sábado, 13 de diciembre de 2014

MITCHELL EL TEMIBLE: LA RISA Y LOS 40 MILLONES

”Sólo soy un tipo al que se le pidió hacer algo por su país”.

James Mitchell a The Guardian Los utilitaristas definen lo bueno independientemente de lo que es justo, y a continuación definen lo justo como aquello que maximiza lo bueno. Queda por tanto definir qué es lo bueno, y si decidimos que es el placer llegaremos al hedonismo, si es domeñarlo al estoicismo, si es la felicidad al eudemonismo, y si es el logro de la excelencia al perfeccionismo. En cualquier caso podemos decir que para el utilitarismo clásico el bien está en la satisfacción racional del deseo, lo que presupone, que no es poco, que los seres humanos somos básicamente racionales.

Lógicamente las satisfacciones de las distintas personas en una sociedad pueden ser incompatibles. El utilitarista busca alcanzar la maximización del bien, diseñando funciones de utilidad a partir de las distintas combinaciones de satisfacciones en conflicto y dibujando curvas de indiferencia. Una de las características del utilitarismo es que, para juzgar la bondad (es decir, la justicia) de un resultado, atiende a la suma de satisfacciones alcanzadas, pero no a cómo se distribuyen éstas entre los participantes. Para los utilitaristas “no hay en principio razón por la cual las mayores ganancias de alguno no han de compensar las menores pérdidas de otros, o, lo que es más importante, por qué la violación de la libertad de unos pocos no pudiera ser considerada correcta por un mayor bien compartido por muchos”, nos explica Rawls en su Teoría de la justicia.

El pensamiento utilitarista presupone la existencia de un observador imparcial y empático que juzga desde fuera la situación y evalúa los distintos bienes en juego. Al ser empático se pone en la piel de aquellos cuyos intereses están en juego, y decide si es razonable sacrificar unos a costa de otros si el resultado obtenido maximiza la función de utilidad.

La justificación de las torturas es eminentemente utilitarista: a costa de sacrificar unos determinados bienes (la dignidad, la integridad, y el deseo de no sufrir de unos sospechosos) se han alcanzado otros bienes (la prolongación de la vida de las eventuales víctimas) Puestos ambos grupos de bienes en la balanza por el imparcial espectador, pesan más las vidas salvadas que los daños causados, y de este modo la decisión es justa y todos duermen bien por las noches. Comencemos con una observación: en la balanza se han pesado daños causados reales junto con daños evitados potenciales (podrá argumentarse: son potenciales precisamente porque se han evitado y no han llegado a convertirse en reales).

Pero sigamos ¿es realmente imparcial el espectador? No desde luego el psicólogo James Mitchell, cuya próspera empresa de torturas se ha embolsado más de 40 millones de dólares (posiblemente para el utilitarista estricto también los 40 millones deberían pesar en la balanza, aunque no sabemos en qué platillo). Mitchell, por cierto, y contra todo pronóstico, se ha definido como firme partidario de Amnistía Internacional, habiendo llegado incluso a ofrecerse para participar en campañas para recaudar fondos. En cualquier caso tampoco el espectador estadounidense parece imparcial, y de hecho todo el asunto de las torturas hace aflorar colateralmente un cierto tufillo xenófobo. Porque, si admitimos las torturas bajo el argumento del mayor daño evitado, cabría importarlas al ámbito doméstico y emplearla, por ejemplo, para desmantelar organizaciones criminales, cosa que no parece que incluso los más esforzados utilitaristas estén dispuestos a aceptar. ¿Es más lícito entonces aplicar torturas a extranjeros sospechosamente oscuros, que hablan lenguas bárbaras, que a aborígenes del país? Dejémoslo ahí.

He aquí una paradoja. Una vez aceptada la procedencia de la tortura ¿es admisible todo tipo de tortura? Parece que no. Seguramente la opinión pública se habría visto aún más indignada si Mitchell, recurriendo a los clásicos, hubiera recomendado el uso del potro, o la extracción de los ojos del torturado. Parece, por tanto, que, después de haber antepuesto lo bueno a lo justo, el juicio utilitarista descubre súbitamente consideraciones humanitarias, o estéticas.

Es el momento de decir que no debe de haber un solo utilitarista que haya aprobado las torturas (entre otras cosas porque la mayoría detesta a Bush), pero no cabe duda que, con sus planteamientos, no es complicado legitimarlas. Y es que es innegable que el utilitarismo tiende a adentrarse con excesiva alegría por terrenos resbaladizos, a convertir las vidas en unidades de medida, y a tratar de incluir los derechos y libertades en el sistema métrico decimal.

He mencionado a Rawls, que no es utilitarista. Él cree que lo que es justo debe definirse con prioridad a lo que es bueno, y que los deseos sólo pueden moverse legítimamente en el campo definido previamente por lo que es justo. Llama a su modelo, que desarrolla en Teoría de la justicia, “justicia como imparcialidad”:

“En la justicia como imparcialidad el concepto de derecho es prioritario al del bien. En contraste con las teorías teleológicas, algo es bueno sólo cuando se ajusta a las formas de vida compatibles con los principios del derecho ya existentes”.

