lunes, 15 de septiembre de 2014

LAS CARTAS DE RENAN A STRAUSS (1)

Tras la revolución de 1868, y la deposición de la reina Isabel II, el general Prim valora distintas opciones para ocupar el trono español vacante, entre ellas la del príncipe Leopodo de Hohenzollern. Prusia acaba de derrotar a Austria y sus aliados de la confederación alemana, y Francia teme que con un pariente del monarca prusiano en España se encontrará incómodamente situada entre las tenazas de una pinza. Así que presiona diplomáticamente, y Leopoldo termina por retirar su candidatura.


En julio de 1870 el rey Guillermo I Prusia, también Hohenzollern, pasea tranquilamente por el balneario de Bad Ems cuando es súbitamente abordado por el embajador francés. Tras intercambiar las cortesías de rigor, el embajador insta al monarca a que se comprometa para siempre a que jamás un Hohenzollern ocupe el trono de España. El rey, en tono amable, renuncia a hacer ningún compromiso a tan largo plazo, se despide del embajador, encarga a su edecán que en lo sucesivo trate él con el pelmazo, y se va a tomar sus baños.

Siguiendo instrucciones del rey, el edecán manda un escueto telegrama a Bismarck describiendo el encuentro. El Canciller, con su proyecto de unificación a cuestas, se encuentra muy necesitado de un enemigo común para despertar el fervor patriótico alemán, ya de por sí bastante sensible. Así que, tras alterar sutilmente el telegrama, ordena su publicación. Con la nueva redacción parece que el rey de Prusia ha tratado con altanería al embajador francés, y que ha encargado a un sirviente que pasaba por allí que en lo sucesivo trate con él. Tal y como Bismarck espera [1], el emperador Napoleón III reacciona como si se hubiera sentado sobre una avispa, y el 19 de julio de 1870 declara la guerra a Prusia. Napoleón III no sólo ha valorado incorrectamente el telegrama, sino también la potencia bélica de su adversario. El ejército francés sufre una serie ininterrumpida de derrotas que culmina en la definitiva de Sedán, donde de paso es capturado el propio emperador.


Entre los efectos secundarios de la derrota militar está la anexión de Alsacia y Lorena por Alemania, y culminada la ocupación los más ilustres representantes de la universidad alemana se ponen a la tarea de justificarla. En Alsacia se habla alemán, su cultura es alemana. La anexión, argumentan los intelectuales, no es más que una reintegración de las ovejas perdidas en el rebaño alemán. Mientras tanto los diputados alsacianos de la Asamblea Nacional proclaman su lealtad a Francia:

"Proclamamos el derecho de los habitantes de Alsacia-Lorena a seguir siendo miembros de la Patria Francesa, y juramos tanto en nombre propio como en el de nuestros comitentes, nuestros hijos y descendientes, reivindicarlo eternamente y mediante todos los procedimientos, a despecho de todos los usurpadores”.

Parece que es momento de grandes palabras, de hablar de la eternidad, y de arrogarse la representación de unos descendientes que aún no han tenido oportunidad de dársela. Pero la razón está a su lado.

En agosto de 1870 el teólogo y escritor David Friedrich Strauss inserta una carta en La gaceta de Augsburgo en la que solicita a Ernest Renan que se manifieste sobre el asunto. ¿Por qué lo hace? Renan es francés, y no puede sentirse muy satisfecho con el desenlace de la guerra. Quizás porque sabe que Renan no ha sido en el pasado inmune a las teorías racistas, y ha tendido a hablar en términos de espíritus, razas y culturas: ”La raza semítica comparada con la raza indoeuropea significa realmente una combinación inferior de la naturaleza humana” [2]. ”(…) la espantosa simplicidad del espíritu semítico, que angosta el cerebro humano cerrándolo a cualquier idea delicada” [3].


