viernes, 2 de febrero de 2007

CRASH

Ciudad: Los Angeles. Época: actual. La película presenta a personas de distintas razas y culturas con el fin (supongo) de elaborar un mosaico de la ciudad y describir los problemas de convivencia de sus habitantes. Para ello, escoge un formato similar al de Las Mil y Una Noches, mostrando historias entremezcladas de los personajes, y convirtiendo de este modo a Los Angeles en una nueva Bagdad. Quizás inducido inconscientemente por esta semejanza con una ciudad mágica, el director de la película no se ha sentido constreñido por la verosimilitud y, si bien no ha incluido alfombras voladoras en la película, sí ha presentado a unos personajes extremos inmersos en situaciones desaforadas (o en interpretaciones desaforadas de situaciones más o menos normales). De estas muestras tan marginales, las conclusiones que podrán extraerse de la vida en Los Angeles serán, necesariamente, poco representativas de la realidad.

Creo que puede ser útil realizar una breve descripción de los personajes (¿de los colectivos?) que el director nos muestra: un iraní, varios negros, varios blancos, un chino... Empecemos por la historia del iraní. Se trata del propietario de una tienda que, al parecer, ha sufrido varios robos en su local a través de una puerta que no cierra correctamente. En vista de ello, emprende dos acciones: comprar una pistola y llamar a un cerrajero para que arregle el acceso a la tienda. El cerrajero, a petición del iraní, cambia el cerrojo de la puerta, pero le asegura que si no cambia o arregla ésta, será completamente inútil. Ante esto, el iraní acomete nuevas acciones: le echa con cajas destempladas, no le paga y no arregla la puerta. Como resultado, al día siguiente descubre que le han desvalijado y destrozado la tienda. Al reclamar al seguro, el agente le contesta que ha cometido una negligencia y que, de acuerdo con lo estipulado en el contrato, el seguro no cubre sus daños. El iraní, que parece completamente incapaz de seguir los razonamientos más elementales, coge la pistola y va a matar al cerrajero, disparando finalmente sobre la hija de éste.

Sigamos con los negros. Para empezar, está el protagonista, un inspector de policía que tiene una madre heroinómana y un hermano, que en principio no es conocido por el espectador, delincuente. Después, hay dos ladrones que se sienten muy orgullosos de atreverse a robar a los blancos. Tampoco parece ocasionarles serios reparos de conciencia atropellar chinos. En una escena particularmente desafortunada de la película, los dos negros comienzan a discutir acerca de lo que tienen que hacer con el que acaban de arrollar en el coche que acaban de robar. Esta escena atroz está realizada desde una perspectiva humorística y consigue, me temo, contar con la complicidad de parte del público, que acaba riendo las ocurrencias de los negros. Por último, hay un negro triunfador, director de cine, del que hablaré más adelante.

En cuanto a los blancos hay, en primer lugar, un matrimonio de clase alta. Hace su primera aparición como víctima de un robo por parte de los dos ladrones negros. El marido es fiscal jefe de la ciudad. Es un político cínico que busca el voto de los negros, y para ello no vacila en empapelar a un policía blanco que, en lo que parece un caso de legítima defensa, ha acabado con la vida de un traficante negro. Para hacer desaparecer pruebas que podrían conseguir la absolución del policía blanco, el fiscal corrompe al protagonista negro ofreciéndole eliminar los antecedentes penales de su hermano. En cuanto a la mujer, se trata de una pobre niña rica, despótica con el servicio, a la que el robo de su coche parece haber revelado (no se sabe por qué) la esencial falsedad de su modo de vida. Abrumada por esta reciente tensión existencial, se cae por las escaleras de su casa y permanece un buen rato sin ser auxiliada, ya que su mejor amiga se niega a posponer su sesión de masaje para acudir en su ayuda. Descubre de este modo que su única amiga real es la sirvienta, para asombro de ésta, y acaba abrazándola en una escena que produce vergüenza ajena al espectador, parece que a la chacha y posiblemente incluso al director, que pasa apresuradamente y de puntillas por ella.

