lunes, 7 de enero de 2008

NEW ARABIAN NIGHTS (2)


Aquella tarde, Florizel se encontraba paseando a caballo cuando se cruzó con un carruaje abierto, conducido por un hombre corpulento y de aspecto taciturno, y tres ocupantes, dos hombres y una mujer. Uno de ellos era un caballero de cierta edad, con el pelo blanco y cierto parecido con un cocodrilo. Conocía al segundo de los pasajeros, un hombre vigoroso con el rostro atezado y cruzado por una larga cicatriz, lo que le confería un aspecto fiero y despiadado. Era el Mayor Wembley.
Militar de escuela, había servido durante quince años en el ejercito colonial. Su indiscutible valor, e incluso competencia, se había visto enturbiado por la crueldad de sus medios y su absoluta falta de escrúpulos. Había resultado incomodo tanto para sus mandos como para sus compañeros de armas, escandalizados por igual de su rapacidad y por la sospecha de que manipulaba los naipes hasta alejar por completo de ellos la influencia del azar. Finalmente había llegado a una remota región al norte de Cachemira, ocupada por tribus de feroces pathans en permanente insurrección. Allí su crueldad pareció abandonar toda restricción. Se encargó personalmente de formar y preparar a los integrantes de un escuadrón especial. Escogía soldados con un perfil similar al suyo, que le gustaba definir como expeditivo y pragmático, pero el batallón acabó siendo el destino natural de una serie de rufianes amorales o sádicos. Allí donde tenía lugar un disturbio, una revuelta o un asesinato por parte de los pathans, allí acudía Wembley con su grupo. Se trataba, según había expuesto el propio Mayor ante sus jefes, de que los pathans comprendieran que resultaba muy caro infringir la autoridad británica, y de este modo actuaban indiscriminadamente sobre toda la población. Los integrantes del grupo podían entregarse entonces sin límites al robo, la violación o las torturas, según las inclinaciones personales de cada uno. Los brutales métodos de Wembley en cierto modo apaciguaban a los insurrectos, aunque fuera por la vía de exterminarlos, y durante algún tiempo gobernadores tan poco escrupulosos como el propio Mayor toleraron sus andanzas. Sin embargo un día, después de arrasar una aldea en una expedición punitiva, un joven oficial integrante del grupo redactó una carta con copia al mismo Virrey detallando minuciosamente todos los acontecimientos del día. No omitía como las mujeres eran torturadas delante de sus maridos para que desvelasen donde escondían sus pertenencias. No ocultaba como las niñas eran violadas y a continuación destripadas. No se olvidó de explicar como el anciano jefe del lugar fue descuartizado entre cuatro caballos. Finalizado su relato introdujo el papel en un sobre que lacró a continuación, comprobó a contraluz el color del jerez que estaba degustando lo bebió, sacó su pistola y se disparó en la cabeza. El escándalo esta vez fue imposible de silenciar y Wembley tuvo que comparecer ante un consejo de guerra. Una vez abierta la causa las acusaciones comenzaron a surgir por todas partes, y el Mayor fue expulsado ignominiosamente del ejercito. A partir de ese momento su pista pareció desvanecerse, hasta que un par de años atrás surgió un rumor según el cuál el ex-Mayor Wembley había pasado a dirigir la policía secreta de determinado país centroeuropeo. Conocedor de su infame catadura, el Príncipe Florizel sufrió un cierto sobresalto al comprobar que la tercera persona que viajaba en el coche abierto era la mujer a la que tan galantemente había ofrecido el suyo unos días atrás.

No hay comentarios: