jueves, 3 de enero de 2008

NEW ARABIAN NIGHTS (1)

Lord Rollingham se había ganado en su círculo una inmerecida reputación de austeridad, y a veces sus conocidos aludían a él como si de un moderno Catón se tratase, lo que le provocaba un íntimo placer. En realidad era miserable, mezquino y ruin, aunque conseguía enmascarar estas cualidades, incluso ante sí mismo, bajo una imagen de severidad y apego a principios esenciales. Lord Rollingham, propietario de una inmensa fortuna, creía firmemente que la estructura de la sociedad era el resultado de un juicio divino previo en el que el Creador había situado a cada persona en su lugar adecuado según sus merecimientos. Esto le proporcionaba argumentos para usar despóticamente su elevada posición social con personas menos afortunadas. Lord Rollingham era aficionado a las mujeres, generalmente de forma no recíproca. Sin embargo suplía este desajuste por medio del dinero. En realidad las mujeres que, ocasionalmente o con vocación de permanencia, acudían al señuelo de la fortuna de Lord Rollingham descubrían con el tiempo que habían hecho un pésimo negocio, ya que éste no dejaba escapar un penique sin exprimirle el máximo beneficio erótico posible. Últimamente Lord Rollingham solía mostrar ante sus amigos en el club un aspecto satisfecho y una actitud más expansiva. Sus amigos le gastaban continuamente bromas, situando el origen del cambio en la existencia de alguna mujer que sin duda estaba comenzando a derretir su duro corazón. El respondía con sonrisas a estas chanzas sin desmentirlas, porque lo cierto es que no iban desencaminadas.

Tres meses antes, una mujer se había acercado a él después de una brillante intervención de Lord Rollingham en la Cámara de los Lores, interesada en discutir algunos de sus puntos de vista sobre la reforma de la legislación laboral. Lord Rollingham procedió, según su costumbre, a evaluar los innegables encantos de su interlocutora, así como los gastos en los que tendría que incurrir para poseerlos. Sin embargo pronto pudo comprobar que las cosas no discurrían por los cauces habituales. Para empezar, Lady Winslett parecía no estar interesada en su fortuna y, de hecho, era considerablemente rica, como pudo comprobar en una recepción a la que ella lo invitó unos días después. Ella lo había acaparado durante toda la velada, y aunque él había intentado mantener una conversación frívola ella había desviado en todo momento hacia cuestiones políticas, en las que demostró estar sorprendentemente bien informada. Se presentó como sufragista, lo que provocó una serie de comentarios irónicos por parte de Lord Rollingham que ella procedió a desmontar con argumentos contundentes. Algo desconcertado, Lord Rollingham acabó defendiéndose como pudo. Ante el interés demostrado por ella, Lord Rollingham intentó llevar el asunto hacia terrenos mejor conocidos y de este modo en su siguiente encuentro él audazmente le ofreció un valioso obsequio. Ella lo había rechazado, con tacto pero absoluta firmeza, y a continuación había vuelto a poner sobre la mesa temas de conversación serios. No obstante en ocasiones ella dejaba su mano sobre el brazo de él algo más tiempo de lo requerido por las circunstancias, e incluso en una ocasión le permitió extraer con la punta del pañuelo una mota de polvo que al parecer se había alojado en su ojo, lo que él aprovechó para rozar con su brazo su busto. Con el tiempo Lord Rollingham empezó a convencerse de que Lady Winslett se había enamorado de él; sin duda era una mujer atractiva y lo suficientemente inteligente como para apreciar las virtudes de Lord Rollingham en toda su extensión. Esta idea fue poco calando en su interior, le provocó una gran seguridad en sí mismo y una creciente euforia. Fácilmente llegó a la conclusión de que también él estaba enamorado de Lady Winslett.

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