Leído el libro de Joshua Greene Moral Tribes, que contiene un enfoque muy interesante. Para entenderlo, quédense con estas tres disyuntivas:
- «Yo vs Nosotros»; «Nosotros vs Ellos».
- Anverso cooperativo; reverso tribal (las dos caras de nuestra naturaleza).
- Moral en modo automático; moral en modo manual.
Venimos equipados (salvo los sicópatas) con un conjunto de emociones: sentimos afecto por nuestros hijos, nuestras parejas y nuestros amigos; tenemos capacidad de sentir empatía; experimentamos lealtad hacia los nuestros, cierta deferencia hacia los líderes, y admiración por los héroes; sentimos orgullo cuando nos portamos dignamente, y vergüenza cuando incumplimos; y, desde luego, sentimos el impulso de castigar a los que incumplen las normas, y hacerlo nos proporciona placer.
Este equipaje emocional es una brújula que nos indica lo que está bien y lo que está mal: hay que ayudar a los amigos, está feo engañar… Por eso constituye una especie de instinto moral, cuyo fundamento último es facilitar la cooperación dentro de la tribu; por eso ha sido seleccionado por la evolución.
Y por eso son ilusorios los esfuerzos de los filósofos que han pretendido encontrar una especie de moral pura con el auxilio de la razón: nuestra moral automática no está en la cabeza, sino en las tripas. Es el anverso benéfico de nuestra naturaleza, y funciona muy bien, en modo automático, dentro de la tribu, cuando se trata de moderar el egoísmo y hacer que florezca la cooperación. Es decir, cuando estamos en «yo vs nosotros».
Precisamente por eso, no todo funciona bien. Puesto que el instinto moral deriva de nuestra relación con la tribu, es frecuente que ésta acabe determinando todos nuestros juicios morales. Esto es muy visible en la adscripción inmediata a las preferencias morales de nuestra tribu ideológica. Piensen en el aborto.
Pero el mayor problema es éste. De manera paralela a nuestro instinto moral, los humanos hemos desarrollado un profundo tribalismo. Nos lleva a apreciar nuestra tribu, pero simultáneamente a odiar a las de fuera; este es nuestro reverso tenebroso, como dirían los Caballeros Jedi.
Esta es, entonces, la cuestión: nuestros instintos morales funcionan razonablemente bien dentro de cada tribu, pero se convierten en un problema en la relación con otras tribus, que pueden tener sus propias preferencias morales. Por eso las desavenencias intertribales pueden acabar en guerras santas, en las que cada tribu cree estar guiada virtuosamente por la moral. Y por eso no son guerras de buenos contra malos, sino de buenos contra buenos (o de malos contra malos, si lo prefieren). En este momento la moral automática no funciona, y debe activarse el modo manual-racional, como en las cámaras de fotos.
Todo hasta aquí es razonable, y está bien desarrollado. Pero Greene tiene que explicar cómo va a solucionar las desavenencias morales entre distintas tribus: cómo encontrar una metamoral, una moneda moral común a todas. Ya hemos visto que las pretensiones de encontrar una moral pura con el auxilio de la razón son ilusorias. Kant no estaba descubriendo unas leyes morales inmutables, presentes en el universo a la espera de ser descubiertas como las matemáticas. Lo que hacía era racionalizar, justificar sus propios instintos morales localizados en sus emociones. ¿Dónde buscar entonces? Greene cree haber encontrado la respuesta en el utilitarismo.
El utilitarismo fue inventado por Jeremy Bentham, y seguido (hasta cierto punto) por John Stuart Mill. Es el sistema que, partiendo de la guía natural proporcionada por el placer y el dolor, se encarga de proporcionar «la mayor felicidad para el mayor número», es decir, de maximizar la cantidad total neta de felicidad en una sociedad.
En cierto sentido, todos tendemos a aplicar una dosis de utilitarismo en nuestros juicios. Pero, llevado al extremo, tiene graves contraindicaciones que Greene no soluciona satisfactoriamente. Pueden encontrarlas aquí. Y aquí pueden comprobar que, a pesar de que Greene mete a Bentham y a Mill en el mismo saco, aunque ambos decían defender el utilitarismo hablaban de cosas radicalmente diferentes. (También pueden verlo aquí, en un formato francamente elegante y por un precio irresistible. El caso es que Bentham y Mill tenían sus propias preferencias (Bentham era más, digamos, socialdemócrata, y Mill más liberal), que el utilitarismo les permitía racionalizar. Exactamente igual que a Kant.
Hay una crítica adicional a la opción de Greene por el utilitarismo como moral en modo manual. Pretende transcender racionalmente la moral automática, instintiva, basada en emociones, pero resulta que la felicidad que utiliza como unidad de medida también se sustenta en emociones, con lo cual, al final, no avanzamos mucho. Por cierto, es interesante constatar que Bentham, el paladín del utilitarismo con el que se pretenden trascender las emociones morales, padecía un Asperger severo, así que tal vez sencillamente es que no las percibía. En todo caso, Greene pretende demostrar la utilidad del utilitarismo en una discrepancia moral bien conocida, el aborto, y los resultados no son muy estimulantes.
Greene finaliza con una serie de recomendaciones. Bien, pueden ser útiles. Yo me conformaría con ésta: no deben ignorarse los cimientos emocionales de la moral. Se debe usar la razón para construir sobre ellos un sistema sabiendo que, como nuestros valores provienen de módulos morales-emocionales independientes, pueden perfectamente ser contradictorios; esto es muy visible con la libertad y la igualdad. Por eso, «no existen soluciones morales, sino transacciones». Por último, hay que entender de dónde provienen nuestros juicios morales, porque con frecuencia son mero resultado de la pertenencia y aferrarse a ellos no es virtud sino fanatismo. Al final, habrá que recurrir al cálculo en muchas ocasiones al cálculo utilitarista, pero si se acepta que la dignidad humana sea reducida a un número el desastre estará garantizado. Y no, no es que el concepto de dignidad humana esté vagando por el cosmos esperando a ser encontrado. Es una construcción humana, pero sin esa pieza el edificio de la civilización se derrumba, y cuando Kant decía que las personas no pueden ser usadas como medios, percibía exactamente esto. Al menos ésta es mi opinión.
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