lunes, 9 de mayo de 2011

HISTORIA DEL JAPON (10): GEKOKUJÔ

Hasta ahora sólo nos hemos ocupado de la parte más vistosa de la historia, los samurai, la casta más alta de la sociedad; en el otro extremo estaban los campesinos. Tradicionalmente la política y la guerra había sido asunto exclusivo de los primeros, mientras que los campesinos, también de forma exclusiva, se dedicaban a cultivar la tierra. Este modelo social tenía una hermosa simetría, al menos para los samurai: ellos estaban en la cúspide de la sociedad y podían demostrarlo por la fuerza de las armas, lo que constituía una especie de refrendo cósmico al sistema. Pero con el tiempo entre ambos grupos diferenciados comenzó a surgir una zona gris. Por un lado había samurai con pocos recursos, llamados ji-samurai, que, dado que ni siquiera tenían dinero para mantener siervos, se veían obligados a compatibilizar la guerra con el cultivo personal de sus tierras. Y, por otro, había campesinos más o menos ricos, mucho más que algunos de sus vecinos ji-samurai, que, en ocasiones, se dedicaban a actuar como prestamistas, y pronto necesitaron contratar gentes de armas para su protección.

Los campesinos se limitaban a asistir pasivamente a las interminables luchas entre samurai. Estos los ignoraban por completo, por lo que en las guerras no eran frecuentes las masacres o los raptos. Lo que realmente temían los campesinos eran el hambre y las enfermedades derivadas de la destrucción de las cosechas. Eso, y al recaudador de impuestos: durante el bakufu Ashikaga, la hacienda se llevaba nada menos que el 70% de todo lo que lo que la tierra producía. Hasta finales del s.XIV los campesinos se mantuvieron perfectamente dóciles, pero a partir de entonces las cosas comenzaron a cambiar. Entre otras cosas porque los empobrecidos ji-samurai sufrían con igual intensidad los embates del fisco, y su naturaleza era menos paciente. A principios del s.XV comenzaron a formarse organizaciones llamadas ikki dedicadas a formular quejas a las gobernantes cuando sus exacciones excedían toda contención. Pronto, ante sus crecientes necesidades económicas y la indiferencia de las autoridades, comenzaron a estallar revueltas organizadas por los ikki, y en 1441 una de ellas, motivada por la promulgación de ciertos edictos fiscales, se extendió a Kyoto. Fueron tomados algunos edificios estratégicos, y la turba bloqueó todos los accesos a la ciudad hasta que el bakufu se vio obligado a revocar el edicto.

Simultáneamente a las revueltas ikki, los campesinos comenzaron a encontrar oportunidades para mejorar su situación ingresando en los ejércitos de los shugo-daimyô, cada vez más necesitados de efectivos. Éstos les proporcionaban una somera formación militar, y les dotaban de una coraza con el emblema de su señor y armamento ligero. También les daban un casco cónico que, cuando no estaban en combate, les servía para cocer el arroz como si de un wok se tratase. Fueron llamados ashigaru (literalmente, pies ligeros), y su inclusión en el ejército significó una verdadera revolución social pues, como hemos visto, los samurai consideraban la guerra como un asunto de su exclusivo negociado. Sin embargo, desde un punto de vista pragmático, era mucho más rápido y barato para los shugo-daimyô formar un cuerpo de infantes o arqueros ashigaru, que además eran fácilmente reemplazables, que de samurai.


Y no eran estos las únicas turbulencias dentro de la rígida sociedad japonesa. Por ejemplo, un ji-samurai decidido podía progresar espectacularmente en función de sus éxitos guerreros. El caso paradigmático es el de Hôjô Sôun, que en 1491, a las órdenes de un shugo-daimyô, venció al gobernador de la provincia de Izu. Como recompensa fue puesto al frente de ella, y a partir de ahí se expandió conquistando los territorios vecinos. Hôjô Sôun es considerado el primer daimyô de la era sengoku, de la que más tarde hablaremos.

Insurrecciones de campesinos que anegaban la capital, labriegos haciendo la guerra (y cocinando en sus cascos), advenedizos ji-samurai que alcanzaban la cúspide del poder… Los altivos samurai contemplaban los acontecimientos con la nariz levantada y bastante inquietud. Y, a falta de algo mejor, al menos inventaron una palabra para definirlo: gekokujô, lo inferior triunfando sobre lo superior.
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Imágenes
1. Tres ashigarû acosan a un samurai, que reflexiona sobre el gekokujô

2 comentarios:

izumi dijo...

おたんじょうび、おめでとうございます!
いつもブログをよんでいます。
これから ときどき、コメントします。

navarth dijo...

Izumi san, domo arigato gozaimas!

Hai, comento shite kudasai.