta el estadounidense. Es importante entender que las leyendas no suelen nacer de hechos sino de prejuicios: son éstos los que la conjuran y construyen-

«¿De qué se trata en definitiva? En realidad son un conjunto de tópicos poco variados: inferioridad racial (sangre mala y baja), incultura y barbarie, orgullo y deseo de riqueza desmedidos, incontinencia sexual y costumbres licenciosas, Imperio Inconsciente y poco más (…) Su semejanza resulta de las circunstancias análogas que provocan su nacimiento: orgullo herido y necesidad de no sentirse inferior (o agradecido), y oligarquías regionales asentadas desde antiguo que se ven en peligro».

La Leyenda negra es la referida específicamente a España, y Elvira Roca se dedica a rastrear su formación y evolución: nace en la Italia española, y se va enriqueciendo con vistosas aportaciones hasta nuestros días.

Los italianos aportaron desde el inicio el ingrediente esencial de la inferioridad racial: tantos años de convivencia con moros y judíos habían convertido a los españoles en una raza mestiza e impura, por completo diferente de los italianos que se habían mantenido incontaminados desde el glorioso Imperio Romano. Por si eso fuera poco los españoles eran también godos [2]. Sí, la Leyenda negra es hija del racismo y la xenofobia:

«Si hubiera reflejado un prejuicio antisemita o contra los negros, hace tiempo que constituiría delito, pero la hispanofobia pertenece a una clase de racismo que, por su nacimiento vinculado a un imperio, vive bajo el camuflaje de la verdad y arropado por el prestigio de la respetabilidad intelectual (…) la imperiofobia es una clase de prejuicio racista hacia arriba, idéntico en esencia al racismo hacia abajo, pero mucho mejor disimulado, porque va acompañado de un cortejo intelectual que maquilla su verdadera naturaleza y justifica su pretensión de verdad».

Hay que hacer notar aquí varias cosas. En primer lugar que la antipatía hacia España no afectaba a todos los italianos, y que muchos se integraron perfectamente en un Imperio al que también consideraban suyo:

«Hijos segundones de ilustres familias como los Colonna, los Sforza, los Aragona, los Chiesa, los Gesualdo, los Alciato, los Farnese, los Médici, los Montalto y muchos más ocuparon cargos importantes en la Administración y el Ejército, o trabajaron para España en el seno de la Iglesia. Marcantonio Colonna, héroe de Lepanto, fue virrey de Sicilia. Todavía existe el tercio Alejandro Farnesio en el ejército español, y qué se puede añadir a la biografía de Andrea Doria».


En segundo lugar que los italianos eran italianos. Su racismo no alcanzó las cotas a las que llegaría más tarde, y su hispanofobia se limitó frecuentemente a la burla: ellos fueron los que construyeron el estereotipo del español ruidoso y fanfarrón.

La coherencia y seriedad intelectual no son el fuerte de la Leyenda negra. Cuando el antisemita Lutero la rescató centró sus ataques en el componente judío de los españoles pasando por alto el godo. Es normal: eso le permitió contraponer los latinos –incluyendo, desde luego, a los italianos- a los germanos, que para entonces ya habían empezado a construirse un pasado glorioso a partir de la Germania de Tácito. En el siglo XIX, en plena construcción nacional alemana y con la superioridad racial germánica refrendada científicamente, el relato se consolidará definitivamente: la lucha de Lutero fue una lucha por la unificación germánica frustrada por latinos fanáticos y sospechosamente oscuros. Curiosamente casi al mismo tiempo este ingrediente de la Leyenda estaba moviéndose en dirección opuesta:

«En una versión más tardía, que nace vinculada al liberalismo, el prejuicio gira sobre sí mismo, y la relación de los españoles con el mundo semita sirve ahora para acusar a estos de intolerancia con moros y judíos. No hay salvación: los españoles o son demasiado semitas o son perseguidores de semitas».

