martes, 23 de enero de 2007

SOBRE MI INCAPACIDAD PARA VER A HITCHCOCK (1)


No afirmaré mi pertenencia al grupo de los que creen que Hitchcock es uno de los más grandes directores de cine. No creo, sin embargo, que ni aún sus más fieles seguidores puedan negar la existencia dentro de sus películas de escenas tan exageradas que resultan ridículas. “Vértigo” puede servir de ejemplo. Kim Novak se pasa toda la película intentando adoptar una expresión enigmática que a los espectadores se les acaba presentando como síntoma de una inteligencia obtusa. En la última escena de la película, como justificando las sospechas de aquéllos, se cae desde lo alto de un campanario. Y entonces, para enfatizar el dramatismo de la situación, Hitchcock hace aparecer una monja que ha sido testigo del accidente y que, sin alterarse en lo más mínimo, realiza un comentario del tipo “¡Vaya por Dios!” y se pone a tocar las campanas.

En “Cortina Rasgada” podemos encontrar abundantes escenas de este tipo. Paul Newman representa a un científico estadounidense que ha desertado y pasado a un país del Este. Esta deserción no es sincera, y está motivada por el deseo de obtener información de un científico comunista, que ha avanzado más que él en investigaciones de balística. Paul Newman tiene que contactar con una organización clandestina para que le ayude a preparar su fuga, y de este modo llega a una granja, cuya propietaria es miembro de la organización. Sin embargo, ha sido seguido de cerca por un miembro de la policía secreta que aparentemente en ningún momento ha creído en su sinceridad. Una vez reunidos todos en la granja, por un descuido del profesor, el policía descubre el tinglado y manifiesta cruelmente su intención de detenerlos a todos y enviarlos a la Siberia de turno. Se produce entonces un forcejeo que cabría esperar en películas de Charles Chaplin. Moviéndose casi a cámara lenta, como si se encontrasen debajo del agua o ambos tuvieran mas de ochenta años, el profesor aplica unA llave para inmovilizar al policía. A pesar de lo inofensivo de ésta y de las continuas admoniciones del agente (“No sabe lo que está haciendo”, “soy experto en todo tipo de artes marciales”, “puedo hacerle mucho daño”…etc) éste no consigue librarse de ningún modo. A continuación comienzan a moverse abrazados, un-dos-tres, un-dos-tres, de un lado a otro de la habitación en un movimiento por completo desprovisto de violencia. La granjera entonces decide tomar alguna iniciativa. Agarra un enorme cuchillo y se dirige a la recién formada pareja, ante el sobresalto de ambos. Consigue, para alivio de Newman, clavar el cuchillo en el cuello del policía. Fascinados y horrorizados por la acción todos se separan, y se produce un momento de expectación que es resuelto por el agente al lanzarse hacia la ventana, abrirla e intentar alertar a unos compañeros que se encuentran en las inmediaciones. Newman y la granjera, reaccionan, se abalanzan sobre él, le agarran los brazos, tapan su boca y cierran la ventana. A pesar de las circunstancias la sucesión de gestos resulta metódica y desprovista de urgencia y precipitación. No acaban aquí las penurias para el policía (y para el espectador). Como no saben como liquidarlo definitivamente Newman y la granjera contemplan el horno e intercambian una mirada de inteligencia. Poco a poco proceden a arrastrarlo por el suelo hasta su boca. Hitchcock elige la perspectiva subjetiva del agente a fin de que el espectador pueda apreciar como se van agrandando las fauces del horno conforme lo van arrastrando de una manera inexorable hacia él.

Hay otra escena memorable de este mismo film que se desarrolla cuando Paul Newman está extrayendo información de su colega comunista desarrollando en una pizarra fórmulas y ecuaciones supuestamente complejas con el fin de que aquél las complete y revele sus descubrimientos. Estas formulas son tan pueriles que hacen pensar en aquella de 2p2+k2ya+a2x1/5.

Otra escena maravillosa la encontramos en “El hombre que sabía demasiado”. Pero de esa hablaremos otro día.

3 comentarios:

Prensa dijo...