El libro comienza con un planteamiento intuitivo de la justicia que a continuación se propone confirmar o refutar:

“En una sociedad justa las libertades básicas se dan por sentadas, y los derechos, asegurados por la justicia, no están sujetos al regateo político ni al cálculo de intereses sociales”.

“Distinguimos, como cuestión de principio, entre las pretensiones de la libertad y de lo justo, por un lado, y lo deseable de aumentar el beneficio social en conjunto por otro; y que damos cierta prioridad, si no un valor absoluto, a lo primero, Se supone que cada miembro de la sociedad tiene una inviolabilidad fundada en la justicia o, como dicen algunos, en un  derecho natural, el cual no puede ser anulado ni siquiera para el bienestar de cada uno de los demás”.

Por mi parte, el planteamiento está bastante bien como está.

4 comentarios:

Bruno dijo...

Es que el planteamiento utilitarista también sirve con la justicia. Si uno no saca los ojos pero hace como que ahoga tiene beneficios por pasar como más "justiciero" no como un vil torturador bárbaro. El cumplir con cierto grado de justicia es una utilidad.
Pero la utilidad la sopesa Busch. El contrapone beneficios futuros, daños, patriotismo, seguridad, etc contra coste económico, pérdida de imagen, conducta no del todo justqa, etc. Una mezcla cuantitativa, cualitativa y con ingredientes de derecho.
El que no se somete a eso es el tal Mitchell. Seguramente hubiera gustado de torturar a bastantes más por más dinero. Pero en el inicio, ¿estaba en una curva de indiferencia?¿Hubiera rebajado el precio unitario por tortura si le hubiesen regateado?

viejecita dijo...


Otra entrada estupenda Don Navarth
Gracias.
Estoy muy divertida últimamente con un libro : "Sapiens" A brief History of Humankind, por Yuval Noah Harari
Me lo compré porque leí unos trozos de una "supuesta traducción al catalán", que apoyaba el secesionismo, y me entró la curiosidad. ( Voy por la mitad del libro, y por el momento, a Cataluña ni la nombra ).
El caso es que, al menos por el momento, el libro sostiene que la cohesión de los diferentes grupos humanos se consigue gracias a "mitos inventados" de Nación con su bandera y su canesú, de diferentes dioses protectores, etc etc.

Que los Imperios son más evolucionados que las pequeñas nacioncitas o tribus que los integran,
Y, me parece, que considera que el Futuro es un imperio global.
Como es lógico, Bush, o cualquier jefe del Imperio más importante actual, tendrá que intentar que SU Imperio no desaparezca, y que se haga hegemónico.
Y considerará que los otros imperios que le amenazan, el Islámico, el bolchevique... son malos, y hay que evitar que lleguen a ser hegemónicos como sea.

Y, la verdad, a pesar de no estar de acuerdo con algunos de los métodos empleados, sólo de imaginarme bajo la tutela del IS, encerrada en casa, y a la merced de los varones de mi familia, y del ayatollah de turno, en el caso del Imperio Islámico , o desposeída de mi negocio ( los bienes de producción serían de todos ), y desterrada en algún gulag, esperando con ansia que me liberase la muerte, en el caso de llegar un Imperio Bolchevique...

Cuando lo pienso, me dan ganas de que vuelva Busch a la Casa Blanca.
Ya siento

navarth dijo...

Interesantes reflexiones D. Bruno. Dª Viejecita, usted siempre es transgresora.

Belosticalle dijo...

«Sólo soy un tipo al que se le pidió hacer algo por su país»

Querido Navarth, su imprescindible reflexión en dos partes, sobre Mitchell y sobre Rawls, me trae a la realidad del País Vasco, con su ‘proceso de paz’ nauseabundo.

Mitchell al menos podía alegar que trabajaba de encargo y cobrando (como aquí los Currin & Cía se lo curran). Lo nuestro peculiar es la patulea bilduetarra de patriotas vascos voluntarios desinteresados. Tan numerosa, que ha habido que multiplicarles las cadenas públicas de ETB, y aun les falta espacio. Todos con la misma matraca de lo bueno y lo útil para este pueblo, en este ‘nuevo ciclo’ y ‘nuevo tiempo’ (que ellos conocen y marcan), y cuya prioridad en esta fase es sacar de la cárcel como sea a los suyos, a los que llaman ‘presos políticos’ sin que el ministerio fiscal mueva una ceja. El paso siguiente será la repatriación de huidos de la justicia, con extinción de causas pendientes; al tiempo.

Mitchell y Rawl, unos pipiolos al lado de la estirpe de Arzalluz, que ni siquiera se molestan en sentar doctrina: para qué, teniendo la receta mágica del ‘tiempo nuevo’.

El ‘tiempo nuevo’ del momento es que cualquier reparo, cualquier objeción a esa consigna de olvidar el verduguismo etarra, es rencor y sed de venganza, que te convierte en un pepero, amigo de los GAL, españolista y enemigo de Euscalerría y de Europa.

¡Ah! y esta propaganda la pagas tú de tus impuestos. El adoctrinamiento forma parte de lo útil, justo y bueno para este modelo de país. País eterno y siempre inédito, que no sólo tiene lengua propia, sino diccionario propio, con definiciones propias al ritmo editorial del ‘nuevo tiempo’.