viernes, 6 de agosto de 2010

HERRAMIENTAS DE INFLUENCIA (4) Robert Cialdini: “Influencia. Ciencia y práctica”

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La mejor manera de comprobar el mecanismo de la autoridad es acudir a Milgram.

En 1974 Stanley Milgran, psicólogo social de la Universidad de Yale, realizó un experimento destinado a probar el poder de la autoridad sobre la conducta de las personas. Comenzó insertando un anuncio en un diario local solicitando interesados en participar en un estudio de la universidad sobre memoria. Las personas que respondían al anuncio se encontraban ante un evidente científico, ataviado con su correspondiente bata blanca, que les explicaba que el estudio trataba sobre la mejora del aprendizaje mediante la aplicación de castigos físicos. Uno de los voluntarios, que actuaría como ‘alumno’, debería memorizar pares de palabras, y después otro, el ‘maestro’, lo examinaría y le administraría descargas eléctricas, de intensidad creciente, cuando las respuestas fueran incorrectas. A continuación, el ‘alumno’ era sujetado con correas a una silla, con electrodos adosados a su cuerpo, y el ‘maestro’ era colocado en una habitación contigua ante una máquina de aspecto sofisticado, en la que una hilera de luces indicaba la progresión del voltaje aplicado, desde 25 voltios hasta 450 (el doble del normal en una vivienda), las últimas luces marcadas con conspicuas señales de peligro.

Imaginémonos la escena. Según avanza la prueba comienzan a producirse errores por parte del alumno, y el maestro se ve obligado a aplicar las descargas. Conforme éstas van subiendo en intensidad, las protestas del alumno se incrementan. Cuando el castigo supera los 100 voltios éste, entre gritos, exige ser liberado. El maestro duda, pero el científico que dirige el experimento, y que permanece impasible tomando notas, se limita a decirle que el experimento debe continuar. Al llegar a 200 voltios la angustia del alumno, que parece haber caído en mitad de una pesadilla, es evidente. Ante las nuevas dudas del maestro, el científico vuelve a decirle, tranquilamente, que debe seguir. 250 voltios y el alumno, entre alaridos, asegura que tiene mal el corazón y que no cree que pueda resistir. 300 voltios y el alumno queda sumido en el silencio. Por lo que el maestro sabe, puede estar desmayado o muerto. El científico le asegura que debe seguir hasta el final…

Obviamente las descargas eran falsas, y el “alumno”, un actor colaborador del experimento, se limitaba a fingir el dolor y la desesperación, pero el “maestro” no lo sabía. El objeto del estudio era la disposición de una persona a infligir daño a otra a instancia de una autoridad. Los resultados son desoladores.

Antes de realizar el experimento, Milgram se reunió con un grupo de colegas y alumnos de psicología de Yale y les pidió que realizaran una estimación previa de los resultados. Según ellos, sólo una o dos de cada 100 personas estarían dispuestas a llegar hasta el final administrando los 450 voltios. La realidad los desmintió dramáticamente: dos tercios de las personas fueron capaces de administrar el máximo voltaje a los “alumnos”. Esta diferencia de 65 puntos porcentuales representa la medida de lo serio que es el peligro, pues quiere decir que no estamos en absoluto preparados para la acción de este mecanismo. Esta carencia no se ve subsanada tras la visualización del experimento, ya que tendemos a pensar que los “maestros”, que son obtusos o malvados o ambas cosas, son los otros, pero que a nosotros jamás podría pasarnos algo así. Desengañémonos. Como dijo el propio Milgram tras comprobar los resultados, los participantes son iguales que usted y yo.
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Además del poder de la autoridad, el experimento parece demostrar que nuestras objeciones para causar daño a otras personas no son, en realidad, muy sólidas. Convendría, por tanto, investigar cuál es la naturaleza de éstas. En el experimento los “maestros” sufren enormemente al activar las descargas eléctricas: palidecen, se muerden las uñas, se golpean los puños contra la frente… Pero ¿sufren por la tortura que están infligiendo o por su propia indecisión? Un aspecto importante del experimento es que, salvo por las reacciones del ‘alumno’, todo transcurre en un ambiente de total normalidad: el profesor, que no tiene aspecto siniestro, está tranquilo pasando aburridamente papeles; la habitación es aséptica y no tiene en absoluto aspecto de mazmorra; no suena una música tenebrosa. Hay una contradicción entre las protestas del alumno y el resto de las señales que causa desazón al maestro y un deseo de salir cuanto antes de la situación. Es posible que, en esas circunstancias, la salida más fácil esté al final de la hilera de lucecitas de la máquina, es decir, continuar administrando descargas hasta el final. Quizás en ese momento el alumno empiece a ser visto, no como un ser al que provocamos sufrimiento, sino como un estorbo molesto cuyos gritos nos causan incomodidad.

Así las cosas ¿qué es lo que nos preocupa realmente? ¿Hacer daño a otra persona o la posibilidad de ser considerados malos? La distinción es importante, pues si la respuesta es la segunda, estamos ante un asunto de mera etiqueta social, de modo que bastará con que ésta desaparezca para que con ella desaparezca nuestra oposición a hacer sufrir a otros. En realidad, si combinamos el efecto del mecanismo de la autoridad con el de la normalidad y la etiqueta social, nos daremos cuenta de que no es complicado generar una sociedad enferma en la que sus habitantes se acostumbren a vivir inmersos en el mal. Esta condición, obviamente, sólo será visible desde fuera.

7 comentarios:

BenGunn dijo...

El de Milgram debe ser el experimento psicológico más famoso de la historia, y el más alarmante. Sin ánimo de sobrecargarle de lecturas veraniegas, le enlazo una reflexión un tanto escéptica sobre esta prueba, escrita por uno de los participantes.

navarth dijo...

Sí, sí, los resultados son absolutamente alarmantes. Creo que el experimento debería de ser de enseñanza obligatoria en los institutos. Muy interesante la reflexión que me enlaza, aunque me ha dado la impresión de que su autor está más interesado en contar, orgullosamente, su propia vida, que en discutir las conclusiones del experimento.

Hablando de experimentos interesantes. ¿Conoce La Ola? Saludos.

yapoco dijo...

Sigo la serie de pe a pa. Pero comienzo a preguntarme si alguna vez conseguí tomar alguna decisión por mí mismo. Ay.

navarth dijo...

Sus temores son justificados. Somos presa fácil de políticos, vendedores de crecepelo (y gente aún peor) que conocen a la perfección el funcionamiento de estos resortes. Saludos.

Anónimo dijo...

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BenGunn dijo...

No, no conocía La Ola, aunque sí he visto una película alemana del mismo título (dirigida por Dennis Gansel en 2008) que aparentemente es un remake de la que enlaza usted. No sabía que la historia se inspirase en un experimento real. Le agradezco la información.

Lamento la tardanza en contestarle. He estado fuera de casa desde el día 8 hasta ayer mismo por la noche y no tengo portátil.

navarth dijo...

El experimento fue real, y se desarrolló en un Instituto de Palo Alto, en California. El profesor, un tal Ron Jones, se proponía demostrar a sus alumnos cómo se había implantado en nazismo en la sociedad alemana. A tal fin se invento un grupo llamado “La Tercera Oleada”, con ideales difusos y normas arbitrarias, pero que demostró de manera dramática la predisposición a formar grupos excluyentes dentro de la sociedad. Como recompensa, Ron Jones fue expulsado del instituto.