Sectarios mimados

EDURNE URIARTE
LA tolerancia de la sociedad española hacia los intolerantes es infinita. Seguro que invitaremos nuevamente a ese grosero americano llamado Tim Robbins, que daremos premios y homenajes a Federico Luppi y que seguiremos babeando por las hazañas de Pedro Almodóvar.
Comparto la necesidad de distinguir ideología y arte. Hasta el más deleznable de los sujetos puede ser un gran creador, y el más sectario, un gran director, o un gran actor. No otorgamos el privilegio de la dicotomía a otras profesiones. A los demás, los fulminamos socialmente. Pero supongo que nos conviene esa distinción con el arte. Por puro egoísmo, para disfrutar de él. El único boicot que he hecho en mi vida es a Almodóvar por aquellas proclamas antidemocráticas de las elecciones del 2004, y me ha costado duros esfuerzos.
Pero si de verdad fuéramos consecuentes con la distinción entre arte e ideología, estos artistas y otros con parecidos problemas de sectarismo no podrían aspirar a ser ídolos más allá de las fronteras de su arte. Más bien les corresponderían las páginas de los ejemplos negativos de la Educación para la Ciudadanía, con una señal de alerta roja para todos los niños.
Los intolerantes de este tipo, los de izquierdas, jamás acaban, sin embargo, en esas páginas. Sobre todo porque la izquierda controla los círculos culturales en la mayor parte de Europa y confunde la intolerancia de izquierdas con el espíritu crítico. Y la derecha debe de confundirlo con glamour, porque los agasaja con entusiasmo y alborozo comparables, persuadida de que el único extremismo socialmente impresentable es el otro.

prensa dijo...

