lunes, 4 de julio de 2011

HISTORIA DEL JAPON (11): LA GUERRA ÔNIN

(Para Balsera y Pau)


La rivalidad de dos familias samurai, los Yamana y los Hosokawa, aceleró el final de la era Muromachi. Hosokawa Katsumoto y Yamana Sôzen aspiraban simultáneamente al puesto de Kanrei, delegado del shogun en Kyoto. Ese fue el momento, particularmente inoportuno, que el shôgun Ashikaga Yoshimasa, una persona débil e incapaz, escogió para dimitir y retirarse a la vida contemplativa. Los aspirantes a la sucesión en el shogunato eran su hijo y su hermano menor, y los Yamana y los Hosokowa se alinearon respectivamente con cada uno de los pretendientes. Fue el comienzo de la Guerra Ônin, que duro de 1467 a 1477. A pesar de que prácticamente se circunscribió a Kyoto fue muy destructiva, y dejó la capital en ruinas.


Mientras tanto Yoshimasa permanecía al margen de los acontecimientos, preocupado únicamente por el diseño de su Pabellón de Plata, un edificio que pretendía emular al Pabellón Dorado de su abuelo*. La guerra finalizó con la poco deportiva retirada de los Yamana, que se marcharon incendiando la ciudad. A partir de ese momento, todos los sogunes Ashikaga fueron meras marionetas en manos de los Hosokawa. Hosokawa Katsumoto pudo dedicarse entonces a construir el Ryōan-ji, un templo zen, famoso por su jardín de piedras, que serviría de tumba para siete emperadores.



* Como el inepto Yoshimasa no pudo conseguir fondos para la plata, el Pabellón quedo, significativamente, de color negro.
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Imágenes:
1.- Escena de la guerra Ônin
2.- Hosokawa Katsumoto
3. El jardín de piedras de Ryōan-ji

7 comentarios:

Pau Llanes dijo...

Hace dos años que estuve en Japón por última vez. Por supuesto me escapé unos días a Kyoto, sobre todo a ver y contemplar jardines. Creo que fueron más de cincuenta en esta ocasión; entre ellos, todos los lugares que nombras.

Desde 1984 que hice mi primer viaje a Japón y contemplé emocionado la severa belleza del Ryoan-Ji no he dejado de pensar en sus metáforas y enseñanzas. Aquellas metáforas e intuiciones primeras las he ido renovando con el tiempo no sólo gracias a la lectura de sugestivos textos de especialistas y pensadores sobre el tema sino principalmente en la contemplación directa de muchos de los jardines esenciales de la tradición japonesa; he sido afortunado por tener estas experiencias…

Por ejemplo, aprendí ante las quince rocas del Ryoan-Ji (que como bien señalas no pueden ser vistas al mismo tiempo y en una misma mirada) que no podemos ver, reconocer y entender todos los aspectos de la realidad desde un único punto de vista ––acaso por eso es tan importante viajar, moverse, ponerse a un lado y a otro, dentro y fuera del problema, experimentarlo y reflexionar luego sobre ello, etc. Hay que asumir la multiplicidad de las cosas, su fragmentación. Mi admirado amigo y maestro el artista Hidetoshi Nagasawa me hablo al respecto un día: “Cualquier cosa de la naturaleza, por ejemplo una piedra, si se fragmenta cada uno de los fragmentos resultantes sigue siendo la cosa original; cada uno de los fragmentos de la piedra son a su vez piedras. Sin embargo las cosas que hacemos los hombres no son así: si se rompe una silla deja de ser silla, ya no cumple su función, para que vuelva a ser silla debemos reconstruirla. Sólo en el arte, entre las cosas que hacemos los seres humanos se sigue manteniendo la esencialidad pese a su fragmentación. Si se rompe una escultura mía o la fragmento en diversos elementos cada uno de ellos sigue siendo una escultura, una obra de arte. En este sentido creo que el arte tiene más que ver con la creación sagrada, con la creación de la naturaleza, que con el resto de fabricaciones humanas”…