Dentro del grupo de blancos, también destaca una pareja de policías. Uno de éstos, racista y matón, detiene y humilla a un conductor negro (el director de cine) haciéndole presenciar como somete a un cacheo a su mujer en el transcurso del cuál acaba insertándole un dedo en el culo. Ante esto, el otro policía, idealista y noble, exige a sus superiores que lo aparten de ese compañero brutal (o, al menos, que se lave el dedo) y acaba salvando al negro humillado cuando, al día siguiente, recobrado el orgullo, se enfrenta con otros dos policías.

¿Y el chino atropellado? Pues éste que, si bien ha conseguido escapar con vida de la ordalía, no ha conseguido evitar que, además, le roben la furgoneta, resulta ser un traficante de seres humanos.

¿Qué nos quiere contar, pues, la película? Desde luego, sería absurdo afirmar, por ejemplo, que el director quiere transmitir que los iraníes son unos energúmenos obtusos. Pero, en cambio, resulta indiscutible afirmar que el nivel de maldad que la película presenta es sorprendente y alarmante.

Pero ¿pretende esta película emitir juicios morales sobre sus personajes? En realidad, parece todo lo contrario. Veámoslos desde otro punto de vista. El negro ladrón 1 roba y atropella a un chino (mal), pero renuncia a lucrarse con los esclavos hallados en la furgoneta de este último y los libera (bien). El policía malo mete mano a una mujer para humillar a su marido negro y rico (mal) pero luego arriesga su vida para salvarla de un coche en llamas (bien). El policía bueno queda asqueado por la actuación del policía malo (bien), y luego salva al negro humillado (bien), pero mas tarde, inopinadamente, le pega un tiro a un autoestopista negro (el hermano del protagonista) cuando éste va a sacar del bolsillo una imagen de San Cristóbal (lo juro) (mal). La mujer rica es déspota y malcriada (mal), pero luego acaba recapacitando y abrazando a la muchacha (¿bien?) Más complicada es la redención que el director realiza del iraní. Es cierto que al final recobra la serenidad y la sonrisa, pero no porque se haya dado cuenta de lo atroz de sus actos sino porque, como es tonto, termina convencido de que la niña a la que ha disparado es en realidad un genio enviado para protegerlo.

Es evidente que con este esquema repetitivo el director intenta transmitirnos algo. ¿Qué puede ser? Si en “Crash” las mismas personas cometen actos muy buenos y muy malos sin solución de continuidad, quizás sea porque lo que genera la bondad o maldad es ajeno a ellas (dado que las propias personas no han variado). Quizás, por ello, lo determinante no sea la calidad de las personas sino las circunstancias en las que se ven inmersas. Tal vez, por tanto, el director ha querido transmitirnos esto: la ciudad ejerce una influencia inexorable sobre sus habitantes que hace que estos se vean obligados a representar distintos papeles según las circunstancias. Por ello, no se puede decir que haya buenos y malos, porque todos son títeres de la ciudad. Y si los personajes se ven obligados a representar papeles crueles es, en realidad, porque la ciudad es cruel. Esta visión del director sería, desde luego, gratuita, porque los sincopados sucesos que narra son escasamente representativos y no se puede hacer derivar de ellos leyes generales. Pero, además, sería desoladora, porque negaría la noción de responsabilidad y, con ella, la de libertad. No obstante, esta visión de una ciudad esclavizante es lo suficientemente vaga, etérea y un poco anti-sistema para que encaje en ciertas corrientes de opinión naïf detectables en nuestra sociedad. Además, contiene dos elementos gratos a estas corrientes: la negación de la relación causa-efecto y la promoción de la ética de las buenas intenciones y ninguna responsabilidad. Es normal, pues, que haya triunfado, a pesar de que sea bastante mala. Creo, no obstante, que el tiempo la tratará cruelmente.

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