Con el tiempo, además del racismo la Leyenda fue agregando otros ingredientes: de ser sospechosa de impiedad por su mezcla con judíos y moros, España pasó a ser identificada directamente con el Anticristo por los protestantes.

«Hay una gran diferencia entre el uso que hacen los italianos del tópico y el que hace el protestantismo. Los italianos buscan rebajar la eminencia, oscurecer el brillo del imperio para poner de manifiesto su superioridad (o al menos su no inferioridad) frente a los imperiales: todos somos cristianos, pero nosotros los italianos somos mejores cristianos porque los españoles, contaminados como están de semitismo, necesariamente han corrompido su religión. Martín Lutero y el protestantismo llevan la impiedad al extremo: colocan a los españoles al nivel del Demonio y el Anticristo. Son los hijos de Satanás. Esto, como ya dijimos, no sucede en Italia. Con el protestantismo, la impiedad evoluciona a demonización y este es un paso de gigante, cuya importancia difícilmente se puede exagerar».


Pero el mayor descubrimiento de Lutero fue el poder del arma que la imprenta ponía a su disposición: la propaganda.

«Los procedimientos propagandísticos son inéditos y enteramente creación de la Reforma (…) La imprenta pone de manifiesto el poder taumatúrgico de las imágenes y Lutero es el primero en comprender que un uso eficaz de este medio es esencial para triunfar. En esto fue un visionario. El uso de las imágenes será decisivo en todos los frentes de propaganda y servirá para levantar el mito de la Inquisición, vincular intolerancia, crueldad y barbarie al nombre de España y, en definitiva, para «crear la imagen» (la expresión lo dice todo) que del mundo hispanocatólico se tiene dentro y fuera del protestantismo».


Lutero contó con el talento de Lucas Cranach para la realización de panfletos escatológicos dirigidos contra el mundo católico. En sus ataques no se resignó a dejarse constreñir por los límites del absurdo: llegó a afirmar, con total tranquilidad, que España era en realidad aliada de los turcos.

La Inglaterra de los Tudor añadió al coctel español la cobardía, la crueldad y la incompetencia. Los españoles eran todos malvados sin fisuras, cuyas maquinaciones se veían siempre descubiertas y desbaratadas por los ingleses [3]. Pero fue Guillermo de Orange el que llevó la propaganda hasta niveles que no serían superados hasta el siglo XX:

«Orange ha debido pasar a la historia como uno de los padres fundadores de la propaganda, lo cual no es pequeña cosa (…) Es cierto que había aprendido en los talleres luteranos, pero introduce innovaciones interesantes. La fraseología, los tópicos principales, el uso de imágenes impactantes de tipo escatológico o lo que podríamos llamar «gore» son creación luterana. Pero la campaña propagandística como tal, organizada y sistemática, al modo de una campaña electoral, no aparece hasta que Orange y su gente la crean. Un detalle bastará: el de Nassau es consciente de que su lengua materna no tiene mucha difusión exterior y de que el poder de España tiene muchos enemigos, de manera que se ocupó de que sus folletos fueran plurilingües o se tradujeran a las principales lenguas de Europa y de que llegasen a los lugares más distantes».

A Guillermo de Orange se debe el exitoso “España nos roba”:

«La propaganda orangista convenció a muchos de que ahora los impuestos se pagaban para los españoles y de que estos estaban financiando el imperio con los impuestos de los holandeses (…) En 1566 Manuel Filiberto de Saboya, gobernador general, advirtió a Felipe II de que se extendía la idea de que los Países Bajos soportaban la mayor parte de la carga fiscal del imperio y, aunque el rey se apresuró a presentar cuentas detalladas para demostrar que esto no era cierto, no sirvió de nada (…) Fueron necesarios muchos años de intensa propaganda y el concurso de los predicadores calvinistas para convencer a una parte de la población neerlandesa (insistimos, solo una parte) de que eran explotados y oprimidos, y de que, por lo tanto, debían rebelarse contra el rey».

