lunes, 12 de febrero de 2007

SOBRE MI INCAPACIDAD PARA VER A HITCHCOCK (2)



Mi tía Jacinta, visitante asidua del blog, me recrimina agriamente mis opiniones desfavorables sobre Hitchcock. Ella afirma que no se pude criticar la obra de un genio sobre la base de un par de escenas cuya interpretación se deforma grotescamente. Y añade que son necesarios argumentos de más peso que un par de chascarrillos para demoler una obra consagrada, en sus palabras, a la mayor gloria del séptimo arte. Voy, pues, a defenderme.

Hace tiempo leí un libro en el que Hitchcok era exhaustivamente entrevistado por François Truffaut. Allí afirmaba que es esencial que el espectador vea las cosas más importantes que ocurren en la película. No basta con que éstas le sean narradas: lo importante debe verlo. Con esta postura Hitchcock se adelantaba al homo videns de Sartori, y parecía intuir la diferencia de impacto de un mensaje basado en la palabra, que va dirigido al razonamiento abstracto, y de otro basado en la imagen, que apunta directamente a la capacidad de ver y es, por tanto, indiscutible. Sea como sea, este empeño porque ni siquiera el espectador más despistado pueda perderse cosas que Hitchcock considera clave, hace que muchas escenas resulten tan forzadas que se convierten en cómicas. Por ejemplo, en “El hombre que sabía demasiado”, un supuesto moro es apuñalado en el zoco de Marrakech y va a morir a los brazos de James Stewart. Entonces, para que el espectador se de cuenta que el moro no es tal sino un occidental maquillado, Hitchcock genera una escena absurda en la que James Stewart, conforme el acuchillado se va deslizando al suelo, va agarrándolo de forma imposible por la cara de manera que sus dedos la despintan al resbalar sobre ella. Esta tendencia a resaltar de modo antinatural determinadas acciones estaba presente en las películas de la época inglesa, aunque se agrava notablemente en las americanas. Dentro de las primeras, en “La sombra de una duda” Joseph Cotten decide, en un momento dado, eliminar a su sobrina. Y para que hasta el más obtuso de los espectadores se de cuenta de su determinación, Hitchcock lo presenta en una escena engarfiando las manos mientras la contempla, como si se tratara de Nosferatu o la bruja de Blancanieves.

Y sin embargo ésta es una buena película. Joseph Cotten representa a un tipo elegante y encantador con un pasado turbio, cuyo contenido concreto es desconocido al comienzo de la película. Huyendo de ese pasado, se dirige a casa de su hermana, que vive en una pequeña ciudad californiana. La hermana, junto con su marido y tres hijos constituyen una familia de lo más convencional (salvo en que los progenitores son mayorcísimos). Joseph Cotten fascina a la hija mayor de su hermana, una adolescente para la que su tío representa la otra cara de la luna de su existencia previsible. Cotten lo hace a la perfección, mostrando su aspecto elegante y encantador y dejando que la depravación aflore cuando su secreto es revelado. No obstante, otro fallo de Hitchcock, la elegancia de Cotten no es uniforme a lo largo de toda la película. Existe al comienzo y al final, pero desaparece brevemente en el medio, cuando Cotten acude al banco en el que trabaja su cuñado vestido como un proxeneta.

(continuará)

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