jueves, 5 de febrero de 2009

REFLEXIONES SOBRE EL RELATO POLÍTICO

Hablo aquí de la manifestación de un mecanismo psicológico que, supongo, afecta a todo el mundo, aunque hay personas más predispuestas a él, y otras que son capaces de detectarlo y neutralizarlo. Este mecanismo consiste en la configuración de estructuras mentales que actúan como filtros previos a la hora de percibir la realidad. Lakoff llama “marcos” (frames) a estas estructuras, Revel las denomina "ideología", Christian Salmon "storytelling" y Benjamingrullo “relato”. Lo desconcertante de estas estructuras mentales es que, una vez asumidas, hacen que el individuo perciba la realidad a través de ellas, como cuando hacemos pasar un bloque de plastilina a través de un molde. Y esto tiene una importante consecuencia: parte de la realidad pasa sin problemas a través del molde, parte tiene que ser deformada para que encaje y parte, sencillamente, queda fuera, es decir, no es percibida.

¿Esto es sólo una teoría? Puede ser, pero el mecanismo explica perfectamente un gran número de fenómenos comúnmente observados, que acaban encajando en él como las piezas dispersas de un puzzle.

Por lo explicado, el mecanismo del relato presenta una serie de ventajas notables. En primer lugar, para el espectador:

a) Al ser una versión extraordinariamente simplificada de la realidad, le permite no tener que dedicar mucho tiempo a entenderla, y así dedicarlo a las cuestiones verdaderamente importantes como el futbol.

b) Me he referido al espectador, pero, en realidad, el relato lo convierte también en participante del mismo (como los niños, cuando ven una película de vaqueros), lo que le resulta gratificante. Pero, además, el relato es una representación en la que los papeles están repartidos de antemano y son inmutables, y al espectador-participante le corresponden siempre los de héroe, con la ventaja adicional de no tener que realizar el menor esfuerzo para serlo.

c) Uno de los papeles predeterminados, absolutamente esencial en el relato político, es el de malo: la derecha, el capitalismo, el imperialismo, los EE.UU., Bush, Aznar, los judíos… Un malo malísimo, completamente distorsionado, que realza por oposición el mérito del héroe. En realidad, el héroe del relato político sólo existe por contraposición al malo, por lo que éste no puede desaparecer jamás. Por eso, en realidad el relato político es una mezcla de cuento épico y película de Fu-Manchu (un cuento chino, podríamos decir) Pero, en consecuencia, el relato político sirve, esencialmente, para canalizar, legitimar y dotar de un aura de virtud y respetabilidad los resentimientos y odios previos de los espectadores-participantes
[i].

Para el guionista, es decir, para el poder político que configura un relato para alcanzar el poder y mantenerlo, las ventajas también son notables:

1) El relato, a diferencia de la realidad, es inmune a la argumentación e incluso a los hechos, lo que permite eludirlos cuando éstos son desfavorables. Es decir, el relato crea un espacio en el que la argumentación no tiene cabida. Esto explica que personas alfabetizadas, pero inmersas en el relato, sean impermeables a un chaparrón de razones lógicas, y puedan recibir, imperturbables, un vapuleo dialéctico.

2) Al ser el personaje del malo un elemento esencial del relato, es sencillo canalizar las frustraciones que la realidad produce en los espectadores-participantes (pues la realidad, lógicamente, sigue actuando detrás del relato) hacia aquél. Es decir, agente político puede ocasionar impunemente efectos adversos en la realidad (fuera del relato), pues los canaliza hacia su adversario dentro el relato (fuera de la realidad).

Aquí llegamos a un punto clave de la argumentación. Si la técnica del relato es provechosa para el agente político, y hace feliz al espectador-participante, ¿por qué no adoptarla? ¿Por qué no crear un relato propio? Lakoff, por ejemplo, lo tiene claro, y propone a la izquierda los “marcos” que considera más eficaces para manipular al votante y alcanzar el poder. Zapatero, para qué hablar
[ii]. Pero también el PP, desde las últimas elecciones, parece haber experimentado tentaciones en este sentido (hoy mismo, Jorge Moragas). La respuesta es que la técnica del relato, como todo medicamento paliativo, tiene severos efectos secundarios adversos:

A) Es cierto que la sustitución de la realidad por el relato puede convertir al espectador-participante en un ser más feliz, pero también más idiota. El mecanismo del relato lo infantiliza, y, como dice Salmón (creo recordar), acaba formateando las mentes de manera que las va haciendo cada vez más predispuestas a la aceptación del relatos más disparatados[iii]

B) Como hemos visto, el relato político es un medio idóneo para la expresión de las tendencias más destructivas de los espectadores-participantes, y configura necesariamente un escenario político basado en la confrontación. Y un relato especialmente distorsionado y violento (pensemos en el nazismo) puede convertir en héroe al asesino.