Aquí Felipe II descubrió, para su sorpresa, que la razón tiene poca fuerza contra la propaganda, que intentar desmontarla con argumentos es como espantar a cacatúas que se limitan a trasladarse a otra rama, que la palabra es impotente ante la imagen, y que una mentira repetida mil veces se convierte, gracias al confort cognitivo, en algo verdadero y bueno.


Para los holandeses el Anticristo dejó de ser el español en abstracto, y pasó a ser Felipe II en concreto. La Inquisición era su instrumento o bien el rey era una marioneta manejada por aquella, que eso no quedó siempre claro. Este de la Inquisición acabó convirtiéndose en el tema clave de la Leyenda, pervivió a través de la Ilustración -a Voltaire y a Montesquieu, por ejemplo, les encajaba perfectamente ese relato de la oscuridad fanática religiosa contrapuesta a la luz de la Razón- y ha llegado a nuestros días en plena forma.

En su incansable propaganda los orangistas encontraron un poderoso aliado:

«Buscando más argumentos para la propaganda, los orangistas tropiezan con un texto que hacía ya veinticinco años que había sido publicado, sin que tuviera notoriedad fuera de España: la Brevísima relación de fray Bartolomé de Las Casas, que es inmediatamente traducida al holandés y al francés, y convertida en uno de los pilares de la leyenda negra (…) Tengo para mí que muy pocas personas han leído la Brevísima. Su mera lectura es suficiente para desacreditarla como documento fidedigno y no hace falta desarrollar ningún tipo de razonamiento. Produce estupor y lástima a partes iguales. Nadie con un poco de serenidad intelectual o sentido común defiende una causa, por noble que sea, como lo hizo el dominico (…) Solo el haber caído en manos de la propaganda ha podido hacer de fray Bartolomé un apóstol de los derechos humanos. Sus barbaridades no tienen límite: desde la justificación de los sacrificios humanos con el argumento de que es lo mismo que la misa, solo que los indios no son capaces de comulgar metafóricamente con su dios, hasta la apología del tráfico negrero: para que los mansos indios no tengan que trabajar lo mejor es traer negros que, como no tienen alma, pueden servir para cualquier cosa».



La entidad intelectual de la Brevísima podía ser escasa, pero eso no tenía la menor importancia. Lo importante eran los impactantes grabados de Theodor de Bry de su edición más famosa:

«Los grabados de De Bry son la razón del éxito sin parangón de la Brevísima, entre otras razones porque nunca la leyó mucha gente y son los grabados los que, como en las portadas de las iglesias medievales, informan de aquello que el parroquiano debe conocer».

La propaganda de Las Casas [4] se intentó asimismo desmontar por la razón, de nuevo sin éxito. También proviene de Guillermo de Orange el miedo que aún despierta el Duque de Alba en Holanda, y la acusación a Felipe II de haber matado a su hijo Carlos, tema que sería posteriormente incorporado a la memoria histórica gracias al talento sucesivo de Schiller y Verdi.


Toda la exitosa propaganda protestante ha conseguido ocultar un hecho básico: que las luchas de alemanes y holandeses contra el imperio español fueron, en realidad, guerras civiles en las que los  derrotados fueron, además, condenados a desaparecer de la Historia:

«El destino de estos alemanes y holandeses ha sido el de ser barridos de la historia, porque uno de los mayores empeños de la historia oficial reconstruida por los nacionalismos en el siglo XIX ha sido el de soslayar que las guerras antiimperiales fueron guerras civiles (…) Como todo nacionalismo, este opera apoderándose del nombre y de la voz de un pueblo. No hablo en mi nombre, dicen los luteranos desde el principio, hablo en nombre de los germanos. Quien está contra mí, está contra Alemania, es un traidor, un antipatriota (...) Hubo españoles en aquel conflicto, pero hubo sobre todo y principalmente alemanes que apoyaban la unidad política y religiosa del Imperio y que perdieron la guerra. La reconstrucción nacionalista de los hechos se empeña en presentar una versión distinta, según la cual los alemanes, como un solo hombre, estaban todos del mismo lado, y los pocos que estaban en el otro bando eran un residuo de traidores en los que no merece la pena fijarse (…) La dinámica del nacionalismo es perversa: o gana, e impone su criterio, eliminando la disidencia, o pierde, y entonces convierte la pérdida en ganancia, es decir, en agravio y excusa para la confrontación: perder para ganar».

