domingo, 21 de diciembre de 2008

BUSCANDO OTRO ENFOQUE

Como verán, nos hemos referido a Zapatero como un superhéroe de cómic, como el gurú de una secta, como un adolescente o un niño, o como el Dios de una religión. Estas descripciones diversas son todas acertadas, pues, creo, reflejan, facetas de una misma actitud, cuya característica principal podría ser la tendencia a no dejarse constreñir por la realidad. Desde luego, no es posible ir contra la realidad, pero sí se puede jugar a ello.
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Un niño se pone un sombrero, agarra una pistola de plástico y ya es un vaquero. De modo similar, Zapatero desenfunda su sonrisa, negocia con ETA y la culpa es del PP. Y del mismo modo que resultaría absurdo argumentar al niño que no está en Texas, que es improbable que se cruce con un indio o una vaca, y que se limpie los mocos, la razón resulta completamente inútil ante Zapatero y sus proscritos cuando juegan a gobernar. Por eso son inmunes a la argumentación. Porque se limitan a jugar.
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Con Zapatero se confunden, pues, el juego y la realidad, y no necesariamente prevalece esta última. Inmadurez, podría llamarse esta cualidad que comparten Zapatero y sus votantes, aunque pasados los treinta años, quizás el diagnostico debería ser otro.
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Observen que los juegos construyen un modelo simplificado de la realidad, y esta prodigiosa capacidad de simplificación es otro de los atributos de Zapatero (que también hemos denunciado con profusión cuando hablamos de la superficialidad, la vacuidad o las amebas). Como consecuencia, Zapatero es capaz de llevarse por delante pilares maestros de la sociedad real, sencillamente porque en su juego particular, es decir, la versión simplificada de aquélla, no se contemplan.
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Pero no se dejen enternecer por ver a nuestro presidente jugando. Como en todo buen juego, él necesita un malo: la derecha, los neocons, la globalización y todo eso. Pero la democracia, me refiero a la real, no aguanta bien los juegos de buenos y malos. Eso queda para los que, como Zapatero, se conforman con jugar a ella. Y no olviden que si el niño-vaquero no se carga realmente al indio, no es porque sepa que está jugando, sino porque no tiene posibilidad de interactuar con la realidad. Zapatero sí.

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