sábado, 2 de julio de 2016

COLA DE RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (9)



«La multitud de cristianos que fue a Roma era imposible de contar; pero de acuerdo a las estimaciones de aquellos que estaban residiendo en la ciudad, en Navidad en los solemnes días alrededor de esta fecha, y en el período entre Cuaresma y Pascua hubo continuamente en Roma entre 1.000.000 y 1.200.000 peregrinos. Más tarde, entre la Ascensión y Pentecostés, hubo más de 900.000 abarrotando las calles día y noche según se dice» [17].

El jubileo de 1350 resulta ser un éxito aún mayor que el de 1300, algo muy natural dadas las circunstancias. No sólo la peste negra ha devastado Italia y Europa llevándose consigo a un tercio de sus habitantes. Para rematar, violentos terremotos se han sucedido, primero en los Alpes, y más tarde en los Apeninos, afectando a la propia Roma donde iglesias y palacios han quedado reducidos a escombros. La impresión general es que Dios está molesto por los pecados de Europa, por la marcha del papa a Aviñón, o por cualquier otro motivo dependiendo de los gustos e interpretaciones de cada uno, y que muestra su enfado de manera bastante poco sutil. Los fieles se vuelven a las Escrituras con el celo de los primeros cristianos, y las profecías milenaristas son revisadas con especial atención. Así habla el propio Petrarca:

«El mundo ha sido destruido, llevado a su fin por la locura de los hombres y la mano vengadora de Dios (…) Aquel que narre los tiempos actuales de la humanidad a la posteridad–suponiendo que haya descendientes que nos sobrevivan- parecerá estar contando fábulas (…) En lo que a mí respecta, confieso francamente que la época actual, en la que la humanidad ha experimentado todo mal imaginable, me ha hecho más propenso a creer muchas cosas ante las que había sido escéptico (…) Hasta muy recientemente los escasos de entre nosotros que parecíamos habernos librado del naufragio universal teníamos la esperanza de que la mortal visita había amainado sus estragos y que la ira del Señor había sido apaciguada. Pero mirad –y quizás ignoréis esto- Roma misma fue tan violentamente sacudida por un extraño temblor que a nada similar puede compararse desde los más de dos mil años transcurridos desde su fundación. Las enormes estructuras antiguas cayeron en ruinas, estructuras que, a pesar del descuido de los ciudadanos, provocaban asombro en el extranjero (…) Estoy aterrorizado por muchas cosas pero sobre todo por la antigua profecía pronunciada mucho antes de que la ciudad fuera fundada e inscrita, no en cualquier texto menor, sino en las propias Sagradas Escrituras. A pesar de estar completamente absorbido por la literatura secular, y no familiarizado con las Escrituras, confieso que cuando lo leí por primera vez me estremecí, y la sangre en mi corazón se congeló. La declaración está en las páginas finales de la última profecía de Balaam: ‘Vendrán en galeras desde Italia, vencerán a los asirios, arrasarán a los judíos, y finalmente ellos también perecerán’».

Que Petrarca quede tan aterrorizado por una profecía tan inofensiva expresa bastante bien la histeria que se ha adueñado de Europa. Es en este ambiente en el que los peregrinos se apresuran a marchar hacia Roma para expiar los pecados que tanto parecen haber molestado a Dios. Previendo la afluencia de visitantes San Juan de Letrán es añadida como tercer destino de peregrinaje. De nuevo los precios se ponen por las nubes, y de nuevo los romanos experimentan una súbita prosperidad.


Pero Clemente VI mantiene la sede en Aviñón, lo que continúa siendo motivo de agravio para los romanos. El breve y pintoresco episodio del tribuno no ha alterado la situación política, y de nuevo los Orsini y los Colonna se reparten el poder en Roma. El cardenal Bertrand de Déaulx se ve incapaz de mantener el orden y es sucedido por Annibaldo di Ceccano como legado para el año jubilar, con lo que las cosas empeoran inmediatamente. Los romanos han comenzado a desarrollar una desconfianza hacia los gobernantes que los acompañará en los siglos venideros, y el nuevo legado les cae tan mal que las turbas lo increpan por la calle. Un día llegan a atacarlo y le vuelan el birrete de un flechazo. El cardenal reacciona con el comprensible enfado:

«¿Son estos los incentivos que vosotros romanos ofrecéis al Santo Padre para que venga a Roma? ¡El Papa no se asentará en estas tierras, ni siquiera un arcipreste lo hará! No puedo creer que haya venido aquí a perder mi tiempo. Estos romanos combinan la más abyecta pobreza con la mayor arrogancia».

No le falta razón. Por su parte el Anónimo Romano detallará los principales defectos de Annibaldo de Ceccano:

«En primer lugar era de la Campania; en segundo padecía bizquera; en tercero era muy pomposo y lleno de vanagloria; y en cuanto al cuarto, prefiero permanecer en silencio».

Poco tiempo después del ataque el cardenal abandona Roma y se dirige a Nápoles, y a la altura de San Giorgio súbitamente se pone enfermo, aparentemente de una indigestión de comida en mal estado. Siguiendo la prescripción de sus médicos procede a ingerir más comida como antídoto, se marcha a la cama y muere. El Anónimo Romano le dedicará un sentido epitafio: «era uno de los mejores bebedores de la iglesia de Dios». Como se sospecha que ha sido envenenado se le practica una rudimentaria autopsia que revela que tiene el generoso vientre relleno de cera. Esto no contribuye a clarificar la situación.