Un problema de autoridad
POR XAVIER PERICAY
DUELE tener que decirlo, pero la crisis de la enseñanza pública española se asemeja cada vez más a una tragedia. Ya no se trata únicamente de nuestro lugar en el mundo, de este 31 por ciento de alumnos que abandonan la escuela al término de la etapa obligatoria -lo que nos sitúa en el penúltimo puesto entre los Estados miembros de la Unión Europea-, o de este 34 por ciento de alumnos que ni siquiera terminan dicha etapa -lo que nos coloca los cuartos por la cola en la clasificación de los países desarrollados-. No, aun cuando tales guarismos son de vergüenza, de vergüenza patria, ya no se trata sólo de esto. Ahora, además, los centros docentes españoles se están convirtiendo a marchas forzadas en verdaderos campos de batalla. No pasa día sin que tengamos noticia de algún caso de violencia escolar o de sus secuelas. Y esa violencia, tal como prueban un par de estudios dados a conocer recientemente y realizados sobre bases muestrales exhaustivas, afecta tanto a alumnos como a profesores. Los datos producen escalofríos: por un lado, uno de cada cuatro alumnos españoles de edades comprendidas entre los 7 y los 17 años es víctima, en un grado mayor o menor, de algún acto violento, ya físico, ya psicológico; por otro, un 13 por ciento de nuestros profesores reconoce haber sido agredido alguna vez, y un 3 por ciento asegura que lo es a diario.
Por supuesto, ante semejantes porcentajes, ni siquiera los más tercos valedores de las reformas educativas inspiradas por el pedagogismo moderno se atreven ya a negar que la enseñanza en España necesite de algún tipo de revulsivo. El problema consiste en saber cuál. Porque esos mismos valedores, aparte de minimizar la magnitud del desastre, suelen echar la culpa del aumento de la violencia escolar a la falta de mediadores y de planes de convivencia, cuando no a la desestructuración de las familias. Y se quedan tan panchos. A ninguno se le ocurre pensar, pongamos por caso, que el problema pueda ser el sistema que ellos mismos han implantado. A los docentes, sí. A ellos sí les ha pasado por la cabeza tal posibilidad. Otra cosa es que dispongan de medios para hacerse oír y de poder suficiente como para que su queja alcance a modificar, en lo sustancial, el modelo educativo vigente.
El único problema de la enseñanza en España, el que explica ese aumento de la violencia en las aulas, es la falta de autoridad. Sin autoridad, no hay educación posible. El pasado verano, en la última Tercera que escribió para este diario, Cándido daba ya las claves del drama que están viviendo hoy en día maestros y profesores, aunque no hablara propiamente de autoridad y sí de jerarquía, y aunque no aludiera a la enseñanza, sino a la progresiva desaparición de los tratamientos protocolarios. A su juicio, la jerarquía es absolutamente necesaria en una sociedad, entre otras razones porque, en contra de lo que muchos creen, la alternativa a la jerarquía no es la igualdad; es la tiranía, la fuerza bruta. Dicho de otro modo: quienes confían en que la abolición de la autoridad o de la jerarquía va a traer la igualdad a la tierra, están completamente confundidos; lo único que va a traer es más desigualdad, más violencia y más injusticia.
Pues bien, poco más o menos eso ha ocurrido en el mundo de la educación. En tres o cuatro lustros, hemos perdido la distancia. El igualitarismo se ha impuesto. Ya no hay niveles. El maestro y el profesor se han convertido en un compañero más, en un colega. Pero no sólo en la escuela se ha producido ese vuelco. También en casa, también en la familia. En muchos hogares son los propios padres quienes han inculcado a sus hijos ese odio a la jerarquía, esa veneración por el igualitarismo. De ahí que a nadie deba sorprender que semejante igualación haya traído aparejada tanta violencia. Al profesor no se le agrede por ser el profesor. Se le agrede porque de vez en cuando trata de imponer una autoridad, una jerarquía, de las que carece.
Pero la autoridad también es tradición. A la persona mayor se la respeta, se la trata con deferencia, porque es depositaria de un conocimiento que los más jóvenes no tienen ni podrán tener nunca por sí solos. La edad es sinónima de conocimiento. Y, sobre todo, de posibilidad de transmitirlo, de enseñar. Ahora bien, este conocimiento no es sólo el que la persona mayor ha podido adquirir mediante la experiencia, sino también el que le ha sido dado en sus años mozos a través de la educación y de la enseñanza, y que es a su vez el fruto de muchos siglos de civilización. La relación entre padre e hijo, o entre maestro y alumno, se ha estructurado siempre a partir de este principio: la autoridad -el padre, el maestro- tiene algo que transmitir. Si no tuviera nada que transmitir, su figura difícilmente sería reconocida como autoridad. En realidad, cuando un chaval maltrata a su profesor, o cuando un hijo hace lo propio con su padre o con su madre, lo que está haciendo es negarle cualquier autoridad, proclamar que aquel adulto nada tiene que enseñarle.
Llegados aquí, bueno será preguntarse de dónde vienen nuestros males. A mi modo de ver, el germen cabe fecharlo, sin duda, en mayo de 1968, en el llamado «mayo francés». Fue allí donde se acuñó el antiautoritarismo. Pero los estragos causados por el nuevo modelo pedagógico en España, infinitamente superiores a los producidos en cualquier otro país vecino, sólo se explican si uno tiene en cuenta, a su vez, otro factor. Este factor es la vigencia del antifranquismo. O, lo que es lo mismo, la convicción de que el franquismo constituye la misma encarnación del mal y de que todo lo que provenga de aquel régimen, o lo recuerde siquiera, debe ser rechazado sin contemplaciones. No seré yo quien niegue, por supuesto, que una dictadura es la máxima expresión de la autoridad. Ahora bien, precisamente porque la autoridad, en una dictadura, es una autoridad cautiva -tan cautiva, al cabo, como la libertad-, tampoco seré yo quien confunda la autoridad que puede ejercerse en una democracia con la que ejerce una dictadura. Es decir, quien confunda la autoridad con el abuso de autoridad, con el autoritarismo. Gran parte de la izquierda de este país, surgida en primera instancia del antifranquismo, lo ha confundido siempre. Y en la medida en que la izquierda ha percibido en todo momento la enseñanza tradicional como una pura emanación del franquismo -ignorando, entre sus muchas ignorancias, cuánto debía esta enseñanza al pasado y, dentro de este pasado, al liberalismo de la Segunda República-, el modelo que esta enseñanza llevaba asociado no podía ser, para ella, sino un modelo autoritario, incompatible con la democracia. De ahí que nada más alcanzar el poder, en 1982, la izquierda sustituyera el viejo modelo por uno de nuevo cuño, basado en la igualdad. Pero no en la igualdad como punto de partida, sino en la igualdad como imperativo. Es decir, en su abuso, en el igualitarismo. Toda la reforma puesta en práctica por el Partido Socialista y concretada en la tristemente famosa Logse, descansa, en último término, en esa doble confusión -entre autoridad y autoritarismo, y entre igualdad e igualitarismo-, donde lo que ha prevalecido, como es notorio, han sido los ismos.
De ahí que no quede más remedio que darle la vuelta al calcetín. Hay que recuperar la autoridad. Hoy en día, se mire por donde se mire, al calcetín se le ven las costuras. Lo cual indica, sin lugar a dudas, que hace ya bastantes años que lo llevamos puesto del revés.

Culopuesto dijo...

Hitchcock es muy brillante. Lo que pasa es que hay que mirarlo con cariño porque está un puntín pasado (la verdad es que los pajaros de cartón-piedra no son de recibo). Sin embargo,"Crimen Perfecto" es impecable y "Rebeca" también.

P.D. Joróbate Flanders