Pero Renan ha descubierto súbitamente a la persona. El hombre, emancipado por la Ilustración de la esclavitud del nacimiento, el rango y el estatus, no puede caer ahora bajo el moderno yugo de la raza, el espíritu o la cultura. En septiembre Renan responde a Strauss en el Journal des débats:

“Considero, por lo demás, que puede tener alguna utilidad el que en esta crisis dos hombres que pertenecen a dos naciones rivales, independientes el uno del oro y ajenos a todo espíritu partidista, intercambien sus puntos de vista –sin pasión, pero con plena franqueza – sobre las causas y el alcance de la lucha actual”.

El tono inicial es Renan es obsequioso (“sus altas y filosóficas palabras (…) debo a Alemania lo que más aprecio, mi filosofía, casi diría que mi religión (…) Alemania ha producido uno de los más bellos desarrollos intelectuales que haya existido jamás”) pero poco a poco comienza a perfilar su argumentación. Ignorando que la distinción ha dejado de existir, Renan intenta dejar al margen a la culta Alemania y atribuir los males al fanatismo y la cerrazón prusiana:

“(…) esa pedantería arrogante y envidiosa que a veces nos desagrada en Prusia iba siendo sustituida poco a poco hasta dar paso al espíritu alemán, con su maravillosa altura y sus poéticas y filosóficas aspiraciones”.

Continúa quejándose del fanatismo que parece haber aquejado súbitamente a Mommsen [45]:

”Su ilustre Mommsen, en una carta que nos ha entristecido un tanto, comparaba hace unos días nuestra literatura a las aguas cenagosas del Sena y pretendía preservar al mundo de aquélla como de un veneno”.


Renan no parece apreciarlo, pero la súbita exaltación del austero profesor Mommsen, diluido en un enfervorecido espíritu alemán, es el mayor síntoma de la virulencia del mal que se ha extendido. Y continúa diciendo:

“Vuestros fogosos germanistas alegan que Alsacia es una tierra germánica, injustamente separada del imperio alemán. Observe que todas las nacionalidades son territorios mal delimitados; si se pone uno a razonar sobre la etnografía de cada cantón, se abre la puerta a guerras sin fin”.

He aquí otro asunto que Renan roza en su carta y no llega a desarrollar: la apropiación de Alsacia es ruptura y destrucción; la postura de Renan defiende la estabilidad y el mantenimiento de la pacífica convivencia, y esto en sí es un valor que se debe preservar.

Strauss no ha encontrado simpatía por parte de Renan en la desmembración de Francia. Sin incluir la carta de Renan, que él mismo había solicitado, hace un par de comentarios despectivos sobre la misma en la Gaceta de Augsburgo y se desentiende del asunto. Renan se enfada y dirige una segunda carta a Strauss en la que le reprocha la falta de delicadeza:

”He aquí, señor, donde veo claramente la diferencia entre nuestros modos de entender la vida. La pasión que le llena y que le parece santa, es capaz de arrancarle un acto lamentable (…) Se deja usted arrastrar por su causa: el apasionamiento le impide apreciar esos remilgos de gentes aburridas que nosotros llamamos gusto y tacto”

Y a continuación se burla con elegancia de la causa que obnubila a Strauss:

”En casi todos los sitios donde los fogosos patriotas de Alemania reclaman un derecho germánico, podríamos nosotros reclamar un derecho celta anterior. Y antes del periodo celta existían, se dice, los alófilos, los fineses y los lapones; y antes de los lapones estaban los hombres de las cavernas; y antes de los hombres de las cavernas estaban los orangutanes: con esta filosofía de la historia no habría otra legitimidad en el mundo que el derecho de los orangutanes, injustamente desposeídos por la perfidia de los civilizados”.

Y vuelve a poner de manifiesto el peligro de la visión del mundo que el alemán defiende:

“Alemania (…) se ha subido a un fogoso caballo que la llevará donde no quiere”. ”La división demasiado acusada de la humanidad en razas (,…) no puede conducir más que a guerras de exterminio (…) Esto sería el fin de esta mezcla fecunda, compuesta de numerosos elementos todos ellos necesarios, que se llama humanidad”.

Renan está en mitad de dos corrientes. Advierte el peligro de supeditar a la persona a ensoñaciones colectivas (raza, espíritu, nación) pero se ve incapaz de renunciar completamente a ellas (”sin duda alguna rechazamos como un error de hecho fundamental la igualdad de los individuos humanos y la igualdad de las razas”) Consigue, sin embargo, reconducir su argumentación hacia el humanismo:

”Seamos menos radicales; al lado del derecho de los muertos admitamos un pequeño espacio para el derecho de los vivos”.