Un jardín japonés no es una arquitectura aunque decimos de él que está construido, casi siempre al lado, en torno o en el interior de una arquitectura. Tampoco los jardines tradicionales fueron diseñados para ser vistos con visión aérea, por eso no pueden ser entendidos en un plano sino a la altura de los ojos de alguien que reza o medita de rodillas o en la posición de loto. Además la percepción del todo es imposible. “Lo inacabado” no se trata exclusivamente de un refinamiento estético, como tampoco lo son el equilibrio y unidad de sus elementos aun su diversidad y tamaño, su asimetría. Es una evidencia más de que nuestra percepción es siempre parcial e inacabada, como diría Husserl, que acaso la esencial identidad de las cosas sea su indeterminada diferenciación y diversidad.

También aprendí del Ryoan-Ji que la elección del número de elementos que constituye una obra artística, al fin al cabo una metáfora estética del mundo, no es caprichosa ni puede dejarse al azar. ¿Por qué quince rocas en cinco grupos en el Ryoan-Ji?: Una no sería más que una escultura estática, anclada a su propio centro. Dos sería insuficiente, constituirían únicamente una alineación limitada. Tres sería casi perfecto pero trivial, como decir que la mejor silla es la que tiene tres patas. Cuatro es imposible, sería un mal presagio, no olvidemos que cuatro se pronuncia en japonés “shi”, una homofonía de la palabra “muerte”… Cinco es perfecto: “la multiplicidad encuentra su equilibrio a partir del cinco, una cierta neutralidad”… Reconozco que me fascina contar los elementos que utilizan y ponen en acción los artistas en sus obras, poner en relación su numerología con las mías a las que he dedicado tantos años. Aprendí a cifrar y descifrar el mundo con cifras, por supuesto. No soy indiferente a la magia de los números, a su poder.
(continúa)

Pau Llanes dijo...

Desde luego considero el Ryoan-Ji como un koan visual, como lo son muchas obras de arte. En realidad el jardín existe en nosotros: lo que vemos o entrevemos en el recinto rectangular del Ryoan-Ji , en los jardines regulares o irregulares, formales e informales, de Nagasawa, no es más que nosotros mismos. El arte es el más poderoso mecanismo de reflexión y auto reconocimiento que conozco. Qué decir de la noción de mimesis que no se haya escrito…

Otro aspecto paradójico que descubrí en el Ryoan-Ji es el que representa la grava de piedrecillas, la arena, los millones de granos de arena: el vacío. Desde luego tiene que ver con una de las paradojas fundamentales del pensamiento budista: sólo a través de la forma podemos concebir el vacío. Ideas que he visto representadas en miles de obras de arte desde entonces y que tienen que ver sin duda con aquellas reflexiones de Merleu-Ponty sobre lo visible y lo invisible, sobre el sentido esencial del “hacer arte”: transmutar y transformar, revelar, hacer visible lo invisible. Es la arena la que confiere a las rocas su evidencia visual, su eficacia simbólica. “Donde no hay forma no hay vacío”…

Saludos desde el otro lado: Pau Llanes

balsera dijo...

Muchísimas gracias, Navarth. Tanto mi hijo* como yo te agradecemos el detalle.

*ahora que no me lee, sacó 5 matrículas de honor este curso. Se está ganando su soñado viaje a Japón.

Monsieur de Sans-Foy dijo...

Retirarse del mundo...
A mí, lo de retirarse a la vida contemplativa, sea en Ashikaga Yoshimasa o en Salustio, siempre me ha parecido un mensaje envenenado: Retirarse a contemplar (regocijadamente) cómo otros se matan entre sí.

Valientes cabrones.

navarth dijo...

Muy interesante, Pau. Tengo que reflexionar sobre el asunto. Por cierto, acabo de leer un libro que quizás conozcas: Elogio de la sombra, de Tanizaki. Saludos.

navarth dijo...

¿¿5 matrículas de honor?? Mi más sincera enhorabuena a ambos. Desde luego, se merece el viaje. Abrazos.

navarth dijo...

Ah, Monsieur, usted es tirando a malvado, pero yo creo que el pobre Yoshimasa no era tan retorcido: es que no daba más de sí. Magnífica su competición de sonetos.