C) La adopción de la técnica del relato puede acabar incapacitando a todos los agentes para actuar en la realidad, lo que necesariamente acaba llevando al desastre.
[iv]

Por eso, la decisión está entre la utilidad y la responsabilidad. Y además, en mi opinión, hay un aspecto esencial que el PP debe tener en cuenta, y es la asimetría, pues es muy posible que, al final, los conceptos de derecha e izquierda puedan explicarse mediante una predisposición emocional previa. En este sentido, el PP no debe pensar que, necesariamente, a él le funcionaría igual que a Zapatero la técnica del relato porque, posiblemente, los individuos más susceptibles a su aceptación ya están en la izquierda. Es decir, es muy posible que Rajoy tenga entre sus votantes una proporción de gente dispuesta a asumir el relato muy inferior a la que existe entre los votantes de Zapatero. Dicho de otro modo, la gente que quiere un relato ya lo tiene, pues está en las filas de Zapatero. Y, recordemos, en ese relato el papel de Rajoy es inmutable: el de malo. Por eso, creo que Rajoy está cometiendo un enorme error al haber adoptado un perfil bajo, pues parece haber asumido todas las acusaciones previas de crispación. Es decir, Rajoy ha intentado entrar en el relato y modificar el guión desde dentro, cuando esto es imposible.

Así pues, en mi opinión, no se debe entrar en el relato, aunque sea para intentar modificarlo o crear uno alternativo, sino destruirlo desde fuera, desde la realidad. ¿Se puede hacer? Supongo que la tarea debe enfocarse como una lenta tarea de erosión a base de confrontar el relato con la realidad. Por ejemplo, el PP debe resaltar que lo que quiere es ciudadanos conscientes y responsables, y no robots uniformados por el pensamiento único que proporciona el relato
[v]. Esta tarea debe estar dirigida a los actuales votantes de Zapatero cuya predisposición emocional al relato es menos intensa, y que, por tanto, son más conscientes de la realidad.
.
Y creo que el elemento estratégico fundamental aquí puede ser la oposición a los nacionalismos periféricos, como única manera de restablecer la igualdad de derechos en España. Esta aversión a los nacionalismos es, además, compartida por votantes del PP y del PSOE[vi]. Y si el elemento estratégico clave es la oposición al nacionalismo, el táctico debe ser la defensa del derecho a escoger y utilizar el castellano (continuará)

[i] Esto explica por qué la izquierda actual, que es la que emplea masivamente la técnica del relato político tiene un componente indiscutiblemente destructivo. Porque el esquema del malo atrae necesariamente a los individuos con más resentimiento del sistema, y los legitima para actuar como máquinas de confrontación.

[ii] Esta apuesta descarada por la suplantación de la realidad por el relato, y la progresiva estupidización de la ciudadanía, que es un riesgo permanente en Latinoamerica, tiene un nombre propio: populismo.

[iii] El relato actual de la izquierda ha ido convirtiéndose en una serie de estampas naïf, en la que la ideología preexistente se limita a suministrar unos trazos que sirven como líneas maestras.

[iv] Podrás inventarte un relato en que los hombres sean capaces de volar, pero no conseguirás anular la ley de la gravedad y acabarás despeñado por un precipicio (por gilipollas)

[v] Por cierto, en esta tarea la burla suele ser un elemento fundamental, por lo que Sáenz de Santamaría, que carece por completo de gracia, no es precisamente el portavoz más adecuado.

[vi] De hecho, es únicamente el poder del relato lo que hace que personas muy aversas a los nacionalismos continúe votando a Zapatero a pesar de su política indiscutiblemente nacionalista. Esto, que es otro de los efectos secundarios perniciosos del relato, es lo que conocemos como sectarismo.

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