”Alsacia es alemana por lengua y por raza, pero no desea formar parte del estado alemán; esto zanja la cuestión. Se habla del derecho de Francia, del derecho de Alemania. Estas abstracciones nos afectan mucho menos que el derecho que tienen los alsacianos, seres vivos de carne y hueso, a no obedecer a otro poder que el consentido por ellos”.

(continuará)

Notas.
[1] Más tarde Bismarck dirá: “el telegrama produjo el efecto de un trapo rojo ante el toro francés”.
[2] E. Renan: Discursos de apertura en el Colegio de Francia. Citado por A. Finkielkraut en La derrota del pensamiento.
[3] E. Renan: Historia de las lenguas semíticas .
[4] Theodor Mommsen estudioso de la antigüedad clásica y posteriormente político y jurista. Es autor de una monumental Historia de Roma en tres volúmenes.

Imágenes: 1) Guillermo I y el embajador francés en Bad Ems; 2) El asedio de París por los prusianos, por Jean-Louis-Ernest Meissonier; 3) Ernest Renan; 4) ¿Arcadi Espada? No, Theodor Mommsen.

9 comentarios:

benjamingrullo dijo...

Estupendo, entretenido y didáctico.

navarth dijo...

Gracias Benja. Aprecio mucho el comentario, viniendo de quien viene.

Lebato de Mena dijo...

Me ha gustado la claridad de ideas y la limpia visión de los tiempos que vendrían.

Y también ver citado a Lorenzo Ole-ole si me eligen.

Carlota dijo...

Gracias, Navarth, por compartir el fruto amenísimo de sus trabajos.
No había yo visto nunca una imagen de Renan, bajo cuyo disfraz civilizado se adivina, más que en otros casos, el orangután que evoca. Ya no podré leer sus citas racistas sin una sonrisa comprensiva.

(veo que también le impresionó la reciente aparición pública de Espada, melenudo como un león)

navarth dijo...

Es cierto Don Lebato, pero verá que las recetas de Renan son insuficientes para casos como el nuestro.

Gracias a usted Carlota por acudir a este blog. A mi Renan en la foto me recuerda más a un habitante de Hobbiton.

Saludos.

viejecita dijo...


Muy divertido, Don Navarth
Tiene gracia que yo conociera a Renan por mis lecturas teológicas adolescentes ; que Tomas Merton llegó a la Fe católica por él, y eso que según tengo entendido, estaba en el "índice".

Los franceses lo tuvieron merecido por poner a semejante "parvenu" de "emperador".
Que Napoleón se ganó el imperio por sus propios méritos ( el oportunismo inteligente fue uno de esos méritos ), pero pensar que ya con el nombre estaba todo hecho...

Yo en ese tema, soy más de Sanchez Dragó, que dice que en España teníamos que haber seguido con los Austrias... Y, no es por nada, pero la mejor de nuestra familia reinante actual, Dª Sofía, es , justamente, alemana de apellido, . ( aunque aquí, para disimular, se lo hayan cambiado por Grecia ...)

Johannes A. von Horrach dijo...

Empezó de forma algo alarmante su texto, querido Navarth, con esa "deposición" de Isabell II... pero el resto es muy interesante, con ese culmen del "derecho de los orangutanes" que resume lo que Savater (creo) llamaba la "tiranía del origen". Los derechos históricos es lo que tienen: esa autenticidad de quedar más cerca del Australopithecus...

navarth dijo...

Don Lebato me acabo de enterar por mi santa qué es eso de "ole ole si me eligen" ¡Qué bueno!

navarth dijo...

Doña Viejecita, lecturas teológicas, ¿eh? Es usted una fuente inagotable de sorpresas.

Gracias Von Horrach. A juzgar por alguno de sus contertulios en Radio Bellver, usted sí que debe de estar adquiriendo un profundo conocimiento sobre los orangutanes.