Un gobierno serio y estable para Roma se convierte en un asunto de importancia capital para Clemente VI. Finalmente en 1351 designa una comisión de cuatro cardenales para estudiar a fondo la cuestión: Bertrand de Déaulx, Gui de Bolonia, Guillermo Curti y Niccola Capocci. Todos ellos tienen amplio conocimiento en asuntos de gobierno, y deben escoger a un experto consultor que los asesore. El por qué eligen a Petrarca es un misterio. El poeta por su parte se muestra entusiasmado y prepara una larguísima exposición que propina a los cardenales en dos cartas sucesivas:

«Una pesada carga se ha colocado en mis débiles hombros por alguien a quien nada puedo negar y en beneficio de esa ciudad por la que cualquier rechazo es imposible».

Como era previsible Petrarca, acostumbrado a sacrificar la claridad de la exposición a la exhibición de erudición, vuelve la vista hacia los clásicos y toma como modelo la república romana. Pero antes de nada se centra en su preocupación principal:

«De las dos familias [los Orsini y los Colonna] de las que todos estos problemas surgen, no odio a la primera; por otra parte, no hace falta decirlo, no sólo amo, sino que he disfrutado de la otra a lo largo de un largo período de relaciones casi familiares. De hecho, quiero hacer constar aquí que ninguna de las principescas familias de este mundo han sido más queridas por mí que esta última».

Ahora bien:

«Por tantos años hemos presenciado en el Capitolio el gobierno de tiranos de origen extranjero y de tantos orgullosos tarquinos (…) Por mi parte si soy consultado no dudaré en responder que de acuerdo con la costumbre Romana el Senado Romano debería estar compuesto necesariamente por ciudadanos Romanos [18]: que los extranjeros deberían ser excluidos de su umbral, no sólo aquellos nacidos en tierras lejanas sino también los latinos y todos aquellos pueblos que habitan los territorios cercanos e incluso adyacentes al de los Romanos, pueblos que, por decirlo de algún modo, comparten el mismo cuerpo que los romanos. Añado que esos extranjeros deberían ser excluidos no solo por la palabra o por la pluma, sino incluso por la espada».


Petrarca sigue expresando cierta xenofobia que le hace atribuir todos los males de Roma a la impureza, y pone el poco estimulante ejemplo de un Aulo Manlio Torcuato;

«Cuando los latinos pidieron en una ocasión que el alto consejo y la mitad del senado fuera elegido de entre los suyos, se le despertó tal agitación que juró que entraría armado en el senado y aniquilaría a todos los latinos que encontrase allí con sus propias manos. ¿Cómo se habría sentido Torcuato si hubiera visto la totalidad del senado compuesto por gente proveniente de los bancos del Rin o de Umbría?».

Otra vez el Rin. Pero cuando sale de su monomanía, Petrarca proporciona un consejo muy razonable: que para los cargos importantes se tenga en cuenta, no sólo la cuna, sino especialmente el mérito. Todo ello entre abundantes ejemplos de la antigüedad, cómo cuando los plebeyos consiguieron:

«Que un cónsul plebeyo se pudiera sentar al lado de un patricio y pudiera, con igual majestad, gobernar la patria común y el territorio ganado a través de penalidades comunes (…) Confío en que no dudéis que la ciudad de Roma abriga muchos que son más nobles y mejores que los que sólo pueden jactarse de un noble nombre pero son una carga para el cielo y la tierra».

Y termina con su diatriba habitual:

«Así, echando a un lado mi afecto por aquellos nobles que me son muy queridos y a los que tanto tiempo he apreciado, pregunto a estos tiranos extranjeros: ¿de dónde han asumido tal arrogante soberbia en una ciudad extranjera? (…) ¡Asombroso e insufrible orgullo! Acogidos en la ciudad como exiliados extranjeros, han excluido desde hace mucho a los antiguos ciudadanos de la participación de los cargos públicos, y continuarán haciéndolo si no son controlados por la mano derecha del pontífice y por las medidas que adoptéis (…) Unamos fuerzas, por tanto contra estos indeseados barones (…) No os limitéis a admitir al pueblo común de Roma a compartir su cuota en los honores públicos, sino arrebatad a los actuales indignos titulares su cargo de senador que siempre han administrado de la forma más abominable».

¿Y Cola di Rienzo? En esos momentos se encuentra en las montañas de Majella, en una comunidad de fraticelli. Su líder espiritual, Fra Angelo, lo está iniciando en las profecías joaquinistas y lo está convenciendo de que está destinado a representar un papel clave en los momentos apocalípticos que se avecinan. NOTAS: [17] Del cronista Matteo Villani (Florencia, ¿? - 1363) [18] Obsérvese que con las mayúsculas Petrarca enfatiza ‘romanos’ en vez de ‘ciudadanos’.

1 comentario:

viejecita dijo...

¡ Que bien ! ¡ Ya tenía miedo de que la política no le dejase tiempo para seguir contándonos esta historia...

Muchas gracias querido Don Navarth