domingo, 25 de octubre de 2009

HISTORIA DEL JAPON (1): LOS COMIENZOS


No entraremos a describir en profundidad el Japón anterior al año mil, pero conviene saber que existía un Emperador. También es importante entender que el Emperador era Dios, con lo cuál su posición era notablemente mejor que la de sus colegas europeos. Su divinidad provenía de su parentesco con Amaterasu, diosa del sol, y esto tenía una serie de decisivas consecuencias: el título imperial sólo se transmitía hereditariamente, no podía ser ostentado por quien no tuviera sangre imperial, y un cambio de dinastía era impensable. Por eso, las familias poderosas que, para su desgracia, no tenían sangre imperial se veían obligadas a realizar aproximaciones indirectas para ejercer efectivamente el poder, como veremos.

De la bruma de la leyenda podemos intentar rescatar algún nombre. Por ejemplo, el del príncipe imperial Yamato Takeru, que tenía un carácter intratable y había ocasionado la muerte de su hermano. Pensando que no podría hace un hombre de provecho de él, su padre decidió enviarlo a las misiones más peligrosas con el fin de que encontrara la muerte en alguna de ellas. Pero él, con su astucia y su espada Kusanagi salía triunfante de todos los embrollos.


También, el de la Emperatriz Jingô, que, hacia el año 500, estando embarazada, dirigió una invasión a Corea. Su hijo fue Ôjin, el primer Emperador histórico del Japón, que a su muerte, y tal vez por haberse acostumbrado a la batalla desde el claustro materno, fue deificado como Hachiman, dios protector de los guerreros.

En el s.VI la religión budista se introdujo en Japón, y entró en conflicto con el sintoísmo, la religión hegemónica hasta entonces. Esta penetración religiosa fue parte de una introducción global de la cultura china, que incluyó además la escritura, la arquitectura y el vestuario. En ese momento, la estructura social de Japón era la de una sociedad feudal, compuesta por cuatro castas: guerreros, comerciantes, artesanos y campesinos. En la cúspide, los guerreros: los samurai o bushi. Por supuesto, no todos tenían el mismo poder. Se hallaban jerarquizados configurando una pirámide similar a la de la nobleza feudal europea, unidos entre sí por vínculos de vasallaje. En ocasiones, el poder de algún samurai en concreto excedía al del propio Emperador, lo que determinaba permanentes conflictos con la casa imperial. A lo largo de la historia algún poderoso samurai intentó, sencillamente, derrocar al Emperador e instaurar una nueva dinastía basada en la suya propia: este fue el caso de Taira no Masakado en el año 935. Enfadado porque el Emperador le había negado un cargo al que creía tener derecho, huyó a su provincia y se proclamo a su vez Emperador, distribuyendo a continuación cargos en su corte entre amigos y familiares. Un miembro de la familia Fujiwara, Fujiwara no Tadabumi, acudió con un ejército a la provincia, venció al sublevado y envió su cabeza al Emperador en una cesta.

El principal problema que encontraban estas insurrecciones consistía en que el Emperador estaba protegido por la legitimidad que le proporcionaba su sangre imperial y divina. Evidentemente, los samurai no podían infringir alegremente este derecho de sangre, ya que, a su vez, era el mismo que los legitimaba a ellos frente a sus súbditos. Por ello, era más práctico para las casas poderosas establecer vínculos familiares con la casa imperial y, a través de ellos, tejer una telaraña de poder. Así ocurrió con la familia Fujiwara, que fue la más poderosa del Japón entre los siglos X y XI.
_________________
Grabados, de arriba abajo:
1.- La flota de la emperatriz Jingô retornando victoriosa de la invasión de Corea.
2.- El príncipe Yamato, disfrazado de mujer, disponiéndose a liquidar a unos conspiradores en Kumaso.
3.- La emperatriz Jingô en Corea.
4.- Taira no Masakado
5.- Fujiwara no Tadabumi, en el palacio imperial, después de haber sido vejado y golpeado (por razones que se me escapan) mientras brota la sakura (la flor del cerezo).

1 comentario:

Brunilda dijo...

Fernando-san to watashi no ie wa ni-kai des. Hijos ja arimasen (de momento).