Elvira Roca ha escrito un ensayo apasionado y contracorriente [5] con el que, como recuerda Arcadi Espada, ha conseguido «algo de extremada dificultad en esta época: ha hecho de España un país simpático».

Imperiofobia y leyenda negra. María Elvira Roca Barea.




Notas:
[1] Este es el diagnostico que de la España imperial hace Ken Follet, probablemente más apropiado para cualquiera de sus libros.
[2] Curiosamente esta atribución despectiva se mantiene en el archipiélago canario contra los peninsulares.
[3] En su denigración del catolicismo consiguieron que María Tudor pasara a la historia con el apelativo de “la sanguinaria”, a la vez que su hermana Isabel, que mató más que ella, pasara por una figura ecuánime y ponderada.
[4] Elvira Roca compara a Las Casas con Chomsky en su condición de paladín del antiamericanismo: «Chomsky ha sido una máquina expendedora de antiamericanismo durante décadas. Ha negado el genocidio camboyano y ha escrito cosas como esta: “En comparación con las condiciones impuestas por la tiranía y la violencia de Estados Unidos, el Este de Europa bajo la esfera rusa era prácticamente un Paraíso”. Y su prestigio sigue intacto (…) Pero ni Chomsky ni fray Bartolomé fueron fabricantes de leyendas negras, sino dispensadores de un producto del que existía una gran demanda (…) Ambos encontraron una causa de gran repercusión a la que servir y de ella obtuvieron buenos beneficios en forma de notoriedad social, respeto intelectual y moral y provecho material». [5] No deben perderse de ningún modo la introducción al libro.

Imágenes: 1) Il capitano Spavento, también conocido como Capitán Matamoros, el bravucón español que los italianos incorporaron a la Comedia del Arte. 2) Lutero como Hércules Germanicus, el campeón germánico-protestante frente al catolicismo latino. 3) Lucas Cranach. Campesinos alemanes expresando su opinión al Papa por un conducto poco habitual. 4) La visión holandesa del Duque de Alba. 5) y 6) La relación de los españoles con los indios, según Theodor de Bry. 7) Inquisición y depravación sexual, una de las últimas aportaciones a la Leyenda a partir del S. XIX.

2 comentarios:

viejecita dijo...

Pues sí Don Navarth
Me compré el libro en cuanto salió, y lo he leído, lo he disfrutado, y lo he regalado a quienes pensaba que no iban a estar tan cegados como para negarlo todo directamente.
Pero ahora, y después de leer este artículo suyo, voy a leer el libro de nuevo, que seguro que le sacaré más jugo.
¡ Muchas Gracias !

Belosticalle dijo...

Excelente, Navarth.

La peligrosidad de los tópicos está en que no se los tome por tales. Que se olvide que fuera del tópico hay historia y vida. Para el informado, el tópico es instructivo y hasta divertido.

De viaje en Milán, yo imaginaba que los italianos aborrecerían la memoria de sus gobernantes extranjeros, y en especial de los españoles. Aunque de todo hay, mi sorpresa fue morrocotuda, y de eso hace años.

Hoy en día, la milanesa Plaza Velasca y su alta torre (para mi gusto, horrorosa) se llaman así por Don Juan Fernández de Velasco, tan apreciado allí por haber introducido la ópera (y por su buen gobierno).

No hace mucho, contemplando en el Castillo la Pietà Rondonini de Miguel Ángel, al fotografiarla me di cuenta de que el enorme escudo antiguo que tiene justo detrás pintado en la pared es el del Rey de España. Una cosa así, aquí, algunos ya la habrían borrado. Sin referéndum, por supuesto.

Saludos cordiales.